Lunes, 3 de agosto de 2020

San Miguel Arcangel, guerrero de Dios. La Tercera Cruzada

Se celebra este día la fiesta de Miguel, arcángel de la guerra y del juicio de Dios, a quien veneran de formas distintas y complementarias judíos, cristianos y musulmanes.


El Corán le cita en Sura 2,98 y 11,72, y la tradición musulmana le presenta, tras Gabriel, como el ángel de las grandes bendiciones.
La tradición judía le recuerda y venera como el ángel de la guerra y del juicio de Dios (como desarrollaré con cierta extensión en lo que sigue, partiendo de la Biblia).

Las Iglesias cristianas le han invocado (y le sigue invocando) para defenderse de sus enemigos interiores y exteriores, como ha venido haciendo desde siempre la Iglesia ortodoxa de Oriente, que le han venerado como médico celeste y defensor de los cristianos, uno de los signos privilegiados de Dios. Sus basílicas y catedrales se extienden a lo ancho del mundo ortodoxo, desde Moscú (Kremlin) y Kiev (la catedral de las cúpulas doradas…). Sus iconos siguen siendo preferidos entre los fieles de Oriente.

San Miguel ha tenido también gran influjo en la Iglesia de Occidente, y en ella quiero recordar “dos guerras” o batallas, para insinuar aquello que puede ser en este tiempo la tercera cruzada de San Miguel:

a. Primera cruzada, de tipo social. El culto a San Miguel adquirió gran importancia en las iglesias occidente a partir del siglo XII-XII, cuando aparece como defensor de los cristianos frente al riesgo de paganismo y de los enemigos de la iglesia de manera, que, bajo su protección se edificaron algunos de los santuarios más famosos de la cristiandad, como San Miguel de Aralar (Navarra), Mont Saint Michel (Normandia) o San Michele sul Gargano (Apulia).

Ese Ángel Miguel ha seguido siendo un principio de inspiración cristiana en los siglos siguientes, especialmente en América, donde se han pintado los más bellos cuadros dedicados a su culto.

b. Segunda cruzada, de tipo antisatánico. A finales del siglo XIX (1884), ante el riesgo de las nuevas herejías racionalistas y de las grandes crisis de la iglesia, el Papa León XIII mandó que los presbíteros rezaran al final de la misa, una oración a San Miguel en la que decía:

«San Miguel arcángel, defiéndenos en la lucha, sé nuestro amparo contra las acechanzas del demonio…; y tú Príncipe de la milicia celestial, con la fuerza que Dios te ha conferido, arroja al Infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos, que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén»

Yo recuerdo bien todavía, antes de la Reforma Litúrgica del Vaticano II, aquella oración que se decia de rodillas (tras la bendición, despedidos los fieles), en latín, pidiendo la ayuda de Miguel. Sus palabras finales resuenan todavía en mis oídos: "in infernum detrude: “Que San Miguel destruya y arrojo al infierno a todos los demonios…”

c. Año 2016. Tercera cruzada, los nuevos “miguelianos”. Han cambiado los tiempos, pero son bastantes los que de algún modo quisieran volver a la visión combativa del antiguo San Miguel, para hacer que la iglesia romana vuelva a sus orígenes medievales, a las devociones de finales del siglo XIX.

He encontrado por el ancho mundo muchos que quisieran recuperar el espíritu combativo de San Miguel, tanto en un plano social (pregonando una especie de nueva cruzada contra los enemigos de la fe) como en un plano devocional, en la línea del Papa León XIII, imponiendo incluso en las misas la última oración a San Miguel como gran talismán contra los demonios.

No puedo ofrecer aquí mi visión del tema, ni la conveniencia de recuperar en nuestro tiempo una figura angélica como la de Miguel, aunque quiero de debo recordar que su figura poderosa ha sido por siglos, con la de Cristo y la Virgen (y quizá con Juan Bautista), la enseña más importante de la cristiandad, y así aparece venciendo al Dragón o llevando la balanza del juicio de Dios en las imágenes de casi todas las iglesias medievales y barrocas.

Nuestra "victoria" contra Satanás (Deo/Michael adiuvante) ha de ir en la línea de la vida y pascua de Jesús, en quien queda recreada la figura y signo de Miguel. Pero quizá pudiéramos y debiéramos recuperar también la figura/signo de San Miguel, tal como la presenta la Biblia.

