Lunes, 3 de agosto de 2020

Lucas, el primer escritor cristiano

Celebraba este martes la Iglesia la fiesta de San Lucas, que es según la tradición el primer escritor cristiano:

- Jesús no escribió nada (quizá en el polvo, como dice Jn 8), no tenía biblioteca, aunque conocía la Biblia de Israel por tradición, por experiencia interna, según se decía en la Sinagoga y en las discusiones de grupos judíos. Era hombre de palabra directa, de anuncio inmediato del Reino, de parábolas brillantes... Él mismo era el "libro hecho persona", su vida fue y sigue siendo la Escritura de Dios para los cristianos.

-- Tampoco Pablo fue escritor, aunque sabía leer y había estudiado, y conocía las tradiciones de Israel de un modo intenso. No era hombre de libro, sino un hombre de palabra directa, cuerpo a cuerpo, grupo a grupo. No era escritor profesional, aunque sabía escribir con arte y escribió, de un modo circunstancial (y para siempre), unas cartas que siguen siendo el primer documento oficial del Cristianismo... Porque no era escritor profesional pudo dejar la mejor colección de cartas del mundo antiguo, dando testimonio de aquello que hacía, de Aquel en quien creía, en un mundo convulso e ilusionado.


-- Tampoco Marcos, Mateo o Juan fueron escritores... Ciertamente, sabían escribir, y lo hicieron de un modo ejemplar, cada uno en su línea, para servicio de sus comunidades, pero no eran hombres de libro escrito, sino de profecía, de catequesis o experiencia mística.

-- Lucas, en cambio, fue el primer escritor "profesional" del cristianismo. Buscó y consultó libros anteriores (cf. Lc 1, 1-2), tuvo biblioteca, y redactó sus dos libros de un modo casi profesional, conforme a los métodos y estilo de los historiadores helenistas y de los traductores de la Biblia al griego, los llamados LXX. Sin él, el cristianismo no sería lo que ha sido y lo que es. Por eso quiero celebrar hoy su memoria y recordar sus dos escritos.

Dicen que Lucas escribía "pintando", y así se le venera como el primer iconógrafo cristiano, patrono de pintores y artistas, un hombre que supo recoger la memoria cristiana... y hacerla memoria viva, para los hombres cultos de su tiempo y de la actualidad.

((Texto tomado de X. Pikaza, Gran Diccionario de la Biblia, Estella 2015)). Buen día a los Lucas y a todos los amigos de la Escritura y de la Biblia.

LUCAS 1. Evangelio

Hacia el año 90/95 d.C., un cristiano culto, de origen probablemente pagano, que había sido prosélito judío y conocía bien la Biblia Griega (los LXX), quiso escribir la primera historia de Jesús y de su movimiento, siguiendo modelos cristianos y helenistas: «Muchos han intentado componer una diéguesis (relato) de las cosas (pragmatôn) que han sucedido entre nosotros, siguiendo lo que nos han transmitido los primeros testigos oculares, conver¬tidos en servidores de la Palabra. Según eso, también yo, después de investigar todo con diligencia, desde los orígenes, he decidido escribírtelo con orden, ilustre Teófilo, para que compruebes la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Lc 1, 1-4).

(1) Un escritor de tradición. Le llamamos Lucas con la tradición, pero ignoramos su nombre y lugar de residencia. Escribió una obra en dos partes (Lc y Hech). Algunos dicen que lo hizo en Roma, porque allí culmina la segunda parte de su obra (Hechos), otros piensan que en Éfeso (que parece estar más vinculada a la tradición paulina que se desarrolla en las pastorales). Sea como fuere, su obra se sitúa en un lugar donde se reconocen y aceptan dos escritos cristianos anteriores (Marcos y Q), porque los utiliza como base de su obra. Escribe porque se lo pide la Iglesia, que acogerá pronto su obra como propia.

