Miércoles, 15 de agosto de 2018

Hijo mío

Dice mi hijo que por qué no me indigna que Cristiano Ronaldo cobre una gran parte de sus ingresos por publicidad a través de una sociedad mercantil irlandesa donde su nombre ni siquiera figura. Me lo pregunta con la misma sorna con la que pone en cuestión las piadosas creencias de mi madre, fiel oyente de Radio María. Y en sus palabras reconozco también el tono con el que le dice a su madre, mi ex mujer, si escuchó bien aquello de en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza (entonces tose), el día que nos casamos.

 

Dice que no fui igual de transigente con los casos de Messi o Neymar. Y que es tan poco decente defraudar impuestos siendo representante público que afortunado millonario. Porque si unos gestionan la caja de la que roban, otros son inmensamente avaros escamoteando unos euros que significan mucho para el funcionamiento de un hospital público y muy poco en el conjunto de su ostentosa hacienda. Me insiste para que dé de baja el contrato de televisión, done mis camisetas de Butragueño y Raúl a los pobres y me haga del Rayo.

 

Y yo le doy la razón. Sí, hijo, puede que los futbolistas no sean conscientes de lo que hacen los agentes con su dinero, pero está mal, muy mal. Sí, hijo, tan pérfida es una evasión como la otra, tan insultante y ofensiva para el ciudadano de a pie, cosido a impuestos y condiciones laborales leoninas, a cláusulas incomprensibles en los contratos de seguros. Sí, Carlos, no hay derecho a que no devuelvan a la sociedad que mantiene su negocio con parabólicas, merchandising y apuestas lo mucho que hacen por ellos al seguirles con devoción mariana.

 

Pero hijo, añado, recuerdo a tu abuelo narrando un gol de Gento delante de un cocido un sábado de enero con ojos humedecidos. Y avanzando, Castellana arriba, agarrados del hombro otro día de invierno, repasando las últimas remontadas, soñando con que ante el Anderlecht sucediera de nuevo. Y a tu padre, este hombre imperfecto, proletario, poco leído e instruido, carne de cañón a los quince y de ansiolíticos a los sesenta, también lo recuerdo llevándote a ver el debut de Raúl en el Bernabéu, contra el Atlético, ilusionado por descubrirte al que con diecisiete años ya reconocíamos futuro ídolo del madridismo.

 

Hijo mío, está muy mal que no paguen impuestos, no hace falta que emplees esa ironía con la que tanto me dañas los escasos domingos que vienes a verme (cocina mejor tu madre, ya lo sé). Está muy mal, quién lo duda, pero deja que pase las tardes viendo rodar la pelotita con la camiseta de Raúl puesta, soñando con que el sillón contiguo sigas tú, con ocho años, idolatrando a Zidane y respetando a tu padre.