Martes, 23 de julio de 2019

Luz de etimologías

Pocas cosas de las que ocurren en nuestro país se libran de estar envueltas en una permanente polémica. Cuánto nos cuesta la cultura del consenso, del acuerdo, del entendimiento… De todo hacemos bandera y banderías. Nada parece escapar a una crispación, de la que parece alimentarse toda la sociedad.

            Decimos esto a raíz de los ruidos de todo tipo que se escucharon con motivo de la llamada fiesta nacional el pasado doce de octubre. Y de los alardes y escenificaciones que tuvieron lugar en ella.

            Escuchamos, en alguna emisora de radio, debatir sobre qué es la patria, a sesudos filósofos e incluso a hombres públicos. Y enseguida, a raíz de todo ello, comenzamos a sopesar los nombres, para ver qué nos dicen, qué nos revelan, qué esconden en lo más profundo de su raíz.

            El término ‘patria’ estaría relacionado con ‘pater’, padre, esto es, estaría vinculado con lo masculino, con lo grande, con lo amplio, con lo general, con lo que se escapa a lo particular y a lo próximo, en definitiva, a lo más entrañable.

            Porque lo más cercano y lo más entrañable, por vinculado con lo más íntimo del ser, con las ‘entrañas’, estaría entonces más vinculado con lo femenino y, entonces, estaríamos ante el mundo de lo próximo, de aquello que abarcamos, de lo que más nos pertenece. De ahí que algunos escritores –creemos que uno de ellos fue Miguel de Unamuno; y a Octavio Paz también le escuchamos pronunciar la palabra– se vieran forzados a utilizar un neologismo, para aludir a este último mundo del que hablamos, creando la palabra: ‘matria’.

            Así, patria tendría que ver con ‘pater’ o padre; y matria’, con ‘mater’ o madre. Lo amplio y lo lejano, frente a lo próximo y lo cercano; lo público frente a lo íntimo; lo masculino frente a lo femenino. Porque de todo ello nos están dando noticia, implícitamente, padre / patria y madre / matria.

            Y tales términos tienen derivaciones significativas, pertenecientes al lenguaje usual y corriente, que todos conocemos y que, por ello, también definen y caracterizan los papeles que hemos otorgado a lo masculino y a lo femenino, al padre y a la madre, a la patria y a la ‘matria’.

            Porque entonces padre y patria estarían relacionados con ‘patrimonio’: aquello que se tiene, que se acumula, que se atesora, que se transmite incluso por herencia de generación en generación. El patrimonio como riqueza material, acumulada a lo largo del tiempo y aumentada en las sucesivas generaciones.

            Pero es que la generación de la vida humana ha tenido lugar, tradicionalmente, en el ‘matrimonio’. Y aquí nos aparece el otro término; ya no relacionado con padre ni con patria; sino con madre y con ‘matria’, con lo femenino.

            Y es que, en nuestro país, sobre todo en el mundo rural y en el pasado, la figura central y más importante del matrimonio, no era el hombre, el padre, sino la mujer, la madre. Y muchos de los que procedemos del mundo rural hemos vivido en nuestra niñez en una suerte de matriarcado; un tipo de matrimonio en el que la madre era el verdadero sostén de la familia, de esa ‘matria’ de lo próximo, de lo entrañable, de lo íntimo, de la que seguro que muchos de nosotros tenemos memoria y experiencia.