Sábado, 18 de agosto de 2018

La ley de Rita

Ayer España amaneció conmocionada por el fallecimiento de Rita Barberá, alcaldesa de Valencia durante veinticuatro años. Su nombre, asociado a una trama de blanqueo de dinero, y su figura, claramente ligada a la España folclórica que tanto alababan los viajeros europeos de la época romántica, no pasan inadvertidos. Pero no me interesa tanto su persona, de la que no tengo la menor referencia directa, como su muerte, de la que un facultativo dio fe tras comprobar la ausencia de constantes vitales. Sí, la muerte que todo lo aplaza y mitiga, que ensalza bondades y esconde miserias, que suspende temporalmente hasta la más agria disputa.

 

La muerte de Rita nos enseña que sería conveniente no dar por hecho que viviremos para siempre, algo común entre los jóvenes, convencidos de su inmortalidad. Jóvenes como los que se enzarzaron en una absurda pelea en el centro de Sevilla diciendo defender los colores de sus respectivos equipos (Sevilla F.C. y Juventus de Turín) cuando en realidad no hacían sino poner en evidencia la educación recibida en casa, los valores morales adquiridos en la escuela y la ausencia de oportunidades en un futuro que se plantea muy negro.

 

Los equipos, las banderas, las rivalidades pergeñadas por hábiles manipuladores de la información y tantas otras ficciones de las que se alimenta la sociedad del espectáculo, encuentran el caldo de cultivo ideal en la competición, en el “solo puede quedar uno” que plantea el deporte –más bien una concepción reduccionista del mismo– como lema y manual de vida, olvidando su condición de creación humana sometida a los límites que impone el saber que el pitido final impone el regreso a la realidad, a los códigos de conducta aprobados en los parlamentos y a las necesidades que exige la convivencia. Desprovisto de asideros, el ser humano se agarra a los símbolos para encontrarle sentido a una vida que, como bien nos ha recordado Rita, no tiene, al final de los días, ninguno.

 

Ante este panorama, se vuelve urgente que los formadores de los futuros aficionados, los chicos que hoy en día practican un deporte, no alienten con sus actitudes, comportamientos y enseñanzas, el odio o la confrontación. El de enfrente es un rival al que honrar ofreciendo nuestras mejores prestaciones, al que vencer, sí, pero no porque lo merezca, sino para poner en valor el trabajo propio. Se trata de sacarle los colores a esos medios que solo sacan en portada actitudes reprochables, dejando para los márgenes de las páginas centrales las actitudes filantrópicas, los gestos que nos reconcilian con la especie humana. A los medios y a todos aquellos que entienden la competición como un “todo vale” maquiavélico; la vida como una continua negociación en la que si unos ganan, otros, necesariamente, tienen que perder.

 

Olvidan que en el mundo, desde los tiempos del Big Bang, la que rige inevitablemente es la ley de Rita, la ley que nos recuerda la finitud de nuestro tiempo y vuelve inútiles actitudes como la codicia, el odio o la envidia poniendo en valor, por su parte, el compromiso de los seres humanos con la felicidad y la libertad. También la de los demás.