¿Existe España?

Fiesta nacional de España, 12 de octubre, día de la Hispanidad y fiesta del Pilar. Muchas cosas juntas e importantes. Pero, en ese día gris y tristón, algo frío, prólogo real del otoño, me pregunto si existe España, sí, este país, nuestro país, mi país. A veces parece que a algunos les da vergüenza declararse españoles y lo evitan, recurren para identificarse a su lugar de origen, a su región a lo más, y en el caso nuestro ni eso, solo nos quedamos con la referencia provincial. Es triste, denota nuestra indigencia nacional. Pregúntale a un francés o a un yanqui o a un inglés, y casi se ponen a cantar su himno nacional, mientras que los españoles vivimos vergonzantemente nuestra condición. Patético pero real. Y tenemos muchos motivos para enorgullecernos, este país ha hecho cosas grandes en la historia y ha dado hombres grandes, universales. ¿Por qué no recordarlos, con orgullo?

Para mí, desde luego, España no es solo una bandera ni un himno nacional, que también, respeto los símbolos pero me parece que hay aspectos más importantes, que la definen mejor. Y quiero poner en claro desde el principio que España va más allá del Estado español, que tiene varios siglos, pero muchos  menos que España. Para mí, en primer lugar, son sus grandes hombres y mujeres. Nos la definen mejor que nada, y de un modo crítico e inteligente. ¿Quieren tres? Ahí van: Velázquez, Cervantes y Ramón y Cajal, un pintor, un escritor y un científico, tres genios, y muy españoles, esencialmente españoles, y a los tres les dolió España, sobre todo por lo que no era y debía ser. La pintura de Velázquez, de los reyes españoles de entonces, es el reflejo de la decadencia, nos presenta cómo un imperio se destrozó a sí mismo por la inepcia de sus clases dirigentes. Y Cervantes, en muchos de sus textos, ofrece el daguerrotipo de una nación que ha perdido el norte de la realidad y busca su ser en los sueños, a través de sus personajes, perdedores, derrotados, pero en el fondo los mejores, el pueblo, las víctimas. Y Ramón y Cajal en muchos de sus escritos reivindicando un país que se construya sobre la educación y la ciencia, despreciadas y hasta perseguidas en nuestro amado país.

Y sí, para mí España es su democracia, estable desde 1977, nuestra democracia constitucional y liberal, cuya origen son las revoluciones liberales decimonónicas (entre ellas La Pepa, nuestra Constitución de Cádiz, de 1812). El Estado social y democrático de derecho, nuestra mejor creación colectiva, que supuso sustituir una dictadura casi eterna por un régimen político que reconocía los derechos humanos, separaba y controlaba los poderes, sometía la Administración al Derecho, y defendía la independencia judicial, además de comprometer al Estado en objetivos sociales. Ahora sí, para mí España ahora es también nuestro Estado, pero cómo identificar España con el Estado franquista, si yo hubiera vivido entonces no habría podido hacerlo. Uno se identifica con lo que quiere o admira o desea, pero no con lo que detesta.

Por todo ello, creo que tenemos suficientemente motivos para identificarnos y declararnos españoles y no escondernos de ello. Es increíble que vascos, catalanes, gallegos y andaluces exhiban nacionalismo a manos llenas, canten sus himnos, enarbolen sus banderas, manifiesten su orgullo por serlo. Mientras que nosotros, callados, parece que vivimos y somos de un lugar que debemos ocultar. Para nada, tenemos el segundo idioma más hablado del mundo, compartimos nuestra maravillosa lengua con 300 millones de latinoamericanos, donde la madre patria es cosa muy seria. ¿Quién atesora más arte que Castilla? Nuestro país es rico, plural, bellísimo por sus paisajes, su gastronomía es envidia del mundo. ¿Hay motivos para avergonzarnos? Para nada, todo lo contrario, es un complejo y hay que combatirlo ya.

Es verdad, el franquismo patrimonializó  España, su bandera y su himno y casi hasta vampirizó su ser, pero falsamente. Es una página afortunadamente pasada de nuestra dramática historia, una hoja muerta, a Dios gracias. Cómo no recordar a antifranquistas que se sintieron profundamente españoles como Manuel Azaña, Salvador de Madariaga, Indalecio Prieto, Antonio Machado o Federico García Lorca: se asombrarían de nuestro complejo actual y nos instarían a reivindicar la España, rica y diversa, genial y cainita a veces, hipercrítica y generosa, España, nada menos.

Marta FERREIRA