Éste es un tema del que he tratado con cierta extensión en algunos libros y especialmente en mi Diccionario de la Biblia (Estella 2015) del que tomo las notas que siguen. Éste es un tema apasionante que aparece en la literatura apócrifa de Henoc, en el Antiguo Testamento (libro de Daniel) y en el Nuevo Testamento (sobre todo en el Apocalipsis).

Siga quien quiera conocer la historia apasionante de Miguel, el más importante de los ángeles de Dios, conforme a la visión de judíos, cristianos y musulmanes (que a veces ponen antes a Gabriel).
Las imágenes son diversas figuras-iconos de San Miguel, que el lector interesado podrá completar acudiendo a un buscador de Internet

Imagen 1. San Miguel ruso (Icono de A. Rublev; la expresión más alta de la iconografía oriental, con un Miguel que es rostro de Dios)

Imagen 2: Devoción popular a San Miguel, derrotando al Diablo (Argentina, Museo del Bicentenario. Miguel guerrero, Iglesia occidental, barroco)

Imagen 2: San Miguel, portador de la Cruz, devoción medievadl (Aralar, Nararra). Miguel como evangelizador.

La historia de San Miguel Arcángel

Miguel es, con Gabriel y Rafael, uno de los tres arcángeles cuyo nombre recoge la tradición bíblica judía y cristiana.

Su nombre tiene en hebreo un sentido “teóforo” y suele entenderse en forma interrogativa, Mi-ka-El (¿Quién-como-El, es decir, Quien como Dios?). Hay nombres semejantes en otras culturas y religiones del entorno:
‒ Man-ka-Shi (Quién-como-Shi, en arameo)
‒ Mannu-kī-Aššur (Quien-como-Assur, en acadio).

Como figura angélica, Miguel ha tenido un papel muy importante en la tradición apocalíptica, en el judaísmo místico y en el cristianismo. Presentaré su el sentido que ha tenido en la Biblia, y lo haré con cierta extensión, por la importancia que ha tenido en la tradición cristiana. Para situar mejor su función, como defensor del pueblo de Dios (del judaísmo o de la Iglesia) empezaré exponiendo el tema de los ángeles de las naciones.

(1) Hijos de Dios, ángeles de las naciones.

Conforme a una idea antigua, cada pueblo tenía su divinidad protectora, su Dios nacional. Desde su perspectiva monoteísta, los judíos debieron matizar esa visión y así hablaron de un Dios supremo (propio de Israel) y de dioses inferiores (de otros pueblos).

«Cuando el Altísimo repartió heredades a las naciones, cuando separó a los hijos del hombre, estableció las fronteras de los pueblos según el número de los hijos de Israel. Porque la porción de Yahvé es su pueblo; Jacob es la parcela de su heredad» (Dt 32, 8).

Éste es un texto evidentemente “corregido”, de manera que donde ahora pone “hijos de Israel” ponía en el principio “hijos de Él”. Dios en sí, identificado en otro plano con Yahvé, sería el protector de Israel; los “hijos de Él”, a quienes la tradición proto-israelita tomaba como dioses inferiores o ángeles serían los protectores de las naciones.

En ese contexto, que subyace en varios lugares del AT (cf. Sal 29), se añade que el Dios Supremo se habría reservado la protección de Israel, dejando a otros dioses inferiores (sus ángeles, sus hijos) la tarea de proteger a los restantes pueblos.

Dios mismo protegería a los israelitas...
Los ángeles de Dios estarían encargados de proteger a los otros pueblos.

Hay una humanidad central formada por Israel/Jacob, que pertenece directamente a Dios, mientras que los restantes pueblos quedan bajo la protección de los ángeles de Dios. Israel no necesita ángel guardián, porque Dios mismo le cuida. Todos los restantes pueblos, concebidos de un modo unitario y sagrado, permanecen bajo la protección de sus respectivos espíritus angélicos.

Pero esta visión no se ha extendido de forma universal, pues hay textos judíos donde se afirma que Israel tiene también su ángel, como los restantes pueblo, aunque un ángel más alto, llamado Miguel, que tiende a identificarse con el mismo Dios.

