Miércoles, 16 de octubre de 2019

La ciudad en la transparencia de la mirada

 

 

En el silencio de la ciudad transparente, reposa el día: es la transparencia del espacio, la luz inmóvil del cielo

La realidad es vivenciada en su aspecto de luz y de sombra, según la enfoque la mente del hombre. Al fin y al cabo estamos en un planeta donde se vive constantemente la experiencia de luz y de sombra.   

El poeta es capaz de embellecer con la palabra los estados de la mente. El fotógrafo puede sentir la luz y reflejarla. Las palabras pueden seducir a los demás o calmar de momento la necesidad de comunicación, las imágenes nos devuelven la realidad de los paisajes de la mente y de las miradas.

 

 

Me pregunto si en ti la transparencia huye
en tus formas etéreas. Busco las miradas
que rozan los paisajes ocultos de tu cuerpo,
líneas inmateriales que traza la luz de cada día.

Te percibo toda mía, y para mi eres,
cuando está amaneciendo  y en mi sueño
te siento como poseída de ángeles

que te llevan más allá de la luces del alba

Eres casi transparencia del tiempo,

unos pasan de largo, otros suspiran,
y eres un preciado perfil de fantasía
Quiero que al tiempo todos puedan verte
destruir los muros en los que escucho el canto,
de tu máxima expresión eterna y pura.

 

 

Sentir la luz, aplicar colores sobre las estructuras que el tiempo parece olvidar pero no olvida, es en ocasiones una forma de hacer poesía. La poesía no es solo palabras. La poesía también es luz. El hombre que recibe esa luz es efectivamente un resucitado del mundo de las sombras que él mismo ha creado en su interior, con la fuerza de su mente. Y desde el sabor de la sombra, la luz que alcanza el hombre quiere ser expresada con la intención pura del amor.

 

Con frecuencia hacemos una analogía entre ciudad y memoria. La memoria no alberga figuras de piedra ni rompecabezas de huesos o arcilla. Es un inmenso recinto lleno de vitalidad con inquilinos que gozan, sufren, se reproducen y mueren a la par nuestra en un presente continuo. Los que no, rescinden el contrato de locación y se marchan al olvido. 

Un cuerpo siempre es una ciudad solitaria que se camina a tientas con el tacto. Es solo en la presencia de otro cuerpo, el que nos toca, el que nos recorre, que nos sabemos existentes. Es la poesía la que nos lleva a pactos con la materia y su ausencia.

El hombre busca en los signos  los caminos precisos basados en la percepción y sus límites, que son de razón y de intuición, en ellos la ciudad aparece como un inmenso recinto en el que el hombre escribe en sus paredes la memoria de los tiempos.