Martes, 25 de febrero de 2020

Del Pacto de la Habana a las Bienaventuranzas (con ocasión de Colombia)

El pasado 24 de agosto, los representantes del Gobierno de Colombia y de las FARC, firmaron el Pacto de la Habana, que quiere poner fin a 52 años de guerra en Colombia. Como mediador aparecía el presidente del Gobierno de Cuba y como animador el mismo Papa Francisco.

Ese pacto no es un simple “cese de hostilidades”, sino que ofrece un proyecto de pacificación integral, que consta básicamente de seis puntos:

1: Reforma rural integral, para lograr la transformación estructural del campo, entendida como “la transformación de la realidad rural con equidad, igualdad y democracia”.

Punto 2: Participación política, que permita que los dirigentes de las FARC queden integrados dentro del Gobierno de la Nación.

Punto 3: Fin del conflicto. Las dos partes se comprometieron e iniciaron un real proceso de desescalamiento, con el definitivo y bilateral cese al fuego.

Punto 4: Solución al problema de drogas ilícitas, con el desarrollo de un proceso efectivo de sustitución de cultivos ilícitos que permita a los campesinos aprovechar las oportunidades que traerá consigo el Programa de Desarrollo Agrario Integral.

Punto 5: Víctimas y justicia. El acuerdo sobre las víctimas se expresa en un Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y no Repetición, cuyo núcleo es el compromiso con la satisfacción de los derechos de las víctimas.

Punto 6: Refrendación e implementación. La refrendación del Acuerdo Final de Paz se hará por medio del plebiscito por la paz, el cual, de acuerdo con la convocatoria hecha por el presidente Juan Manuel Santos, será votado este 2 de octubre.

Como se sabe, en pasado 2. 10.16, el conjunto de Colombia ha rechazado por una exigua mayoría esa propuesta de paz… por razones múltiples que quise evocar en la postal de hace dos días (deseo de triunfo impositivo de algunos, miedo de otros, desconfianza de ciertas autoridades militares e incluso civiles y eclesiásticas etc.).

A pesar de ello, pienso y deseo que ese pacto de la Habana siga adelante, con sus diversos elementos políticos y militares, económicos y sociales, jurídicos y religiosos. Ha llegado el momento de fundar una nueva Colombia sobre bases de reconocimiento de las culpas pasadas, diálogo dbierto, perdón y reparación de las víctimas, con gran generosidad de todos.

Es evidente que hay personas que no ha visto con agrado ese proceso de paz, porque han pensado que se trata de una solución impuesta, contra la justicia o contra la verdad etc. etc.

No tengo autoridad para ofrecer una propuesta en este campo, sólo el deseo de que el proceso siga, dirigido y realizado por los mismos colombianos, con el respeto y ayuda de todos los pueblos del entorno. Pero, en este contexto, dentro del largo proceso de búsqueda de la paz, quiero recordar y exponer de nuevo el texto base de la Videoconferencia sobre la Paz del Evangelio que ofrecí en la Universidad de San Buenaventura de Bogotá el 24 IX 11.

Propuse entonces, en aquella sede, un proyecto y camino de pacificación evangélica, fundado en las Bienaventuranzas del evangelio de Mateo (Mt 5, 2-11). Las bienaventuranzas no presentan un camino “excluyente”, no se oponen a otros programas de humanización pacificadora, sino que abren un ideal u camino de pacificación, desde los pobres.

Las bienaventuranzas no van en contra del Pacto de la Habana, sino todo lo contrario: Quieren fijar los principios en los que se pacto podría y debería fundamentarse, en un país como Colombia que es mayoritariamente cristiano (con gran implantación de la Iglesia Católica, pero también de otras iglesias y denominaciones cristianas que buscan también la paz de Jesús, que es la paz de y para todos, desde los más pobres).

BIENAVENTURANZAS, UNA PROPUESTA Y CAMINO DE PAZ

1. Bienaventurados los pobres de espíritu (Mt 5, 3).

Mateo ha puesto “pobres de espíritu” donde Lc 6, 20 decía simplemente “pobres”, no para negar el sentido “material” de la pobreza (cf. Mt 18, 1-14), sino para entenderla desde la visión total del evangelio, ampliando su sentido. El camino de la paz comienza con aquellos que son pobres por “necesidad” (si no se les ayuda y acoge no habrá nunca paz sobre la tierra: cf. Mt 25, 31-46). Pero en ese camino han de integrarse todos los hombres que quieren la paz, haciéndose “pobres de espíritu”.

