Miércoles, 16 de octubre de 2019

Un fuego invisible

A Manuel R. H.

Como te decía ayer ―me dirigía a Beatriz Julieta―, no tenía más tiempo para permanecer en aquella ciudad viviendo la misma vida. Esa etapa había pasado. En las fiestas, parecía que veía a mis sobrinos. Antes no importaba no hacer nada durante la tarde y dejar sencillamente pasar el día, porque uno no era consciente de que el mundo continuaba su camino y nos dejaba atrás, como dice una banda de rock británica.

No me di cuenta de cuándo fue, pero en un abrir y cerrar de ojos entré en otra fase de mi vida. Ahora debía leer la prensa para saber qué escribir sobre las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América en la próxima nota periodística. Debía modificar mi dieta. Debía encontrar el equilibrio entre mi vida dentro de la realidad virtual y mi vida aquí fuera, donde todo es más lento.

Eran otras circunstancias las que demandaban mi atención. Algunas aspiraciones me mantenían en pie y me movían a buscar algo. La materialidad del mundo me parecía no estar revestida de la consistencia que esperaría de ella. Algo le faltaba. No sé qué centro permanecía como vacío, a la manera de los carruajes cuyas ruedas en el centro no tienen nada, más que un círculo hueco. Ante tal vacío o inconsistencia de la realidad, daba brinquitos o echaba mano de instrumentos para resolver el problema.

Empezaba a entender aquello que me dijo un peregrino sobre la necesidad de dedicarse a lo que a uno le gusta, y no del todo a lo que a uno lo llevaran razones prácticas. El amor puede ser la única luz en la noche del caminante. Un amor, sin embargo, que hay que examinar con lupa, para no caer en las trampas de los dragones rojos tan pillos. Probablemente, la mejor hora a la que pueda ponderarse su valor y calidad sea al atardecer, cuando el peso del mundo aminora y nuevos sonidos saltan a los oídos y nuevas reflexiones se acercan a nuestras mentes. Esto es lo que me dijeron los nativos de un pueblo de Mesoamérica. Pasé una semana con ellos. Su dieta alimenticia era otra. La liturgia de su convivencia social era diferente. La oralidad constituía un elemento básico en su configuración. Los relatos articulaban su identidad. No necesariamente eran las personas mayores quienes dirigían la ruta de la nave narrativa, sino que en ese sitio del norte de Belice eran otras variables las que determinaban el orden de intervención de los encantadores de la palabra. Los niños también participaban. El personaje del último cuento que escuché a buen recaudo entre esa gente sencilla compartía rasgos decisivos con el Zenón de la escritora estadounidense M. Yourcenar.

El regreso a mi ciudad de origen no fue fácil. Tenía tareas rezagadas. Mi realidad y mis compromisos virtuales reclamaban a voz en grito mi presencia. No me terminaba de hacer a la edad que tenía. Pero estaba dispuesto a dejarme inflamar por el espíritu de las empresas más nobles.