Ese Miguel, es “virrey” de Dios, protector del judaísmo, vinculado a veces con Gabriel, que también realiza una función de guía de la historia humana. A su lado pueden situarse igualmente otros poderes angélicos (Rafael* y Uriel), pero con una función más reducida.


(2) Luchador de Dios (1 Henoc).

La figura de Miguel se eleva en el contexto poderoso de la caída de los “hijos de Dios”, es decir, de los ángeles más altos, que aparecen veladamente en Gen 6, 1-8 (al hablar de las razones del diluvio) y de un modo más elaborado en el Libro de los Vigilantes caídos (cf. 1 Henoc 6-36), donde se habla allí de unos guerreros de Dios (vigilantes cósmicos) que lo tenían todo, pero quisieron apoderarse de algo propio de los hombres, y así descendieron del cielo, violaron a las “hijas de los hombres” y sembraron en la tierra una lucha sin fin, en la que seguimos inmersos todavía. Ellos y sus hijos, los gigantes/titanes antiguos, enseñaron a los hombres las falsas religiones, la magia, la guerra y el engaño mutuo.

La tierra quedó pervertida, pero no del todo, pues los hombres oprimidos pudieron clamar a Dios y Dios les escuchó y les ayudó a través de sus ángeles buenos (Uriel, Rafael y Gabriel…), pero sobre todo a través de Miguel (l Hen 9, 4-9).

Uriel instruye a Noé, para que la humanidad pueda salvarse del diluvio (cf. Gen 6-9; 1 Hen 10,2-3),

Gabriel instiga a los gigantes (híbridos diabólico-humanos), para que se enfrenten y se destruyan entre sí (1 Hen 10, 9-10)

Rafael está encargado de prender, enterrar y juzgar a Azazel/Satán (1 Hen 10, 4-8)...

pero el verdadero “salvador” es Miguel, pues él debe anunciar y realizar el juicio contra Semyaza (otro nombre de Satán) y contra sus seguidores hasta aniquilarlos, de manera que pueda brotar la paz y bendición sobre la tierra (1 Hen 10, 11-22).

Miguel es quien gana la batalla contra Satanás, una guerra entre poderes superiores, no entre hombres, que son inferiores, están sometidos y no pueden enfrentarse a los ángeles perversos y vencerles. Sólo podrán vencer esta guerra “celeste” los arcángeles más fuertes, y entre ellos de un modo especial Miguel, que aparece de algún modo como un “ángel mesías”, que lucha y triunfa a favor (y en vez) de los hombres, que son víctimas de un pecado más alto (de los vigilantes) y espectadores de una victoria superior, conseguida por Miguel, a quien el mismo Dios ha confiado el poder de luchar y triunfar, diciéndole:

«Elimina a todas las almas lascivas y a todos los hijos de los Vigilantes que han oprimido a los hombres. Elimina toda opresión de la faz de la tierra, desaparezca todo acto de maldad. Surja el vástago de justicia y verdad, transfórmense sus obras en bendición y planten con júbilo obras de justicia y verdad eternamente... Entonces serán humildes todos los justos, vivirán hasta engendrar mil hijos y cumplirán en paz todos los días de su mocedad y su vejez. En esos días toda la tierra será labrada con justicia, toda ella estará cuajada de árboles y será llena de bendición... Que sean todos los hijos de los hombres justos, y que todos los pueblos me adoren y bendigan, prosternándose ante mí. Sea pura la tierra de toda corrupción y pecado, de toda plaga y dolor... En esos días abriré los tesoros de mis bendiciones que hay en el cielo para hacerlos descender a la tierra, sobre las obras y el esfuerzo de los hijos de los hombres. La paz y la verdad serán compañeros para siempre, en todas las generaciones» (1 Hen 10, 15-11, 2).

(3) Luchador y juez (Libro de Daniel).

A diferencia de 1 Henoc, el libro de Daniel ha sido recibido en la Biblia judía y cristiana y contiene también una versión de la guerra final, dirigida por Miguel, para vencer a los poderes de perversión, las grandes “bestias” de la historia, que van dominando de modo satánico sobre el conjunto de la humanidad.