Pobres de espíritu no son simplemente aquellos que siendo ricos son “sencillos” de corazón, pero se desentienden de los pobres reales de su entorno, sino aquellos que acogen (eligen) y viven la pobreza como medio de trasformación mesiánica. No son pobres por necesidad, sino por opción, poniéndose al servicio del Reino (es decir, de los más necesitados). Éstos son los que “se hacen” pobres porque quieren vivir según el evangelio, para trasformar de esa manera el mundo desde la pobreza. Para conseguir la paz hay que empezar por la pobreza.

2. Bienaventurados los que sufren (Mt 5,4).

El evangelio de Lucas ponía los que lloran (hoi klaiontes), destacando quizá el llanto en sí (sin más connotaciones), el puro sufrimiento. Mateo pone los que sufren (hoi penthountes), que puede referirse más bien a los que “saben” sufrir, es decir, a los que aceptan el dolor como forma de maduración y medio para entender y ayudar a otros. Sólo aquellos que son capaces de sufrir pueden servir a los sufren, renunciando a su propia satisfacción inmediata por razón del bien ajeno.

Una cultura como la nuestra que no quiere sufrir (que se empeña en gozar, aunque sea a expensas de los otros), una cultura que no sabe desprenderse, aceptando las limitaciones de la vida, por fidelidad a la Vida que es Dios y para ayudar a los demás, se destruye a sí misma y destruye a los otros. No pueden ser “pacificadores” los que no saben sufrir, los que quieren vencer, triunfar y gozar a costa de todo. Así lo evoca el canto de Francisco de Asís cuando dice ¡felices los que sufren en paz con el dolor, porque les llega el tiempo de la consolación! Nadie lo ha dicho mejor que yo sepa, nadie lo ha vivido como él. Sin capacidad de renuncia y sufrimiento (al servicio de la vida de todos) no podrá haber paz en la tierra.

3. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra (Mt 5, 5).

Mansos son los que actúan sin imponerse, porque no tienen medios de poder violento (armas, dinero) o porque renuncian a ellos, para así actuar como personas, a través de la palabra y del amor ofrecido, recibido y compartido. Sólo estos mansos pueden ayudar de verdad a los violentos y transformarles así, desde su pobreza (que es más rica que todas las riquezas de este mundo), no para dominar a los demás (¡quizá para bien, según la propaganda del sistema), sino para que todos puedan vivir en libertad.

La paz no se consigue con más dinero o más ejército, con la toma de poder y el triunfo de algunos sobre otros, sino allí donde los hombres renuncian a la estrategia de la violencia armada y de la imposición económica, para así ofrecer y compartir la vida en humanidad. Jesús ha sido manso de esa forma y así ha podido decir: «Acercaos a mí todos los que estáis rendidos y abrumados, que yo os daré respiro. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde…» (Mt 11, 28-29).

Este yugo de Jesús no es sólo de tipo espiritual, sino también económico y social: Es el yugo de los pobres que aceptan el Reino y son capaces de “curar” a los ricos que les acogen. Es el “yugo” que se convierte en vínculo de libertad y vida compartida, que es capaz de transformar la herencia de la tierra, que no será lugar de dominio para algunos, sino herencia de todos.

4. Bienaventurados los hambrientos y sedientos de justicia (Mt 5, 6).

Ciertamente, son bienaventurados los hambrientos sin más, como ponía el texto de Lc 6, 20-22. Pero Mateo sabe que hay "hambrientos" mesiánicos, hambrientos de otro tipo de pan, no sólo para ellos, sino para todos los hombres, de manera que entregan su vida por los otros, cambiando de tal forma el mundo que puedan comer los necesitados de la tierra (cf. Mt 25, 31-46).

En el principio del camino activo de la paz están éstos hambrientos creativos, aquellos que habiendo descubierto la presencia de Dios en los necesitados se empeñan en ponerse a su servicio, buscando así la “justicia de Dios”, que es la redención y salvación de todos, como sabe el Antiguo Testamento, y como ha dicho de un modo ejemplar San Pablo, cuando habla de la “justificación” de los pecadores. No sólo de pan vive el hombre (cf. Mt 4, 4), sino de la palabra de Dios y del despliegue de su justicia liberadora.

Éstos son los hambrientos de la paz, según el evangelio: Los buscan la justicia del amor, y no se cansan hasta que se instaure sobre el mundo. Éstos son lo que no descansan, hombres que tienen una “sed más grande”, que nada ni nadie puede saciar, sino el Dios de la paz, que se funda en la justicia, la paz en el mundo. Es evidente que entre ellos se sitúa Jesús, portador de la justicia del Reino sobre un mundo (cf. Mt 6, 33).