Conoce la Biblia (los LXX) y se ha informado, en lo posible, de los momentos principales de la vida de Jesús, dialogando probablemente con testigos y evangelistas anteriores (promotores del movimiento de Jesús), partiendo básicamente de los dos textos ya citados.

(a) El documento Q*, que le sirva básicamente para recrear el mensaje de Jesús.

(b) Del evangelio de Marcos toma básicamente el programa narrativo. En ese sentido su evangelio puede y debe compararse al de Mateo, que utiliza y recrea también los mismos textos anteriores (Mc y Q). Pero Mateo lo hace desde una tradición judeo-cristiana, más centrada en el cumplimiento mesiánico de la Ley judía. Lucas, en cambio, desde el fondo de la tradición cristiano-helenista, para ofrecer así un evangelio más apropiado a los gentiles, añadiendo una serie de textos propios, tomados en parte de tradiciones judeo-cristianas anteriores, con una fuerte elaboración suya.

(2) División. Lucas toma sus motivos no sólo de Mc y el Q, sino también de su propia fuente, que algunos llaman L, pero su texto no es un simple mosaico, sino que forma una unidad literaria (narrativa) y teológico, de tal manera que cada uno de sus elementos ha de interpretarse desde el conjunto, como vienen destacando los investigadores. No escribe una narración a la que “luego” se le añaden algunas notas teológicas, sino que su misma estructura narrativa tiene ya un intenso carácter teológico. En un sentido general, podemos dividir el evangelio en cuatro partes, con un prólogo y un epílogo.

Según el prólogo (Lc 1, 1-4), Lucas dedica el libro, escrito con los métodos histórico-literarios de su tiempo, a un tal Teófilo (=amante de Dios), como una contribución al conocimiento del cristianismo, entendido como un fenómeno religioso y cultural. El epílogo (Lc 24, 50-53) sirve para concluir el evangelio, cerrándolo en sí mismo (en el nacimiento, vida y pascua de Jesús): en contra del Jesús de Marcos y Mateo, que no se va, sino que “queda” en Galilea con los suyos, el Jesús de Lucas sube al cielo desde Jerusalén (como había anunciado en Lc 24, 46-49), abriendo así un tema nuevo que será desarrollado en Hechos. Entre ese prólogo y epílogo se sitúan sus cuatro partes:

Presentación. Jesús, evangelio de Dios (Lc 1, 5 – 4, 13). Se divide en tres partes.

1. Anuncio del nacimiento de Juan y Jesús (Lc 1, 5-56). 2. Dos nacimientos (Lc 1, 57-2, 52). 3. Primera actividad de Juan y Jesús (Lc 3, 1-4, 13). A diferencia de Marcos y en paralelo con Mateo (aunque de un modo distinto), Lucas empieza con un “evangelio de la infancia”, situando a Jesús en el trasfondo de la esperanza de Israel, en paralelo con Juan Bautista. Jesús se entronca en la esperanza y profecía de Israel, aunque la desborda y culmina. En el último apartado, sigue más de cerca a Marcos. El centro de esta sección lo forma “la proclama del evangelio”: Os anuncio una buena noticia (evangelio) que será de gran gozo para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lc 2, 10-11). Este “evangelio” o buena noticia sustituye a los “evangelios imperiales”, en los que se anunciaba el nacimiento del nuevo emperador, como en la famosa Inscripción de Priene, del año 9. a. C., en la que se celebra el nacimiento de Augusto como comienzo de una nueva era de salvación.

Actividad en Galilea (Lc 4, 14 – 9, 50).

Puede dividirse también en tres partes. 1. Manifestación y rechazo de Jesús (Lc 4, 14-6, 11). 2. Enseñanzas y milagros (Lc 6, 12-8, 56). 3. Revelación a los discípulos (Lc 9, 1-50). Aquí aparece el mensaje básico de Jesús en Galilea, en línea profética, abierta al mesianismo. En la primera y última parte sigue más a Marcos. En la parte central está más cerca del Q. En los dos casos, el evangelio recoge las tradiciones de las iglesias y misión de Galilea. Todo el tema se presenta y centra en el “discurso de Nazaret” (Lc 4, 16-30).

