Lunes, 9 de diciembre de 2019

¡No me olvidéis!

En enero de 2010 publiqué este artículo con motivo del terrible terremoto que asoló Haití. Las cámaras de televisión, los periodistas, los políticos, los mensajes pidiendo ayuda han regresado al lugar del desastre, porque otro desastre las reclama.

Me temo que pasado un tiempo, Haití y los muchos “Haití” que son en el mundo, volverá a reclamar la atención de la Humanidad. Una atención que durará mientras la noticia interese, mientras la noticia venda. Luego, habrá que esperar otra  catástrofe para hacerles caso de nuevo.

Una oscuridad sucia y densa lo cubría todo. No sabría decir cuanto tiempo llevaba en ese lugar. El silencio más absoluto llenaba el reducido habitáculo. A pocos centímetros de su cara, algún obstáculo, le devolvía su débil aliento, aún cálido y cargado de polvo de yeso y muerte.

            Una débil tos, llevó hasta su boca un líquido pastoso y dulzón, intentó librarse  de él, pero no podía girar la cabeza, intentó limpiarse, pero ninguna respuesta encontró a su voluntad. No sabía si algo aprisionaba sus manos, si el espacio era tan reducido que no permitía su movimiento o si, simplemente, no las tenía. Otro golpe de tos le llenó de nuevo la garganta de sangre, a la vez que notó un fuerte dolor en su espalda. Sin duda, algún hierro se le había clavado atravesándole los pulmones. Ese dolor, era el único indicio de que aún estaba vivo.

            De repente, recordó que su familia: su mujer y sus tres hijas, estaban a su lado cuando tembló la tierra, ¿qué habrá sido de ellas? Un amargo y hondo sentimiento se apoderó de él, pensaba que no podían haber corrido mejor suerte que la suya y se las imaginaba muertas o mutiladas muy cerca de donde él se encontraba. Intentó gritar pero la voz no salía de su garganta, solo fue capaz de emitir unos estertores inaudibles que le producían un dolor insoportable que le atravesaba el pecho de parte a parte.

            Los ojos se le inundaron de lágrimas, la vida se le escapaba y sentía placer en ello, sólo quería que aquel suplicio terminara cuanto antes. De repente, un rayo de luz penetró por una pequeña rendija que alguien había abierto a través de los escombros. Se escucharon voces, ladridos de perros… Poco a poco, el hueco, se iba  haciendo más grande, hasta que fue lo suficiente como para que una cámara de televisión introdujera su objetivo y obtener unos impresionantes planos que servirían de cabecera en  todos los telediarios. Al poco rato, vio atónito cómo una multitud de gente se agolpaba en las inmediaciones. De entre todos ellos destacaban unas personas, alrededor de las cuales danzaban los periodistas, los cámaras, los fotógrafos... Nunca antes había visto a esa gente, tampoco entendía muy bien que hacían ahora allí. Una pequeña luz de esperanza se encendió en él: estaban limpiando de escombros el espacio que le rodeaba, aunque no acababa de entender por qué no quitaban los que a él le molestaban. Pronto obtuvo la respuesta: estaban abriendo un camino para que una de aquellas personas de traje y corbata, pudiera acercarse hasta él, sin mancharse y posar para una impactante fotografía, que daría la vuelta al mundo, en la que su rostro ensangrentado serviría de fondo. No paraban de hacer fotos, de tomar planos captando la enorme tragedia. El hombre de traje y corbata, le miró y le ofreció una sonrisa, sonrisa que duró mientras los fotógrafos disparaban sus cámaras. Luego, se volvió hacía la multitud de periodistas y les dirigió unas palabras que él era incapaz de entender, pero que debían ser muy importantes pues todos escuchaban con atención y tomaban notas.

            Terminados los discursos y hechas las fotografías, vio con estupor, como todos se marchaban en alegre comitiva, en busca y captura de otras impactantes imágenes, para enviarlas a sus respectivos países, donde, desde cómodos butacones, sus compatriotas también pudieran apiadarse de aquellas pobres gentes. Unos, movidos por un gesto de generosidad, otros por caridad cristiana, otros por solidaridad, terminarían haciendo alguna aportación económica que les permitiría dormir plácidamente.

            Asomado por aquel reducido hueco, vio pasar unos camiones cargados de agua y víveres, tras ellos se agolpaba la gente del pueblo. Los más fuertes conseguían ganar puestos de privilegio para la hora del reparto. Un reguero de mujeres y niños, mutilados por sus propios hermanos, iban quedando atrás, sin opción a obtener un poco de agua o un pedazo de pan. El hambre y la sed no permitían razonar, necesitaban esos alimentos que se encontraban tan sólo a unos centímetros de sus manos. No estaban dispuestos a esperar a que los encorbatados se pusieran de acuerdo sobre cual era la mejor forma de distribuirlos. Los soldados, encargados del reparto, entendieron la situación y decidieron desprenderse de los alimentos antes de que la hambrienta multitud se los arrebatara por la fuerza.

            La noche se apoderó de las calles, el silencio volvió a reinar entre tanta muerte. Con los primeros rayos de sol, los aviones emprendieron vuelo hacía sus países de origen, otros asuntos más importantes les esperaban. El país quedó sumergido en el caos, las calles llenas de escombros y cadáveres, por los campos vagaban miles de mujeres y niños sin saber adonde ir. Los más desalmados se hicieron dueños de la ciudad, los pocos alimentos que habían quedado esparcido por las calles, fueron controlados por estos grupos, que los vendían al mejor postor. Poco a poco regresó la normalidad: reconstruyeron sus chabolas con cartones y palés que quedaron abandonados tras la ayuda humanitaria, las mafias ocuparon el poder, el hambre, la enfermedad, el tráfico de niños… todo se normalizó. También volvió la normalidad al resto de los países: la crisis, los discursos verduleros de los políticos, Eurovisión, el fútbol, la ley antitabaco… eran los temas preferidos a la hora de las cañas y los vinos. ¡Ah! y un terremoto que ocurrió… ¿dónde fue?