5. Bienaventurados los misericordiosos (Mt 5, 7).

El hambre y sed de justicia se expresa en forma de “misericordia”, de manera que los mismos hambrientos del Reino aparecen como misericordiosos, en la línea del Dios de Israel a quien la Escritura presenta como "clemente y misericordioso, lento a la ira..." (Ex 34, 6-7). En ese contexto, el camino de la paz se identifica con el despliegue de la misericordia, que va más allá de la violencia y la venganza, de la lucha, la opresión y la condena.

En esa línea, el evangelio Mateo ha definido a Jesús como el Mesías misericordioso, Hijo de David que tiene piedad de los perdidos sobre el mundo (cf. Mt 9, 27; 20, 30-31; 25, 22. 31-46). Misericordia quiero y no sacrificio, dice Jesús, en nombre de Dios, definiendo así el sentido de su camino mesiánico de pacificación (Mt 9, 13; 12, 7; cf. Os 6, 6). Hay un tipo de “sacrificio” que se impone desde arriba, en forma de justicia impositiva (e incluso de castigo). El Dios de Jesús no quiere sacrificio, sino misericordia, amor activo.

La misericordia convertida en principio de felicidad es el principio y motor da toda pacificación verdadera; ésta es la nota fundante del evangelio, el principio de todo amor cristiano, entendido de forma universal, como amor que se apiada, crea, ayuda, pacifica.

6. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8).

La limpieza constituye una experiencia esencial de un judaísmo centrado en la ley: es pureza de manos que se lavan de acuerdo con el rito, de observancias que se cumplen realizando lo mandado, en vestidos y comidas etc. Ésta es la pureza del cumplimiento de la ley, por encima de todo, caiga quien caiga, muera quien muera. Esa pureza, entendida sin amor ni limpieza de corazón, puede ponerse al servicio de las inquisiciones y de las purgas “políticas” (en la línea de los justos del “comité de salvación publica” de Robespierre en la Revolución Francesa: 1793).

Frente a la pureza de una Ley puesta al servicio de los fuertes y “justos” según el mundo (piadosos y cumplidores, pero sin corazón), que la utilizan para dominar a los demás, Jesús ha destacado la limpieza del corazón, abierta en forma solidaria a todos, especialmente a los expulsados del “buen orden social”. Así ha querido superar el orden de purezas judías, centradas en la exclusión de los leprosos o en la observancia del sábado (cf. Mc 1, 4-0-45; 2, 23-3, 6), en los tabúes de sangre y de sexo (cf. Mc 5) o las reglas de separación y comida (cf. Mc 7).

En contra de una pureza simplemente legal, el ha buscado la limpieza y transparencia mesiánica, hecha de cercanía de corazón y de apertura a los necesitados, desde los más pobres. Los limpios de corazón que “ven a Dios” son aquellos que saben “ver” el corazón de los demás, amándoles así como personas. En esa línea, Jesús ha buscado ante todo la limpieza del corazón, propia del amor, viniendo a presentarse como el limpio por excelencia, el hombre que sabe ver a los demás con los ojos del corazón, viendo así a Dios (porque ven limpiamente a los demás, en especial a los necesitados).

7 Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9).

Algunos grupos judíos podrían haber proclamado la bienaventuranza de los guerreros de Dios que conquistar el reino del mundo (celotas); Jesús, en cambio, eleva aquí la bienaventuranza de aquellos que acogen y despliegan el Reino a través de caminos de paz, pues el Dios creador sólo actúa a través de la paz. Otros podían proclamar la bienaventuranza de los buenos sacerdotes que cumplen el ritual de sacrificios, o de los cumplidores de la ley...

Pues bien, para Jesús, la bienaventuranza verdadera culmina allí donde los hombres, en la línea de todo lo anterior, son capaces de extender la paz del reino, regalando la vida por los otros en amor.

