Sábado, 18 de agosto de 2018

Autogol

Si a propósito de las elecciones en Estados Unidos la democracia se ha metido un gol a sí misma, se dice y no pasa nada: se llama autogol. Cuando esto sucede en el fútbol, los compañeros arropan al protagonista accidental, en este caso un sistema difuso de delegación de poder (pues del pueblo soberano pasa a un número reducido de representantes) universalmente aceptado como el mejor entre los peores. Se culpa a la mala suerte, al veneno que encerraba el centro o al estado del césped. En este caso, a la eficacia de los mensajes populistas, a la crisis económica o a la necedad del pueblo americano, como si nacer en Nebraska o Arkansas, como piensan muchos de los nuevos humanistas paganos disfrazados de analistas políticos, hiciera a sus ciudadanos muy distintos de los de Albacete o Valladolid. Como si el gol en propia puerta contara menos y fuera menos dañino para las aspiraciones del conjunto y las oportunidades laborales de su entrenador.

 

La victoria de Trump es también la victoria del equipo pequeño, el menor dotado presupuestariamente, el menos apoyado socialmente, el más criticado abiertamente y el más pobre, también políticamente. Ello con la salvedad de que el equipo pequeño suele ser receptor de simpatías, y no solo en la barra del bar los lunes por la mañana. Con sus triunfos se construyen relatos que conducen a la lágrima y películas de sábado por la tarde. Por el contrario, la historia del magnate de las telecomunicaciones parece ser la continuación de una saga de cintas de terror donde los nuevos Bela Lugosi o Christopher Lee se llaman Marine Le Pen o Nigel Farage.

 

Fuera de juego, piden los defensores de la oligarquía que encarnaba Hillary Clinton. Fuera del juego, quieren decir, por no asumir los nuevos tiempos: la participación del ser humano en el calentamiento global, la necesidad de empatizar con el igual, la mundialización de los mercados, el nuevo papel de las mujeres. Puede que estuviera ligeramente adelantado, piensa el pueblo americano haciendo las veces de juez de línea, pero ante la duda, ya se sabe… Vale el gol, quiero decir (no sean mal pensados). Y como si esto hubiera sucedido en un Campeonato del Mundo, toca esperar cuatro años.

 

Y aceptar la derrota, con la incredulidad que quieran, con miedo o indiferencia. Pero aceptar la derrota de la misma manera en que lo exige el deporte, aunque el derrotado se aferre a victorias morales, a la actuación arbitral, o a la interposición de un destino fatal. Con la democracia el mundo sabe que el partido no se decidirá por el control del centro del campo, el dominio de los tableros, la fortaleza de la delantera, la eficacia del putter, el golpeo de revés o la ejecución de un elemento técnico sobre un solo patín, sino por la sumisión de las voluntades humanas, todas igual de humanas, todas igual de viciadas por sistemas educativos y de valores, o por su ausencia. Es parte del sistema, patalear si se quiere, pero aceptar la derrota, aunque fuera por autogol y en el último minuto. Y por cuatro dolorosos años.