Venir para volver.

Dos parejas. Cuatro amigos. Una larga velada que se extiende desde la hora de almorzar a la hora de cenar. Uno de ellos informa al resto de un novedoso procedimiento para extirpar las metástasis allí donde se encuentren. Primero, una gota de galio para buscar el foco, a continuación, otra gota de lutecio para neutralizar las células contaminadas. Seis sesiones a diez mil dólares cada una. Un proceso rápido, indoloro, y eficaz. Terapia aplicada en Upsala, en Munich y en Montevideo. Quizás lo de Montevideo suene a ciencia ficción. No es ciencia ficción. El equipo de científicos suecos que han realizado tales descubrimientos cuenta en él con un uruguayo. Ese uruguayo ha logrado, con el apoyo del gobierno sueco, instalar un costosísimo instrumental en esa ciudad austral. El famoso médico ha sido compañero del informante. Ambos sufrieron parecidas penalidades, aquél mucho más que éste, en cuarteles y penales militares uruguayos, años ha. El científico, finalizado su cautiverio emigró a Suecia, allí le ayudaron a recuperarse de las profundas heridas psicológicas sufridas, se convirtió en médico, y se especializó en neurociencia y medicina nuclear. El científico habla por teléfono con el informante y le cuenta lo del galio y lutecio. No se trataba de ningún comentario ocioso o erudito, el informante sufre de alguna metástasis. El informante, después de tal conversación, queda perplejo y agradecido. La pareja anfitriona felicita al informante y le insta a aprovechar tan magnífica oportunidad. El informante, sin embargo, duda. Su pareja, con cordura, invoca a los suyos, a los compartidos. El anciano duda. La pareja anfitriona ensalza las bondades de la vida, de su vida y de la vida en abstracto. El informante reconoce las privilegiadas e inmerecidas bondades de su vida, no así la de otras muchas. Su duda persiste. La sobremesa se alarga, se apasiona. Los contertulios se miran hacia adentro dubitativos, acaso algo molestos. El informante expresa su cansancio. Su deseo de morir, sin aplazamientos. Al igual que acontece con tantísimos enfermos carentes de recursos. Argumentos encontrados: “El deber es seguir viviendo, no, no para uno, para los demás, para los tuyos”, conceden. O: “¿Qué te falta para ser feliz? También: “¡La vejez deprime¡” Incluso: “¡Aún te quedan tareas por cumplir¡” El informante quiere decirles a todos ellos, que tanto quiere, que tantísimo quiere, decirles algo que no les haga sufrir o sentirse culpables por seguir en el tajo. Decirles con la mayor de las certidumbres: “Chicos, me gustaría compartir el destino de los que no pueden elegir” ¿Resulta tan terrible tal deseo?  No para el informante. El anfitrión, sabedor de la forma de pensar del informante, espeta con sorna: “¡Lo que deseas es alcanzar lo trascendente¡”. El informante enmudece. ¿Qué responder? ¿Acaso queda en el diccionario algún expresivo significante? ¿Algún juego de lenguaje capaz de describirlo? Nada queda, salvo saberse en la frontera, atisbar ya la vuelta a los orígenes y el silencio.