En este libro no aparecen cuatro arcángeles, sino sólo dos: Gabriel*, el ángel de la revelación, que va guiando la historia de los hombres (como en Lc 1, 26-38), y Miguel, el ángel guerrero de la victoria final.

Durante un tiempo, Dios ha permitido que dominen los ángeles de los pueblos, aunque es él quien dirige por medio de Gabriel la marcha de la historia. Pero está llegando el momento de su manifestación final, por medio de Miguel, su virrey, protector supremo de los israelitas. El lector de Daniel sabe que Dios ha de intervenir muy pronto, a través del Hijo del Hombre. «A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás» (Dan 7, 14).

Esa profecía alimenta la esperanza histórica de los judíos pobres y perseguidos. Pues bien, ella está vinculada con Miguel, pues al final del triunfo “histórico” de Israel, representado por el Hijo del Hombre, aparece el juicio definitivo, la liberación apocalíptica, que se expresa en el triunfo de Miguel sobre los ángeles perversos de la muerte:

«En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe que está para servir a los hijos de tu pueblo. Será tiempo de angustia, cual nunca fue desde que hubo gente hasta entonces; pero en aquel tiempo será libertado tu pueblo, todos los que se hallen inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados: unos para vida eterna, otros para vergüenza y confusión perpetua. Los sabios brillarán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas, para siempre» (Dan 12, 1-2).

Este pasaje no nos sitúa ya ante la purificación histórica del templo de Jerusalén (que se realizó de hecho el año 164 a. C., tras las victorias de Judas Macabeo y la muerte de Antíoco), ni ante la llegada histórica del Hijo del hombre (con un Reino que domina sobre todos los reinos de la historia), sino ante la culminación post-histórica de los mashkilim, los sabios apocalípticos, vinculados a la tradición de Daniel (cf. Dan 12, 3; en LXX los synientes). Ésta es ya la culminación apocalíptica, que no se debe a la victoria militar, sino al triunfo final de Dios, a través de su “espíritu” supremo, Daniel, luchador y juez, representante de Israel. Así le muestran las visiones judías y cristianas, tras haber vencido a Satán, realizando el doble juicio de la historia.

Juicio militar: «El aquel tiempo se levantará Miguel», el Gran Príncipe, que está al servicio de Israel. Su figura y su presencia nos sitúan ante la gran lucha angélica, la batalla de los ángeles buenos contra los perversos, que encontramos también en Ap 12, 7 y Judas 1, 9. Aquí se cumple de algún modo lo anunciado en Dan 10, 31.21. Miguel es el ángel guerrero, de la lucha final, entendida como juicio definitivo, no sólo contra de los opresores histórico de Israel, que son otros hombres, sino contra todos los ángeles perversos y contra aquellos que les pertenecen.

Juicio forense: «Será liberado tu pueblo, aquellos que se encuentran escritos en el Libro…». Del juicio angélico-militar (con la victoria de Miguel) pasamos al “forense” (como en Dan 7, 10), que no se realiza por la armas sino conforme a la sabiduría superior, propia del derecho. En sentido estricto, por ahora no se sabe si esta liberación es histórica (dentro de este mundo, como en el caso del Reino del Hijo del Hombre) o si es supra-histórica, como supone el texto posterior de la resurrección. Sea como fuere, Miguel aparece como liberador del los justos de los últimos tiempos y como portador del juicio de Dios. En esa línea, él puede aparecer no sólo con la espada, luchando en contra de Satán y de sus diablos, sino también con la balanza, pesando las almas o vidas de todos los muertos.

(4) ANGEL CRISTIANO, Dios presente en el Apocalipsis (Ap 12, 1-6).

San Miguel no es sólo un ángel judío, sino que ha entrado en la tradición cristiana, desde tiempo antiguo, ya en el Nuevo Testamento. Es sin duda el ángel más importante de la iconografía cristiana. Aparece como patrono de miles de pueblos, figura venerada en mil santuarios, desde el Monte Gargano, Italia, hasta Aralar, Navarra, desde Mont Saint Michel, Normandía, hasta cien localidades de Rusia o América Latina. Es el ángel que aparece en gran parte de los pórticos de las catedrales, con la espada de Dios o la balanza del juicio. Es el ángel victoriosa, signo de Cristo (es el mismo Cristo), signo de aquellos que siguen a Cristo. Por eso, a los cristianos se les dice: ¡tú eres Miguel!

