Martes, 16 de julio de 2019

Ojos para ver

Cuenta Carlos G. Vallés, que un día el maestro dio una orden extraña al discípulo. “Tráeme un gato negro con la cola blanca. Sólo entonces podrás seguir el curso como discípulo mío”. El discípulo se lanzó a la búsqueda.

   Lo que más le interesaba era continuar en la escuela del maestro cuya dirección aseguraba el progreso espiritual y la iluminación definitiva. Llevaba ya años en su servicio. ¿Cómo podía echar a perder todo eso? Había que encontrar a toda costa un gato negro con cola blanca. Y salió en su busca.

Vio muchos gatos. Pasaron los días. Pasaron mil gatos. Pero no pasó ante su mirada un solo gato negro con la cola blanca.

   Volvió a su maestro y confesó su fracaso. El maestro escuchó con paciencia. Mientras escuchaba, acariciaba al gato de la escuela que correteaba a placer por todos los rincones y se refugiaba a ratos en el regazo del maestro como un discípulo más. El maestro escuchó al discípulo y no dijo nada. Sólo siguió acariciando al gato. El discípulo acabó de hablar. Levantó la mirada para adivinar el rostro del maestro. Este siguió acariciando al gato. La mirada del discípulo bajó del rostro del maestro al cuerpo del gato, y luego del gato a su cola. Era un gato negro con la cola blanca. Era el gato de siempre, el del maestro, el de la escuela. Mil veces lo había visto, pero nunca lo había visto. Esa era la lección. Lo tenemos delante de los ojos y no lo vemos. Aprendamos a ver.

   El maestro le había pedido al discípulo buscar un gato negro con cola blanca. Qué fácil hubiera sido esa encomienda si en realidad el discípulo hubiera estado atento a las cosas que le rodeaban en su diario vivir. Lo tenía enfrente.

   Todos somos muy parecidos a ese discípulo, pues muy pocas veces nos fijamos en lo más cercano. Vivimos con nuestra familia, pero no nos tomamos el tiempo de fijarnos detenidamente en ella. No nos percatamos cuando el rostro de nuestra madre muestra arrugas nuevas, el cabello de nuestro padre se hace más escaso, los ojos de nuestro esposo ya no brillan como antes, la cara de nuestro hijo va adquiriendo rasgos de madurez.

   Tampoco advertimos el intenso azul del cielo en una mañana de verano, el aroma de la hierba recién cortada, el vuelo de las aves a nuestro alrededor o el cadencioso batir de las olas.

   Vivimos sin mirar mucho a nuestro alrededor. No podemos avanzar hacia la nueva etapa de nuestro aprendizaje hasta que no aprendamos a ver al Dios cercano, al Dios que habita en la naturaleza, al Dios que habita en nuestro prójimo, al Dios que habita en nosotros.