Viaje a Jerusalén (Lc 9, 51‒19, 27).

Se divide igualmente en tres partes. 1. Seguimiento y confianza en el Padre (Lc 9, 51 – 13, 21). 2. Comidas cristianas (Lc 13, 22 –1 7, 10). 3. Llegada del Reino (Lc 17, 11 – 19, 28). Esta sección comienza con una introducción solemne, que enmarca y sitúa todo lo que sigue: “Cuando llegó el tiempo en que había de ser recibido (ascendido), afirmó su rostro y comenzó a subir hacia Jerusalén” (cf. 9, 51). Lucas introduce y reinterpreta aquí mucho material del “Q”, pero no en forma de sabiduría desvinculada de la vida de Jesús, sino como expresión de un camino que conduce a Jerusalén (un nuevo Éxodo). Eso significa que el material Q (que podría convertirse en doctrina gnóstica), viene a entenderse y se entiende en el contexto de un camino mesiánico de entrega de la vida. Éste es el centro del evangelio: la subida a Jerusalén, como cumplimiento de las promesas de Israel y como principio de un nuevo éxodo cristiano.

Actividad en Jerusalén: Pasión y resurrección (Lc 19, 28-24, 49), con tres partes.

1. Entrada en Jerusalén y controversias con los jefes de Israel (Lc 19, 28 – 21, 4) c) Discurso escatológico (Lc 21, 5-38). 2. Juicio y muerte (Lc 22, 1-23, 56. 3. Resurrección y apariciones de Jesús (Lc 24, 1-49). Lucas vuelve al esquema y los temas de Marcos, con cambios menores. También esta sección comienza con la “decisión” de culminar la subida a Jerusalén (19, 28; retomando el motivo anterior de 9, 51). Todo el mensaje y camino de Jesús en Galilea ha de entenderse desde su “oferta de salvación” en Jerusalén, en disputa con la autoridades de la ciudad. En ese contexto se sitúa el discurso escatológico, donde ya no es esencial la “prisa por la hora”. En la historia de la pasión, intenta “disculpar” a Pilato, representante del gobierno romano, cargando la responsabilidad en los “jerarcas judíos” (nunca en el pueblo de Israel, en cuanto tal). Ofrece una catequesis de Pascua, con el relato de los discípulos de Emaús y la gran aparición/misión a todos los discípulos, en Jerusalén (no en Galilea, como en Marcos 16, 1-8 y en Mt 28, 16-20).

(3) Teología básica: historia de la salvación.

Lucas define su teología en el prólogo: “He decidido escribir un relato de los acontecimientos que han venido a suceder entre nosotros…, a fin de que así reconozcas la fir¬meza de las doctrinas que has recibido” cf. (Lc 1, 1-4). ¿Qué acontecimientos? Las cosas que Jesús ha cumplido y enseñado, hasta su ascensión al cielo (Hch 1, 1-2). Las otras cosas (los primeros pasos de la iglesia) quedan para Hechos. Los acontecimientos de Jesús se han realizado, según Lucas, a la luz de todo el mundo (Hch 26, 26). No son objeto de un mensaje intimista, propio de un libro de meditaciones, sino el tema de una historia que merece ser contada.

Lucas parece ser el único escritor del Nuevo Testamento que escribe también para no creyentes, ofreciendo así su libro en el mercado abierto de su tiempo. Pero no abandona la tradición, sino al contrario: se apoya en otros libros y testigos de la iglesia. De un modo especial (lo mismo que Mateo) asume dos “textos previos” (Mc y Q) que él ha querido precisar y completar y selecciona sus fuentes, pero lo hace de un modo dialogante y así, a diferencia de Marcos y, quizá, en contra de Mateo, ha podido aceptar tradiciones de la Iglesia de Jerusalén, vinculada a la figura de Santiago, el “hermano” del Señor, al comienzo del evangelio y de Hechos ((Lc 1-2; Hch 1-7).

