Miércoles, 26 de febrero de 2020

Extraterrestres -III-

         

     Hace un cuarto de siglo largo se celebró en Logroño un congreso nacional sobre ufología, que tuve el honor de presidir, en el que participaron una veintena de físicos, ingenieros, periodistas, historiadores, psiquiatras y psicólogos, filósofos y especialistas o estudiosos de otras materias diversas. Estaban, entre otros, Antonio Ribera, David Gustavo López, Sebastián Fontrodona, Ángel Salaverría, Jesús Beorlegui, Juan García Atienza, Juan José Benítez, Ignacio Martín Cuadrado, Félix Ares de Blas, luego director del Museo de la Ciencia de San Sebastián, Enrique de Vicente, y Fernando Jiménez del Oso. Unos eran escépticos sobre la existencia de vida extraterrestre inteligente y, por lo tanto, rechazaban que los objetos volantes no identificados sean naves espaciales. Otros entendían que existen suficientes indicios como para pensar que no estamos solos en el Universo y que, por motivos que se escapan a nuestros limitados conocimientos, hemos sido y seguimos siendo objeto de observaciones exteriores, opinión que, por cierto, comparto.

  Independientemente de sus distintos puntos de vista, lo que unía a los allí congregados era la apertura de mente. No es fácil expresarse sobre asuntos tan resbaladizos en una sociedad obsesionada por lo políticamente correcto. El mundillo científico es uno de los ámbitos en que se manifiesta con más crudeza esa estrechez de miras consistente en someter lo que uno cree cierto a la reputación y las apariencias de seriedad, o sea, al qué dirán. Lo importante es parecer formal y nadar a favor de corriente. En cambio, qué paradoja, el arte experimental, mucho más rentable que la investigación científica, se burla de los papanatas y campa por sus respetos después de haber consolidado sin oposición la ley del todo vale, cuanto más extravagante, mejor. Está visto que la ciencia avanza muy deprisa, pero la necedad vuela.

(De mi libro ¿Globalización o incomunicación? Premio de Ensayo Editorial Gran Vía. Burgos 2011).