Domingo, 25 de agosto de 2019

Dios es negra

 “Todo se puede sofocar en el hombre, salvo la necesidad del Absoluto, que sobrevivirá a la destrucción de los templos y a la desaparición de la religión en la tierra”.

(E.M. Cioran)

A Dios nadie lo posee, debemos acercarnos a tientas, con aproximaciones siempre limitadas e inadecuadas. Es una realidad que supera al hombre, una realidad misteriosa, inefable e indefinible. Una realidad numinosa a la que el hombre puede acercarse con temor y temblor La verdad de Dios, incluso en Jesús, se nos comunica de forma limitada y finita. Debemos trascender las máscaras interesadas que nos hacemos de Dios y como eternos buscadores de la verdad seguir buscando el Absoluto en medio de la propia vida. Siempre tendemos a desvelar su rostro en lo grandioso y espectacular, queremos hacer siempre de su misterio un icono de grandeza y omnipotencia y se nos olvida buscar en lo pequeño e insignificante. El Dios que nos presenta Jesús es Abba, cercano y familiar, amor sin fronteras y misericordia incondicional

Somos conscientes que para parte de las personas de nuestra cultura, Dios es poco más que una proyección de lo que no somos y queremos ser (Feuerbach), alguien que nos quita la alegría de vivir (Nietzsche), o esa idea que nos mantiene en un infantilismo irreal (Freud). También para muchos cristianos se ha convertido en una carga que encoge la existencia, un Señor que premia y castiga, una máscara de un dios del miedo. Vivimos en una cultura donde ha crecido la increencia y la indiferencia religiosa, son muchos los que profesan silenciosamente contra Dios, desean que no exista. Si somos conscientes, la represión de lo religioso no es una buena salida, sabemos que el camino está en la búsqueda sincera, enfrentando la pregunta de Dios con la cabeza y con el corazón.

Es cierto, una indiferencia tranquila se ha extendido por todos los rincones de nuestras sociedades opulentas, ajena a todo planteamiento sobre Dios. Sin embargo, hay personas que siente la necesidad de buscar algo diferente, que no se desvanezca en el líquido intranscendente de la existencia, incluso sienten cierta nostalgia de Dios. Por otro lado, los que tienen a Dios en su horizonte, parecen que están viviendo y buscando de manera distraída sin captar nada especial de su realidad encarnada, sobre todo en los más pobres y necesitados. Jesús con sus parábolas nos ponía en valor que algo misterioso está sucediendo en el interior de la vida. La vida es más de lo que se ve, a veces es tan pequeño como un grano de mostaza. Tan pobre como una mujer que sufre y tiene que sacar a su familia de la oscuridad del hambre.

De Dios podemos decir muchas cosas, pero nuestro decir será siempre desde palabras humanas, frágiles y escasas ante el misterio que desborda y transciende. Podemos abrir el camino del silencio, de la meditación, ahí donde sólo se escuchan las preguntas esenciales, en el desierto de la mística donde sólo se sobrevive desde el logos de amor interior. No es fácil transitar en ese desierto interior acosados por palabras y las cosas, por los anuncios, la publicidad, las noticias, los discursos, hay tal inflación de palabra que ahoga cualquier silencio. Ante tanta impotencia de silenciar el logos, acudimos al recurso de la metáfora, que insinúa más que dice, que dice justo lo que no dice, que no afirma ni niega, que hace señas, que nos obliga a ir tientas, como ciegos a las preguntas esenciales. Siempre siendo conscientes de nuestras limitaciones y fragilidades, pero confiando que esa realidad misteriosa que llamamos el Dios de Jesús reposa en el amor y la misericordia.  Venga lo que venga de Dios nacerá siempre del amor y será para nuestra gracia y salvación.

Una metáfora provocativa y que ha dado que pensar, la presentó hace unos años la teología feminista Norteamericana y Africana, como un gran eslogan decía: “DIOS ES NEGRA”. Con un gran atrevimiento y para disgusto de muchos, se presentaba a Dios como mujer y negra, para poner de relieve que Dios se identifica con lo más pequeño, con lo más necesitado, con lo más pobre, con lo que se nos oculta en nuestras sociedades, con los que a veces son menos que nadie, las mujeres africanas y negras. Esa metáfora que proclama que Dios es negra, aparece como símbolo de todas las opresiones de la humanidad, del sufrimiento de tantas mujeres y hombres por su color y su pobreza.

Las mujeres africanas juegan un papel crucial sus sociedades necesitadas, un papel productivo, reproductivo y de administración de la familia. Mujeres que trabajan todo el día, que viven en la economía sumergida, con una gran resilencia ante la pobreza y el sufrimiento. Su lucha por la supervivencia está siendo uno de los motores de África. Pero todavía se desvelan y sufren muchas las desigualdades e injusticias que en todos los ámbitos de la vida. Comentaba Elisa Kindané, que mujer africana ostenta un triste record mundial: son líderes en estadísticas negativas. Las primeras en el campo del analfabetismo, las primeras en la falta de atención sanitaria, las primeras en la ausencia de derechos de todo tipo, las primeras en desnutrición, las primeras en pobreza, las primeras en el sufrimiento.

Debemos poner en valor esa realidad que no desveló el profeta de Nazaret, Dios está siempre con los que sufren, con las injusticias, con los masacrados. Jesús, recorría las sinagogas no sólo proclamando el evangelio del reino, también curando enfermedades y las dolencias del pueblo (Mt. 4, 23). Para él lo primero fue una mirada de misericordia, con ella quiere pone a los últimos los primeros, imprimir una dirección nueva a la historia. Hoy diríamos que es prioritario poner la cultura, la economía, las democracias y las Iglesias mirando hacia los que no pueden vivir de manera digna. Dios no es alguien estático fuera de la realidad, está comprometido hasta la muerte dentro de ella. Lo decisivo es curar, aliviar el sufrimiento, construir una convivencia hacia una vida digna y dichosa para todos. Nunca podremos bendecir una religión que no sea liberadora de los últimos y que no busque justicia para ellos.

Hoy Dios sigue siendo Negra, sigue siendo esa realidad en el misterio que va más allá de las palabras, de los silencios, de las metáforas. Sigue siendo inmigrante y refugiado, amor y misericordia, vida y sentido.