En esa línea, él ha visto a Jesús como punto de partida y centro de un profundo movimiento religioso que se va extendiendo por el mundo y que merece ser contado. Lucas puede realizar su cometido porque es un buen narrador con un buen argumento (Jesús), y porque sabe exponerlo no sólo en un plano kerigmático (Marcos) o catequético/eclesial (Mateo), sino en un plano histórico-literario, transmitiendo, al mismo tiempo, la fe de su Iglesia (¿Roma, Éfeso…?). Con el paso de los años, la inquietud de aquellos cristianos que esperaban el fin del mundo y la venida inmediata de Jesús se ha ido trasformando. Ciertamente, Lucas sabe que “Jesús vendrá”, pero mientras tanto él abre un largo tiempo de vida creyente para los cristianos. De esa forma el interés del mensaje de Jesús (el pasado de su historia) se desplaza hacia la iglesia (Hechos); pero la misma identidad de la iglesia exige que quede clara la historia de Jesús (evangelio de Lucas).

(4) Temas abiertos. Lucas parece el único escritor del NT que (dirigiéndose a la iglesia) escribe también para no creyentes,

editando su libro para el mercado cultural y religioso de su tiempo. Marcos (y en un sentido también Mateo) estaban más interesados en la “venida” final de Jesús. Ciertamente, Lucas sabe que “Jesús vendrá”, pero mientras vuelva en su gloria se abre (el mismo Jesús abre, desde el trono de Dios) un largo tiempo de vida creyente. De esa forma distingue tres “tiempos”: época de Israel (AT), vida de Jesús (Lc) y tiempo de la Iglesia (Hch).

Una historia acabada. Según Lucas, la historia de Jesús en el mundo ha terminado (se ha cerrado en la Ascensión: Lc 24; Hch 1). En esa línea, podríamos decir que su Evangelio (Lc), siendo en un sentido autónomo y muy valioso, puede interpretarse, en otro, como “prólogo” del libro de los Hechos. El pasado de la historia de Jesús, que termina en la Ascensión, se vuelve principio de vida para la Iglesia. Jesús ha sido recibido en la Gloria de Dios Padre y, desde allí, guía el camino de la Iglesia, por medio del Espíritu Santo.

Del Jesús histórico al Cristo universal. El Jesús de la historia (que ha vivido y muerto) es principio y modelo, impulso y misterio del camino (¡toda la vida de Jesús es camino! cf. Lc 9-18) que lleva a los hombres al cumplimiento de la esperanza que se expresa en forma de resurrección. La meta de la historia se expresa y concreta según eso en la victoria de Jesús, que está ya sentado a la Derecha del Padre y que atrae a todos, desde su altura (cf. buen ladrón: Lc 23, 43, y visión de Esteban: Hch 7, 56-60).
Jesús y la iglesia. El evangelio de Jesús resultan inseparables del despliegue de la Iglesia, como muestra el hecho de que Lc y Hch forman dos partes de un mismo “libro cristiano”, el libro de la historia y vida de los seguidores de Jesús.

Entre los comentarios, cf. J. A. FITZMYER, El evangelio según san Lucas, I-4. Cristiandad, Madrid 1986/7 y 2004; F. BOVON, El evangelio según san Lucas I-IV. Sígueme, Salamanca 1995-2010. Cf. además C. ESCUDERO FREIRE, Devolver el evangelio a los pobres. A propósito de Lc 1-2, BEB 19, Sígueme, Salamanca 1978; I. GÓMEZ-ACEBO (ed.), Relectura de Lucas. El clave de mujer, Desclée de Brouwer, Bilbao 1998; I. M. FORNARI-CARBONELL, La escucha del huésped (Lc 10,38-42). La hospitalidad en el horizonte de la comunicación, Verbo Divino, Estella 1995; J. RIUS CAMPS, El éxodo del hombre libre. Catequesis sobre el evangelio de Lucas, El Almendro, Córdoba 1991.

