Lunes, 20 de agosto de 2018

Sentido común de altura ...

Jung, el discípulo de Freud, comparaba a la mente humana con un edificio de 20 pisos, en el cual la razón sólo ocupaba los dos últimos. Quizás sólo se refería a la mayoría, pues en muchos incluso esos pisos parecen vacíos, a juzgar por las soluciones que se nos presentan. Parece que llevar algo de sentido común a tanta altura siempre ha sido imposible para el género humano, con o sin la actual crisis.

Los excesos intervencionistas sólo se toleran si afectan a lo público o a lo social; pero menos si afectan a la vida privada de las personas o ciudadanos. En tiempos de la colonización americana, la Audiencia de Perú recibió una provisión de Felipe II que, de forma imperativa, ordenaba que en el término de treinta días todos los solteros en edad de tomar esposa abandonaran la vida célibe, bajo pérdida de hacienda, y disponía que la Audiencia escogiera entre las indias nobles del país, para que desapareciera todo olor de barragancia. La orden probablemente no sentó del todo bien a los que estaban acostumbrados a las regalías de la soltería.

La contabilidad de una empresa al igual que la del Estado o las CC AA son, en economía, el equivalente a los análisis clínicos en medicina, ambos ayudan a diagnosticar el estado de la salud. Por eso algunos empresarios o las administraciones recurren al maquillaje contable, lo vemos un día si y otro también, cuando se han de presentar las cuentas a los socios o a los ciudadanos, o se ha de pedir un crédito o financiación, etc. Es lo que mal llamamos contabilidad creativa, que tiene como fin posponer las dificultades a la espera de tiempos mejores que al final son peores. E incluso al revés se pueden presentar malos resultados cuando no los hay. Este invento está y ha estado presente en el mundo de las administraciones públicas de todos los países por uno u otro motivo, ejemplos pasados fueron el Tratado de Maastricht y los criterios de convergencia europea. Ahora está presente en el tema de las intervenciones bancarias y de los estados.

En España estamos preocupados, quizá más en alcanzar buenos balances o resultados que en nuestro propio futuro, o en que si países como Francia, Gran Bretaña – Brexit aparte – o Alemania, por citar algunos, están haciendo sus deberes o nos están utilizando para salvarse de la quema. Puede ocurrir que estén tan mal como nosotros y que Bruselas lo sepa y se acepte como mal menor o como una necesidad política o monetaria.

La práctica de este tipo de contabilidad engañosa no es nueva, sino tradicional por llamarla de alguna manera desde los tiempos de imperio romano… Y seguirá utilizándose en el futuro. Existen técnicas para maquillar formalmente los resultados: una es prever más ingresos de los esperados, basados en un crecimiento excepcional dadas las circunstancias económicas del momento, y prever unos gastos menores de los que se han de realizar; la segunda sería posponer los pagos al año siguiente, es decir, incrementar la deuda a corto plazo; la tercera es convertir la deuda a corto plazo en deuda a largo plazo, para que la paguen nuestros hijos o los que vengan detrás. Ejemplos de este tipo de contabilidad son sustituir las subvenciones de las empresas públicas deficitarias por créditos privados, ya que el dinero público incide en el déficit y nos acerca a los criterios para la intervención. Con el dinero privado se incrementa el endeudamiento de las empresas y, en el futuro ya se verá quien paga o quien se queda con la deuda. Otro ejemplo conocido es la promesa de financiar inversiones con ingresos inciertos provenientes de futuras privatizaciones, invento además de dudosa legalidad.

Hemos asistido a una discutida reforma laboral reclamada in secula seculorum por los responsables de la vida económica, que ha puesto en jaque a la sociedad. La operatividad legal parece que resulta siempre traumática para la clase empresarial que busca siempre su beneficio. Hoy, como ayer o mañana, asistiremos de nuevo a un diálogo de sordos, que no suscita entusiasmo ni a los que trabajan ni a los que están parados, pues tenemos la sensación de que la clase política y sindical han muerto y están totalmente desconectadas de la sociedad si no están prisioneras de imposiciones que vienen de fuera y también de dentro. Esperemos que se pongan en práctica contabilidades e intervenciones menos creativas y más controladas con los pies en el suelo, que ayuden a la economía en general, al día a día, y a la clase trabajadora sin perjuicio de la prosperidad del país, de las empresas y de los trabajadores que son el principal capital del Estado.