Miércoles, 11 de diciembre de 2019

Suerte Colombia

Colombia nunca mereció tanto sufrimiento, ningún pais lo merece

“Puesto que la razón condena la guerra y hace de la paz un deber absoluto, y puesto que la paz no puede ser lograda ni garantizada sin una unión compacta de naciones, estas deben formar una alianza de índole peculiar, que podría llamarse una alianza pacifica, diferente de un tratado de paz, puesto que pondría fin para siempre a todas las guerras, en tanto que el tratado de paz sólo pone fin a una” Palabras del gran filósofo prusiano Inmanuel Kant en su ensayo Sobre la Paz Perpetua, y añade la paz entre hombres que viven juntos no es un estado natural […] Por tanto, la paz es algo que debe ser instaurado.

Después de 52 años de conflicto armado, un eufemismo[1] para referirse a una guerra que causo más de 200.000 muertos de los que casi 180.000 fueron civiles, que provocó 45.000 desaparecidos y 7 millones de desplazados. Después de una guerra que, de una u otra forma, ha afectado a todos los habitantes del país y después de fracasados intentos anteriores, parece que en Colombia se podrá instaurar la paz. Eso sí, una paz sin vencedores, una paz sólo de vencidos. Y la pregunta, como en cualquier guerra, es ¿para qué tanto sufrimiento?

En el año 2004 después de mi segunda visita a Colombia, esta vez como Coordinador del Área de Proyectos de la ONGD Manos Unidas, publique un artículo con este mismo título. Por aquel entonces el Doctor Álvaro Uribe había ganados las elecciones y era el nuevo presidente del país, su mensaje campaña fue “Mano dura y Corazón grande”. Como ya escribí entonces si los términos de su lema electoral hubieran estado formulado a la inversa y con más suavidad – Corazón generoso y mano firme, por ejemplo – las expectativas no hubieran sido tan sombrías, el tiempo lo denostó. Es lo que suele suceder cuando la fuerza bruta se antepone a la razón y al corazón.

En aquella visita, junto al Servicio Jesuita a Refugiados (SJR), tuve la oportunidad de conocer algunos de los campamentos de desplazados dispersos por los departamentos del país. Edificios antiguos en desuso, sin mínimas infraestructuras sanitarias y habitacionales, donde una vez a la semana les hacía llegar la comida y de los que apenas podían salir sus ocupantes. Ocupantes en su mayoría campesinos humildes obligados a abandonar sus hogares y sus tierras por Paramilitares, por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) o el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Recluidos en su propio país, condenados a malvivir sobre el estéril asfalto: Allá en nuestra tierra al menos podíamos cultivas algo, nos decían. Recuerdo que me pidieron que documentara aquella situación pero no pude, me dio vergüenza sacar una cámara fotográfica para reflejar aquella miseria, una miseria impuesta cuyo recuerdo aún me acompaña.

Ahora serán muchos los que quieran sacar beneficio de esta situación, los que se intercambiarán felicitaciones, los que se apuntarán tantos que nunca ganaron, los que pontificarán en los medios sobre las bondades del proceso pero, como siempre, los únicos que merecerían todo eso están muertos porque se trata, de nuevo, de paz instaurada sobre millones de víctimas inocentes cuyo único delito fue ser pobres.

Colombia añora y ansía la paz, pero debe ser consciente de que aún queda mucho por hacer ya que instaurarla es tarea de todos y los ciudadanos tendrán la última palabra. Cómo genialmente cantaba Mercedes Sosa: Sólo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente, que la reseca muerte no me encuentre vacío y solo sin haber hecho lo suficiente. Colombia nunca mereció tanto sufrimiento, ningún país lo merece, por eso hoy terminaré de la misma forma que concluí mi artículo hace ya 12 años: ¡Suerte, mi querida Colombia!

 

[1] Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante. RAE