Miércoles, 15 de agosto de 2018

Muchachos y maestros

El mundo en el que habito ya no es el de mi infancia. Ni por asomo. Agotando la década de los veinte, siento que solo la sucesión de las estaciones –que se ha visto alterada, además, por los efectos del cambio climático– garantiza la continuidad del tiempo. Los niños del cambio de siglo no se parecen en nada a los bebés, ahora adolescentes, que nacían mientras ellos jugaban en el parque, a la intemperie, lloviera o cayera el sol en picado sobre sus frentes.

 

Sin embargo, los jóvenes y bebés de entonces se encuentran ahora cara a cara en los patios y pabellones. Los primeros son maestros, profesores o entrenadores. Los segundos, adolescentes sometidos a cada vez menos ficciones: Ya no hay dios plausible ni una creencia irracional en en el capitalismo o la bondad de los mercados que los lleve a asumir aquellos adagios que los gilipollas de mi generación nos creímos a pie juntillas (“haz el bien e irás al cielo”, “estudias y tendrás un buen trabajo”) . La anestesia con la que se les desensibiliza se ha sofisticado y procede más bien de la velocidad a la que se renuevan los estímulos, de la cantidad de información que consumen sin que se construya, a su paso, conocimiento.

 

Su educación también difiere mucho de la que nosotros recibimos. Sus padres crecieron en democracia y en el seno de una sociedad “moderna” mucho más comprometida con el bienestar de sus hijos. Estos progenitores, además, observando con temor la espiral que hace del mundo un entorno cada vez más hostil y competitivo, tratan de aconsejarles para que adquieran todas esas competencias que, previsiblemente, les harán más aptos, en el futuro, para cumplir esos famosos sueños que nos recuerdan por igual anuncios publicitarios, distribuidoras de cine de fácil digestión y los nuevos profetas del hedonismo. Sus tardes suelen incluir varias actividades, muchas de ellas tan estimulantes como estresantes. Y, claro, cuando llegan a baloncesto, lo que quieren, como es natural, es pasar un buen rato.

 

Es entonces cuando el niño que jugaba mientras ellos abandonaban el útero materno tiene que explicarles que esto es una cosa muy seria, con sus reglas y su disciplina. Lo hará dando por hecho que existe una motivación intrínseca hacia la competición (el honor está en juego, muchachos), un amor primigenio hacia el propio deporte (como te pasaba a ti, que después de jugarlo, subías corriendo a casa para verlo en la tele, cuando solo echaban un partido a la semana). Empleará, además, una jerga que a duras penas comprenderán sus jugadores, pues, por mucho que quiera actualizarse, debería seguir a tres o cuatro “youtubers” y ver dos o tres series de actualidad para poder comunicarse en su idioma. Y encima pretenderá que esté todo claro, que todo el mundo esté en la misma onda, que cuando se pierda el autobús no sea una fiesta, que en un tiempo muerto le miren a él, o a la pizarra, en vez de a las compañeras de instituto que se han dejado caer en la grada.

 

No es culpa del muchacho, por ser muchacho. Es cosa del niño, que quiso ser maestro y ahora debe adaptarse.