Miércoles, 28 de octubre de 2020

A vueltas con los Bandos

Ahora que Salamanca es Verona o Verona Salamanca, créanme que no lo tengo muy claro. Reviven en nuestra ciudad los bandos, a cuenta de la plaza del bendito nombre. Y es que nuestra historia tiene sus propios Capuletos y Montescos.

Demasiadas veces he tenido y tengo la impresión que nuestra capital charra no se ha recuperado de aquella bárbara hostilidad entre “Tomés” y “Benitos”. Y tales encontronazos se repiten cíclicamente bajo diferentes banderas. Para, como en aquella ocasión, impedir el avance, el medro.

Me parece paradójico, hasta llamativo, que la plaza que rememora tal episodio  oscuro de nuestra historia sea el tablero de una batalla, esta vez  política, con argumentos tan ridículos a veces como cambiantes otras. Quizás la sombra de María La Brava es demasiado alargada.

Cada vez que se pretende darle lustre a este enclave surge el lío. Siendo sincero creo que así a lo directo, ni la plaza requiere una remodelación inmediata ni tampoco es una joya en sí misma. Se trata de un espacio poco vivido cívicamente y muy utilizado ferialmente. Y que ya que se ponen a darle brillo, que froten de verdad. Y utilicen el urbanismo no para lavar caras, si no para sacar partido y darle lustre a un espacio como el que nos ocupa.

Me parece que meter de nuevo la cueza aquí solo tiene un afán político, de rédito de legislatura, de vídeo electoral. Y por supuesto, el evidente objetivo de darle al ágora operatividad plena como zoco temporal y núcleo de exhibiciones efímeras. Porque no tiene otra razón de ser el proyecto que se ha presentado: Gris, feo, triste y gélido. Urbanísticamente duro, poco acogedor.

Lo más importante de la plaza es lo que la rodea y su ubicación, el resto es prescindible. Lo que necesita un lavado, de mínima inversión,  es el vial ciego de la casa de María La Brava.

Pero puestos a levantar ampollas, nada mejor que curarlas a base de coraje, imaginación y ambición. Nada de medianías, de esas de hago una obra pero poquito, no vaya a ser que me salpique esto de gobernar y tenga que tomar decisiones.

.Yo soy de los que piensan y pensaban que ahí un parking era una necesidad, de impacto más que controlado y sobre todo de una lógica aplastante. Ante un futuro centro histórico sumido en la algarabía y el desenfreno peatonal, sin olvidarnos de la inyección de accesibilidad al cada vez más escaso comercio central.

Nunca entendí la escusa tan furibunda, tan ideológica, a algo que significaba precisamente progresía. Tampoco comprendí las excusas, algunas falaces y otras ridículas, para torpedear un proyecto que hace años volvió a dividir a la ciudad como en el siglo XV.

No la entendí porque los mismos que se manifestaban, denunciaban y hacían de la vegetación de la plaza una reencarnación de los jardines colgantes de Babilonia. Nada dijeron, ni una simple mueca, cuando un rector de excelente mano izquierda construyó un aparcamiento en uno de los cerros históricos de la ciudad, el Botánico. Este si, plagado de restos arqueológicos.

Y tampoco me entró en la mollera la diarrea política disfrazada de UNESCO con la que nuestro alcalde iniciaba mandato. Un gesto que me chirrió, bueno si digo la verdad lo esperaba.  Y que me recordó, no me digan porqué, a aquel Zapatero retirando las tropas de Irak. Aunque se empreñaran en intentar que oliera a San Juan de Sahagún, esta vez salvándonos de la UNESCO.

Seis meses tardó Fernández en vestir la mona y tirarse del barco. Aunque la realidad del caso tuvo una dosis alta de cañería y desagüe turbio.

Y es que la tan manida UNESCO sirve igual para un roto y que para un descosido. En cuatro años ha pasado de ser respetada y genuflexionarse ante su criterio. Por cierto,  tan volátil como confuso. A pasar de ella para aprobar un nuevo trazado para el céntrico foro.

Hay que tener cuidado, no vaya a ser que vengan se den un paseo por la capital y se líe parda. Que no queremos dejar de ser patrimonio de la humanidad, con el desastre que ello supondría. Pero total, un chorretón de agua en la jeta de tan brava plaza no creo que llegue a tanto.

Y ya que la remodelan, podían cambiarla de nombre. A ver si con ello ahuyentan el fario.