Último acto: baja el telón

Se cumplió el pronóstico: Pedro Sánchez dimitió, no podía ser de otro modo. No le cabía otra salida, aunque lejos estaba de pensar que fuese en los términos que vivimos el pasado fin de semana, más cercanos al esperpento y la tragicomedia que a los modos dignos que en otros lares, por ejemplo Inglaterra, se estilan. ¿Recuerdan cómo se fue Margaret Thatcher? Por si acaso, rememoro. Thatcher había entrado en crisis, su momento había pasado, pero no se iba. ¿Qué sucedió? El portavoz parlamentario la visitó y le advirtió que los diputados conservadores iban a  retirarle su apoyo si no lo dejaba. La primera ministra no lo dudó un instante: presentó su dimisión y la sustituyó John Major, sin mayores problemas. Esas son formas y no el espectáculo que hemos contemplado en el PSOE. Menos mal que al final las cosas no acabaron peor todavía, que hubo momentos en que parecía iba a ocurrir.

¿Qué estuvo en juego? Sánchez y los suyos se amarraron a una visión juridicista y literal, poco inteligente, de los estatutos socialistas, negándose a aceptar lo razonable en estos casos, que es aplicar la visión política. ¿Y cuál es esta visión? Que cuando se pierden cuatro elecciones sucesivas un líder político se va, dimite, deja su puesto a otro, porque nadie es insustituible. El último caso en el mundo socialista, ejemplar: en el Reino Unido, el candidato laborista Ed Miliband perdió su primera elección ante el conservador Cameron. ¿Y qué hizo, pedir confianza a los suyos para seguir cuatro años más y volver a presentarse de nuevo? Para nada, aplicando la ley no escrita de la democracia en Inglaterra, dimitió y le sustituyó  Corbyn.

Y ahora qué. No olvidemos el mantra de Sánchez: o el no a Rajoy o la abstención. El dilema no existe, ya no existe: solo cabe la abstención. ¿Y por qué? Pues es evidente, porque de no hacerlo, tendríamos las terceras elecciones el 18 de diciembre, el PP crecería, Podemos crecería y el PSOE se hundiría. Así que el dilema ha cambiado: o abstención o suicidio del PSOE. ¿Se puede suicidar un partido político? Hay precedentes en España, ya lo hizo en 1981 UCD, partido en el Gobierno, y UCD desapareció. ¿Quién podía pronosticarlo entonces? Nadie, y pudo evitarse si UCD hubiese tenido un sentido más pragmático de la política y no hubiera caído en el cainismo.

La política es un arte práctico, requiere realismo, prudencia y olfato. Al PSOE históricamente no le han faltado y cabe esperar que vuelva a poner los pies en el suelo. No sería bueno para España que su partido socialdemócrata desapareciera, cosa que le alegraría sobremanera a Podemos. Un razonable partido conservador y otro socialdemócrata son necesarios para el buen funcionamiento del sistema, con otro en el centro y uno más a la izquierda socialista, de ahí que nadie con sentido común brindaría alborozadamente si el PSOE pasara a la marginación.

Pero si el PP piensa que la abstención del PSOE puede conllevar que este le firme un cheque en blanco permitiéndole gobernar como cuando, desgraciadamente, tuvo mayoría absoluta, cometerá un error letal. El PP tendrá que ceder, que hacer concesiones significativas en materia social y para acabar con la corrupción, gobernar de otro modo, y si cree que ir a terceras elecciones en este momento le beneficia y por lo tanto impulsa una política de tierra quemada, lo pagará, y los electores se lo demandarán.

Ha llegado el momento de la concertación, del pacto, del consenso, en bien de los intereses superiores de España. Cuando puede estar en peligro la unidad del Estado, cómo podemos seguir haciendo juegos malabares. A eso se le ha llamado siempre politiquería. La política es otra cosa, requiere grandeza de miras. El regate en corto no vale para ahora mismo.

Marta FERREIRA