Sábado, 24 de agosto de 2019

La palabra dada

En un mundo en el que dan fe los notarios, reparten hostias los curas y escriben al dictado los periodistas, en este mundo tan paradójico y mal repartido, la palabra dada tiene los días contados. Como los notarios que ven amenazados sus ingresos por firma con la entrada en el negocio de los registradores de la propiedad. Como los curas que cada vez son menos, más viejos y apenas tienen feligreses a quienes repartir. Como los periodistas que cavan a diario su propia tumba consintiendo condiciones execrables al tiempo que meten su dignidad en el primer cajón del escritorio para no sufrir más de lo necesario.

Los que vivimos de la palabra, los profesionales de la palabra, tenemos los días contados. 

No hace tanto que cuando alguien daba su palabra en ese mismo momento comprometía su vida entera. Era como la más segura de las garantías. Si una persona, en una conversación, zanjaba cualquier tipo de duda con la expresión: “Te doy mi palabra”, o con la versión más coloquial y abreviada: “palabra”, no había vuelta de hoja, eso era así porque en la palabra dada iba una parte de su ser, un trozo de esa persona que era capaz de apostar su cabeza, su corazón y sus entrañas dándote su palabra. Los más dramáticos y exagerados incluso acompañaban esa palabra empeñada con la coletilla: “Que me muera ahora mismo”.

Hoy la palabra no vale nada. Está devaluada, depreciada, moribunda. Quizá tenga que ver la falta del cumplimiento de la misma por parte de políticos y autoridades varias. O que nos hemos acostumbrado a la mentira, al engaño, a la corrupción. O a que todo está permitido y justificado con tal de conseguir mi objetivo y, por lo tanto, puedo dar mi palabra y no cumplirla sin que pase nada. Y me trae sin cuidado perder la dignidad que no tenía y que desprecio. Porque mis valores no pasan por ahí, por ser íntegro, sino por tener el reconocimiento del público, de la audiencia, de una sociedad podrida que ha dejado de ver en la palabra la expresión más íntima de lo que uno es. Una sociedad más preocupada por parecer, por aparentar, por estar.

Vivimos en un mundo donde la palabra pensada, escrita y publicada no va a ser leída ni premiada, un mundo en el que una institución privada se arroga el derecho de premiar cada año a los que hacen brillar las palabras. Un mundo construido sobre una gran mentira. Un mundo en el que la palabra  es y seguirá siendo un arma, pero un arma descargada.