Martes, 25 de junio de 2019

Las residencias

La otra noche volví a ver la película de Manolo Summers (fue en la 2), Del rosa al amarillo.  Toda la segunda parte del film (el amarillo) tiene lugar en un asilo-residencia de ancianos de principios de los sesenta. Me sirvió para recordar y comparar algunas cosas de antes y ahora.

        He visitado recientemente varias residencias de ancianos por diferentes motivos y no puedo por menos que comparar. Desde una urbana muy cara y lujosa, otra de medio pelo en el ámbito rural y otra con ese carácter de asilo-beneficencia que la coloca en el lugar más bajo del ranking.

        La vida no cambia tanto en el interior de unas y otras. Desde la sala corrida donde se apilaban camas, una detrás de otras, para las mujeres y otra para hombres (la misma de la película de Summers), a las de apariencia de hotel de tres estrellas, con habitaciones individuales categorizadas, pasando por las sobrias y limpias (y más familiares) de la residencia de pueblo. Medio diferentes todas para acabar siendo lo mismo.

       Un lugar para aparcar y esconder ancianos y limpiar conciencias. Así es nuestra sociedad. Los devolvemos al “colegio” como cuando eran unos niños. Y es verdad que los ancianos están limpios, comen, duermen, toman su medicación y algunos son visitados de vez en cuando. Pero el que sale de allí de visita, sale siempre triste. Pueden rezar, cantar, bailar de vez en cuando, ver la tele, pero es conformándose. Sin demasiado entusiasmo. Aunque se les hagan fotos y los organizadores piensen que la actividad fue todo un éxito (y a lo mejor hasta es verdad). Pero los viejitos hablan de tristeza y añoranza. Y puede que todas las vejeces tengan ese mismo sentimiento, pero se nota que aceptan esa situación sin demasiado entusiasmo. Con infinita resignación. Allí, ver como se muere un compañero es lo más habitual. Y eso que nuestra sociedad muelle casi aparta de lo cotidiano y visible, por demasiado incómodo, eso del deterioro por vejez y la muerte misma, allí son las dos caras bien evidentes de la única moneda que circula.