Jueves, 5 de diciembre de 2019

Lo de la manzana

A la orilla del lago (1880)

Renoir

 

La vida del hombre suele representarse como un camino. La imagen del viaje aparece en la concepción de su ser en el mundo. En principio, si una trayectoria se extiende por delante y se debe recorrer, antes de andar todo su largo no se podrá conseguir una plenitud. La llegada al conocimiento del propio ser tiene un vínculo, o está relacionada con un desplazamiento físico dentro de coordenadas de espacio y tiempo. Un buen día, uno cobra conciencia de encontrarse aquí en este globo de tierra y de agua, flotando en una órbita no sabemos exactamente en qué punto del universo. Esa vastedad grande se ve llena de galaxias y de espacios donde no hay nada más que oscuridad y silencio. En un punto, más a la derecha o más a la izquierda, está nuestro planeta. Debajo de las nubes y en tierra firme estamos nosotros, caminando por la calle y saludando a las personas, o corriendo para llegar a las citas, o maquinando estrategias, mientras el viento sopla en nuestra frente. También podemos estar a la sombra de un árbol, en la trama de una idea. O recostados a la ribera de un río. O simplemente, sentados en una terraza:

para levantar la taza de café que aún está caliente y llevarla a mis labios, todavía con el gusto de la última de las tres pastas que generosamente me sirvieron

—escribía el autor de estas palabras en una columna anterior—. Podemos encontrarnos en cualquiera de estas situaciones, cuando por el golpe de una manzana en la cabeza, o por el discurrir de las aguas en el río, o por el sabor de una pasta caemos en la cuenta o recordamos situaciones de vitalísima importancia que desplazan nuestro foco de atención de lo inmediato y lo llevan a reparar en sentidos ocultos de la existencia humana. Como una roja flor en primavera abre sus pétalos, así el misterio abre sus párpados y nos mira a los ojos y descubrimos el Porqué.

Yo vi una Rueda altísima, que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita

—dijo Tzinacán, mago de la pirámide de Qaholom, en palabras de su segundo biógrafo, argentino.

 

Edición e imagen al cuidado de D. Juan Ángel Torres Herrero.