Miércoles, 19 de septiembre de 2018

Trump... Los hombres hacen su propia historia...

Ha ganado Donald Trump, de seguro el mejor candidato. Los americanos no suelen equivocarse. Las encuestas sí.

De seguro veremos constituido el mejor equipo para la nueva legislatura del presidente electo. Los magnates, como hombres de negocios que son, se rodean de los mejores, de los más listos, porque saben que en eso no se puede dejar de invertir si quieres las mejores ganancias. Trump lo sabe. Acostumbrado a mandar a múltiples equipos de múltiples negocios sabrá llevar adelante a su país. En América no es de recibo la palabra fracaso…

”Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen arbitrariamente, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo circunstancias dadas y heredadas del pasado… La tradición de todas las generaciones oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Palabras de Marx en su obra “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”. Choca y hace pensar lo que se oye un día sí y otro también sobre los populismos. Como si todos los movimientos que pretenden englobar con dicha palabra tuvieran las mismas ideas o compromisos. Trump no tiene más mensaje que el de un patriota norteamericano. Nada que ver con los pretendidos populismos de izquierda, incluso algunos de derecha europeos. Parece que es tiempo de que nos planteemos la palabra “Patria” que no es lo mismo que independentismo, ni nacionalismo. La palabra “Patria” es mucho más, es un sentimiento. En el siglo XVIII patria era el lugar de nacimiento de las personas, y defender ese amor y ese sentimiento es lo que algunos quieren mostrarnos.

Es penoso ver y oír análisis de personas que no han vivido ni pisado en los USA, pues comparan su sociedad con la nuestra, y tiene mayormente poco que ver. Es fácil caer en la ignorancia de que los medios de comunicación son libres, y pensar que las ideas se propagan sin que nadie las suelte... Vana realidad, las ideas las sueltan los dólares del interés de turno, y en los medios que no tienen reparos en aceptarlos. Creando corrientes de opinión a favor o no, para ganar o no dividendos, o para multiplicarlos más adelante.

Aquí como siempre, apelamos a ciertos miedos, para hacerlos ondear al viento y poner a las gentes delante del espejo, en el que se refleja lo que verdaderamente les afecta, puede constituir una fórmula de control de la sociedad muy eficaz. El control social es la aspiración que todavía alimenta la trayectoria de algunos partidos políticos. Se trata de conservar o aumentar su parcela de poder durante el mayor tiempo posible. Hay temas prioritarios que pueden movilizarnos a todos, ponernos en marcha para hacer ondear una pancarta, para sentarnos delante de un ministerio, para pitar, para dibujar una pintada donde más se vea, y para decir lo que se piensa cuando las gentes tienen poca costumbre de hacerlo en una sociedad profundamente eufemística. Existen una serie de debates que mientras no son planteados no sacan a la sociedad de su adormecimiento del día a día. En España, la sociedad suele andar escasa de remordimientos, de memoria. La omisión, la negativa a actuar, a ayudar, a entender, a colaborar, a escuchar, a disculparnos, a comprender y a ayudar, es el delito más extendido de la España de la infinita “transición” hacia no se sabe dónde, de la eterna huida hacia adelante. Lo más triste es que la gente no es consciente de que las cosas se ganan trabajando día a día. Es decir comprometiéndose. No sentándose un rato detrás de una pancarta.

Los teléfonos de quién se halla en declive cada día suenan menos. La ausencia de éxito sitúa a cada cual en su sitio. El carácter efímero de la fama nos sitúa a todos cerca de la realidad evitando que nos elevemos demasiado por encima de los demás. A quién parece despuntar los teléfonos le agobian. El teléfono es indicador de éxito o de derrota en todos los aspectos de la vida de las gentes. Es imprescindible para sobrevivir. Todos llaman a la vez o dejan de hacerlo también a la vez. La sociedad le otorga a cada uno un determinado grado de éxito social. La sociedad hace difícil la vida a la sociedad. En este país donde la memoria colectiva y personal siempre flaquea, parece que quien pretende perdurar en el recuerdo debe salir a genialidad diaria. Las estrellas fugaces siempre se apagan, otras se extinguen ellas mismas, por eso las gentes acaban dirigiendo la vista hacia las que permanecen brillantes.

Tocqueville después de regresar de América escribió sus mejores obras. Afirmaba que era increíble ver que Europa era un lugar gastado, tan gastado donde eran incapaces de comprender nada nuevo, nada de lo americano. Para él era terrible regresar de América pues era como encerrarse en una jaula y acusar el síndrome de fuga, le daban ganas de gritar, de correr, pues acababa señalando que estaban “¡atrapados en una mentira!”. No ha cambiado nada.¿Cuántos lectores saben que las ardillas corren por la calle de Wall Street? América no se odia, se ama. A España se la hunde para hundirnos, no se la ama. Es grande ser americano, en España nadie se da cuenta que aveces con eso basta, como bastó cuando dominabamos el mundo en el siglo XVI, en que un hidalgo pobre sin nada que comer se sentía contento de serlo y español. Alguno incluso escribió el Quijote. Se perdió pero no perdamos todavía más la sesera.

No olvidemos el dicho castellano: “una persona inteligente ignora a quién no le valora, abandona a quién no le merece, y no deja ir a quién de verdad le quiere”...