Jueves, 12 de diciembre de 2019

De nuevo, la amistad

Un par de días después de recibir unos correos electrónicos de un grupo de personas señaladas, no pude hacer otra cosa que sentarme en el sofá del salón y meditar largamente en torno a la amistad, escuchando el sonido de la lluvia y mirando las gotas mojar el cristal de la ventana. En el pasado, ya había hecho objeto de mis consideraciones este elemento de indiscutible importancia en la vida del hombre, pero una vez más se ponía de relieve la imperiosa necesidad de dedicarle mi débil atención.

   Uno de los momentos distinguidos cuando se pone de realce es el de las recepciones. La dieta de nutrición corporal más la de relaciones sociales le devuelven el alma a nuestro saquito con huesos y tendones. Si bien, más o menos nos conocemos unos a otros y en menor o mayor medida podemos prever el curso de las pláticas y de las bromas, un nuevo ciclo se abre con cada reunión y cada encuentro se reviste de frescura y novedad. Surgen los nombres de las personas de siempre, pero se rellenan lagunas de información, huecos vacíos del pasado histórico reciben en su hondura la cal y la arena de las conversaciones y los amigos se ponen al tanto de lo ocurrido aquel octubre de 1954 con Fulanito de Tal, o aquel septiembre de la década de 1975, cuando Perenganito se casó con Perenganita. Sí, se casaron por la Iglesia, pero no en el Puerto, sino en Coatepec, porque él tenía familia con tierras y resultaba más práctico celebrar las bodas ahí.

   Sin amigos, difícilmente puede uno ir a ningún sitio. Probablemente, nuestra ingeniería humana no consista en un sistema autosuficiente. Por puro principio de la naturaleza, somos seres sexuados, cuyo quid reproductor descansa en la unión de dos personas de género distinto. Tal panorama puede servir de punta de ovillo para aludir a la necesaria relación interpersonal no solo para la procreación, sino también para la generación de nuevas ideas y proyectos encaminados a la construcción del ser y el mundo. Mis amigos a mí me han dado una sorpresa en estos últimos días, por una recepción con abundante generosidad de comida y de regalos fraternos y por una invaluable ayuda en la gestión de una pequeña mudanza. Yo, que nunca he hecho favores, o que siempre que los he hecho ha sido a regañadientes, y que me he encargado de lucrar donde quiera que se pueda (quienes me conocen saben que esto es mentira, y quienes no me conocen no deben preocuparse, porque esto es mentira, bendito sea Dios), bien, pues yo que apenas he movido un dedo en toda mi vida por una causa buena, ahora me he encontrado grandemente acogido de manera inconmensurable.

   No hay nada como un fuerte abrazo directito desde las entrañas y el corazón. Nada como un brindis y otro y un tercero más sin que le permitan a uno poner nada para el bote. Nada como que José de Jesús le dé la bienvenida a uno en su ciudad de origen, después de que el oleaje de la travesía lo haya devuelto a tierra firme tras algunos naufragios y heridas que dolieron. Esta columna medio torcida, por lo tanto, como otra del pasado, evidentemente la dedico a mis amigos, en especial a quienes no necesito nombrar porque ya saben que comimos juntos hace dos días en un lugar exótico. Sin ellos, ni yo estaría aquí, ni ustedes, lectores, estarían mal invirtiendo su tiempo en este texto cuyo único mérito, en caso de tenerlo, radicaría en hacer constar la calidad humana de un grupo de personas de brazos poderosos y corazones grandotes.