Lucas 2. Obra doble (→ evangelios, iglesia, Hechos).

Con el nombre de Lucas aludimos, de modo general, a un autor que ha escrito la primera historia sobre los principios del cristianismo. Su obra, que en principio tenía carácter unitario, aunque constaba de dos tomos, ha sido luego dividida, de manera que en las ediciones oficiales de la Biblia aparece en dos lugares: (a) el Evangelio de Lucas, queda tras el Mateo y Marcos, formando parte de los cuatro evangelios canónicos; (b los Hechos de los Apóstoles viene después de los evangelios, como si fuera una introducción a la cartas de Pablo y al resto de escritos del Nuevo Testamento.

(a) Una obra doble. Tomando su obra en unidad, debemos afirmar que Lucas ha escrito un tratado (logos: Hech 1, 1), una obra literaria (diéguesis) sobre el tema (logos: Lc 1, 2) de Jesús y sus discípulos. Conserva la tensión kerigmática de Mc y las enseñanzas principales de Mt (tomadas del Q), pero reelabora la figura de Jesús de una manera poderosa, dentro de un esquema de conjunto en el que quiere ofrecer al lector culto (incluso no cristiano) una visión general del movimiento cristiano. Se trata de una obra paradójica. Por un lado quiere ser irénica, suavizando aquellos rasgos de Jesús y de sus discípulos que pueden parecer más duros para un lector de origen pagano y de cultura griega. Pero, desde la distancia que ofrece la lejanía literaria y teológica (no está implicado en la disputa inmediata sobre el sentido de la pascua, como Mc, ni sobre la ley judía, como Mt), Lucas puede recuperar en plano histórico y narrativo elementos que Mc y Mt habían relegado, especialmente en referencia al judaísmo.

Por otra parte, Lucas es un buen narrador y ha escrito un libro paradójico, hábil en datos y omisiones, irénico en conjunto, pero radical e intenso en la valoración del movimiento de Jesús. Ciertamente, quiere pactar con Roma mostrando que Jesús y su iglesia no son contrarias al imperio; pero, al mismo tiempo, conserva la radicalidad mesiánica del evangelio, la novedad más honda del mensaje de Jesús en relación a la pobreza y la superación de la violencia. Lucas ofrece con su obra doble, evangelio y hecho, el primer tratado que existe sobre el cristianismo.

(1) Tiempo de Israel, tiempo de Jesús.

Su obra es relativamente larga y está bien articulada. En el fondo de ella puede distinguirse los siguientes momentos, presentados de un modo histórico o temporal.

(a) Hay un tiempo y verdad de Israel,

definido por las promesas anteriores (del Antiguo Testamento) y por la piedad sincera de sus protagonistas, que aparecen sobre todo en Lc 1-2 y Hech 1-5. El ambiente y tono de esos capítulos es totalmente israelita. Como israelita nace Jesús (Lc 1-2) y dentro de Israel, en el contexto del templo de Jerusalén, nace la iglesia. Por eso, frente a Mc 16 y Mt 28 que sitúan el primer mensaje de la iglesia en Galilea (consumando de esa forma la ruptura de los cristianos frente a Jerusalén), Lucas funda la venida de Jesús (cf. Lc 1) y el origen de la iglesia (cf. Hech 1-5) en el entorno del templo. Su cristología se integra, por tanto, en la historia de la profecía y esperanza israelita.