Ésta es la bienaventuranza séptima, que es en un sentido la definitiva, y desde aquí se deben retomar todas las anteriores, recibiendo su sentido. Casi todos los hombres desean llamarse “pacificadores”, pero desean serlo buscando más armas o dinero (como han puesto de relieve algunos Premios Nobel de la paz: Presidentes o ministros de asuntos exteriores de USA, políticos de Israel o Egipto…). Pues bien, según Jesús, la bienaventuranza de los pacificadores sólo puede proclamarse al final del camino anterior, que empieza por los pobres, los que lloran, los mandos, los hambrientos de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón…

Como sabe el Antiguo Testamento, muchos que dicen “paz, paz” están buscando en el fondo la guerra. No es posible hablar de paz sin asumir un camino de pobreza, y sin optar de un modo intenso por la justicia del Reino (cf. Is 32, 17).En esa línea se sitúa el camino de Cristo, como ha visto la tradición cristiana (él es nuestra paz: Ef 2, 14-15). Jesús es pacificador porque ama sin imponerse, desde los más pobres; es pacificador porque no responde a la violencia con violencia, porque es manso y limpio de corazón….

8. Bienaventurados los perseguidos por la justicia, bienaventurados seréis cuando os persigan, insulten y calumnien (Mt 5, 10,11).

Al final de este camino de paz (que ha culminado en la 7ª bienaventuranza) no se encuentra el triunfo en este mundo, una estatua en la plaza, un premio entre los premios controlados por los grandes de la tierra. Quien asume el camino de la paz ha de estar dispuesto que le persigan aquellos que quieren controlar el mundo con sus armas y dinero.

Ciertamente, Jesús ofrece bienaventuranza (paz interior) y Reino de Dios (culminación amorosa de la historia), pero no triunfo externo, sino incluso persecución, porque este mundo (el de tiempos de Jesús y el de la actualidad, año 2011), sino estando dominado por principios de violencia establecida. Los violentos luchan entre sí por el control de los bienes de la tierra y de las personas, pero se unen todos en contra de aquellos que asumen un camino de pacificación no violenta, en amor, desde los pobres, como ha hecho Jesús.

Por eso, los que asumen y quieren recorrer el camino de la paz han de estar dispuestos a sufrir. Sólo pueden ser pacificadores los que son capaces de aguantar, en paz con el dolor, sin rebelarse contra Dios, sin descargar la violencia contra otros. En esta bienaventuranza emerge un Jesús dichoso, que sabe dar su vida allí donde le matan, regalándose a sí mismo, sin victimismo (como indica el “signo” de la eucaristía). Ciertamente, él no busca el dolor por el dolor, no se goza en la desdicha, sino todo lo contrario. Pero de tal forma le llena el amor del reino que es capaz de sufrir gozosamente, para bien de los demás, dejándose matar antes que traicionar su camino de dicha y felicidad.

Estas bienaventuranzas sólo tienen sentido allí donde los hombres y mujeres están dispuestos a sufrir por el Reino, pero en gesto de amor, expresando así un principio de felicidad más honda. Parece claro que, en su redacción actual, los evangelios están pensando en Jesús, justo sufriente, que ha entregado su vida a favor de los más pobres, siendo perseguido (cf. Mc 8, 31– 9, 1 par). Pero con Jesús han de sufrir también los que le siguen, en gesto de comunicación creadora, no de masoquismo. Esta formulación nos presenta a un Jesús dichoso en medio de la persecución: un Jesús que sabe dar la vida sin victimismo; que no busca el dolor por el dolor, pero que está dispuesto a sufrir gozosamente, para bien de los demás, dejándose matar por ellos antes que traicionarles (que negarles el camino del Reino).

Entendidas así, las bienaventuranzas no son sentencia sobre aquello que se cumplirá al fin de los tiempos, sino anuncio de salvación presente. No piden un cambio del hombre, para llegar hasta Dios, sino que se apoyan en el don de Dios, para promover de esa manera el cambio de los hombres. Por eso, en su raíz se encuentra la certeza de que Dios está viniendo: «¡Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen! Porque os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron» (Mt 13, 16-17). Sólo porque llega Dios, como principio de Reino, y porque algunos (Jesús y los suyos) lo instauran puede decirse: ¡Dichosos, vosotros, los pobres…! .

En esta línea, el camino de amor de Jesús se vuelve itinerario de dicha. El evangelio no es guía de pecadores sin más, ni tampoco de perdedores, como podría suponerse desde Mc 8, 31; 9,31, 10, 32-34 par, sino un itinerario de gozadores y pacificadores, de personas que saben ser felices desde el más hondo manantial de su existencia. Se ha dicho a veces que la religión es “praeparatio mortis”, preparación o meditación sobre la muerte. Nietzsche ha condenado a Jesús porque, a su juicio, el evangelio contradice los más hondos deseos y poderes de la vida. Pues bien, en contra de eso, leído desde las bienaventuranzas, el evangelio es guía de felicidad en el amor.