(b) Hay un tiempo de Jesús,

bien delimitado, entre nacimiento y ascensión. Ese es el tiempo del que trata el evangelio. Ciertamente, Jesús sigue guiando el camino de la iglesia posterior (cf. Hech 9, 5; 16, 7), pero, en un sentido estricto, él ha llegado con la pascua al final de su camino histórico, de forma que ahora lo hallamos sentado a la derecha de Dios, desde donde envía su Espíritu (Hech 2, 32-33), para fundar así su iglesia, hasta el momento en que vuelva otra vez, al final, para culminar su obra (Hech 3, 20). De esa forma, el tiempo y figura de Jesús, queda delimitado dentro de una historia real, que ha sucedido ya y que se narra en el evangelio. Marcos y Mateo no necesitaban escribir un segundo libro como Hechos, para narrar la presencia y acción de Jesús resucitado en la iglesia, por medio del Espíritu, pues sus evangelios bastaban para trazar el sentido de la vida cristiana; para ellos, el tiempo de la iglesia no podía separarse del tiempo del evangelio. Lucas, en cambio, ha separado esos tiempos al escribir su libro en dos partes y más los han separado aún los editores del Nuevo Testamento, al colocar cada parte del libro de Lucas en un lugar separado, como libros distinto: un evangelio de Jesús y un libro de los Hechos.

(c) Tiempo de la iglesia.

La novedad de Lucas está en fijar y desarrollar el tiempo de de la iglesia tras la ascensión o subida de Jesús (Lc 24, 50-53; Hech 1, 9-11). Este es el tema del libro de los Hechos. La misma ausencia de Jesús se convierte para Lucas en principio teológico: Jesús ha superado ya su antigua forma de existencia, para enviar su Espíritu (cf. Lc 24, 49; Hech 2, 33), iniciando el tiempo y camino de la iglesia, que Lucas vincula a la experiencia de Pentecostés (Hech 2, 1-13). Tenemos, por tanto, tres tiempos y dos libros: del primer tiempo trata todo el Antiguo Testamento; de los otros dos tratan los dos libros de Lucas. Esta visión, de tipo más línea y pedagógico que la de Pablo, Marcos o Mateo, ha podido convertirse en presupuesto normal de la visión cristiana de la salvación y constituye, a mi entender, el logro histórico/teológico más hondo de Lucas. Él podía haber escrito quizá otro tipo de trabajo: un ensayo moral sobre la novedad cristiana, un sermón pascual... Pero ha preferido trazar una historia seguida y unitaria donde el misterio de Dios se revela a lo largo del mismo despliegue de la salvación humana. Lucas ha integrado así la cristología (narración de Jesús: Lc) en un contexto teológico ternario, por no decir trinitario. No ha tenido que escribir una primera obra sobre Dios (historia israelita), porque la encuentra escrita y la emplea como fuente de inspiración y punto de partida: es la Biblia que asume en su versión de los LXX, sirviéndose de ella para escribir los comienzos de la historia de Jesús y de la iglesia (Lc 1-2; Hech 1-5). Su cristología propiamente dicha (Lc), se encuentra así precedida por la teología (Biblia israelita) y seguida por la pneumatología, que se expresa en el mismo despliegue de la iglesia, que aparece así como expresión y presencia de un Jesús ausente (Hech).

(4) El evangelio de Lucas (→ evangelios, Q).

Significativamente, Lc no ha empleado la palabra evangelio en su libro sobre Jesús, sino que la emplea sólo en contexto de iglesia (en Hech 15, 7; 20, 24). Eso no es casualidad, sino que responde a su visión de historiador de los orígenes del cristianismo y a su propia forma de entender su trabajo literario, que él introducido de este forma: «Ya muchos han intentado componer una diéguesis (relato) de las cosas que han sucedido entre nosotros, siguiendo lo que nos han transmitido los primeros testigos oculares, conver¬tidos en servidores de la Palabra. Según eso, también yo, después de investigar todo con diligencia, desde los orígenes, he decidido escribírtelo con orden, ilustre Teófilo, para que compruebes la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Lc 1, 1-4). Lucas conoce la existencia de diversas diéguesis o relatos que narran dentro de la iglesia las cosas (pragmata) que en ella han sucedido desde los mismos orígenes del acontecimiento de Jesús. No rechaza la validez de esos relatos, pero piensa que pueden completar¬se, para expresar así mejor la coherencia (solidez) de la enseñanza cristian¬a. Los relatos anteriores pueden contener buenas historias y enseñanzas de Jesús, pero a juicio carecen de un orden de conjunto. Por eso, Lucas ha querido escribir una nueva diéguesis donde presenta en forma ordenada los acontec¬imientos y enseñanzas de Jesús, tal como han sido testifica¬dos y transmitidos por los primeros misioneros. Según eso, él no inventa, transmite; no crea, organ¬iza y unifica lo transmi¬tido. De esa forma, su relato puede presentarse como un logos (cf. Hech 1, 1), una especie de tratado en dos volúmenes o tomos, como ya hemos visto (→ Lucas 1). Lucas no escribe un eu-angelion como Marcos, ni tampoco un libro de genealogía de Jesús como Mateo, sino un relato-tratado de los acontecimientos y palabras relativas a Jesús y a los principios de la iglesia, en dos volúmenes. Sólo cuando la iglesia posterior, a finales del siglo II, ha separado las dos partes, la primera ha podido presentarse como unidad en sí misma, interpretándola a modo de evange¬lio y poniéndola al lado de los otros evangelios (Mc, Mt, Jn)¬.

(5) Jesús y el evangelio.

Más que contenido del evangelio, el Jesús de Lucas aparece como evangelizador. Ciertamente, Lucas conoce el sentido que la palabra evangelio ha tenido dentro de la iglesia. Por eso en Hech 15, 7 ha presentado a Pedro como el primero en extender a los gentiles «la palabra del evangelio» (que aquí significa buena nueva universal del Cristo). Pablo, por su parte, en el sermón de su solemne despedida aparece como aquel que ha dado siempre testimonio «del evangelio de la gracia» (Hech 20, 24). El evangelio pertenece, por tanto, al misterio de la predicación cristiana, asumida por los dos grandes fundadores de la iglesia, como palabra pascual de salvación. Por eso, siendo buen historiador, no ha podido presen¬tar a Jesús hablando de un evangelio, pues esa palabra sólo adquirirá sentido tras la pascua. Pero, al mismo tiempo, el mismo verbo «evangelizar» y el contenido del evangelio ha recibido en Lucas un sentido más extenso, que se abre ya a la iglesia. Ciertamente, siendo fiel a sus propias tradicio¬nes, Lc conserva el verbo eu-angelidsein en los lugares clave de la historia de Jesús (Lc 4, 18; 7, 22; quizá también 16, 16). Pero en otros lugares ese verbo tiende a perder su fuerza mesiánica original (procedente del Segundo Isaías) para tomar el sentido más genérico de anuncio-anunciar. En esta perspectiva es importante el pasaje en que Lucas trasmite un «evangelio del nacimiento», porque nos sitúa en la línea de lo que podríamos llamar el evangelio hele¬nista del culto al emperador, a que alude una inscripción de Priene. El ángel del nacimiento dice a los pastores: «No temáis, os evangelizo una alegría grande... hoy ha nacido para vosotros el salvador (sôtêr), ¬que es el Cristo, Kyrios, en la ciudad de David» (Lc 2, 11). E¬ste sería para Lucas el evangelio estrictamente dicho: el anuncio de la buena noticia del nacimiento del salvador, noticia donde viene a encontrar su centro y plenitud toda la historia de los hombres.

(cf. J. N. ALETTI, El arte de contar a Jesucristo. Lectura narrativa del evangelio de Lucas, Sígueme, Salamanca 1992; H. CONZELMANN, El centro del tiempo. La teología de Lucas, Fax, Madrid 1974; E. RASCO, La teología de Lucas. Origen, desarrollo, orientaciones, AnGreg 201, Gregoriana, Roma 1976).