No hay nada sobre Miguel en los evangelios, ni en las cartas de Pablo. Pero él aparece de nuevo en el Apocalipsis, realizando una función que se mantiene en la línea de 1 Hen y Dan 12. Miguel viene a presentarse como portador y signo de la victoria de Dios contra el Dragón, a favor de la Mujer:

«Se trabó entonces en el cielo una batalla. Miguel y sus ángeles lucharon contra el Dragón. Y el Dragón y sus ángeles lucharon encarnizadamente, pero fueron derrotados y los arrojaron del cielo para siempre. Y el gran Dragón, que es la antigua serpiente, que tiene por nombre Diablo y Satanás y anda seduciendo a todo el mundo, fue precipitado a la tierra junto con sus ángeles. Y en el cielo se oyó una voz potente que decía: «Ahora se ha realizado la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo!...» (Ap 12, 7-10).

En el principio de la escena (Ap 12, 1-3) se oponían el Dragón y la Mujer, como poderes originarios. El Dragón quiere violar/derrotar a la Mujer, pero no puede, pues Dios mismo se pone de parte de la mujer, y viene en su socorre el gran ángel de Dios, que es Miguel, a quien descubrimos así como protector de la mujer (es decir, de la humanidad). El Dragón puede pensar que ha expulsado a la mujer y que ha quedado solo, triunfante sobre el cielo. Parece seguro de su victoria, pero, de pronto, aparece Miguel, Príncipe de Dios y protector del pueblo de la alianza, es decir, de la mujer (cf. Dan 10, 13.21) para vencerle, como estaba anunciado: «entonces se levantará Miguel» (Dan 12, 1).

En un sentido podemos afirmar que este Miguel es el mismo Dios. Éste es el secreto de fondo de la narración, donde se cuenta de forma velada la lucha de Miguel contra los ángeles perversos (Ap 12, 7-9). Miguel es aquí el signo de Dios, su presencia victoriosa, como ha seguido poniendo de relieve el judaísmo. Pero en otro sentido, desde la perspectiva cristiana, Miguel es Cristo… y los cristianos son Miguel, pues se dice que «ellos le han vencido (al Dragón) por la sangre del Cordero y la palabra de su testimonio de ellos, porque no amaron sus vidas hasta la muerte» (Ap 12, 11).

Pasamos así del lenguaje angélico al lenguaje cristológico. El ángel vencedor, el auténtico Miguel, es Cristo, que no ha ganado la batalla de Dios con una espada, sino con su propio amor (con su sangre). El ángel auténtico de Dios es Cristo, su mismo Hijo encarnado, vencedor definitivo sobre el mal y la muerte.

(5) Ángel psicopompo (carta de Judas, Asunción de Moisés).

Una de las funciones más importantes de Miguel en la tradición cristiana ha sido la de pesar y dirigir las almas, en el camino que lleva a la salvación. Es un ángel poderoso, como pondrá de relieve el judaísmo posterior, cuando le presente como genio de las aguas inferiores y del aire, señor de los reptiles y guía del planeta saturno (cf. Sefer Raziel, del siglo XIII d.C., con tradiciones anteriores).

Pero su dominio más alto es el que aparece vinculado al juicio de los muertos, como ha puesto de relieve, de manera ocasional, la carta de Judas*, en contra del “libertinaje” de algunos falsos cristianos, que se creen dotados de poderes superiores, de manera que “manchan la carne, rechazan toda autoridad y maldicen de las potestades superiores” (Judas 1, 8).

Miguel aparece en esa línea como “ángel psicopompo”, director y guía de las almas en el camino final de la salvación. Los falsos cristianos a los que Judas critica pertenecen a un tipo de gnosis, por la que ellos se identifican con el mismo Dios, creyéndose divinos y sintiéndose con autoridad sobre los ministros de la Iglesia y sobre los mismos ángeles del cielo, capaces de imponer su juicio sobre todo lo que existe (por ejemplo, en el campo sexual). Pues bien, como ejemplo contrario, para superar su orgullo, cita Judas a Miguel, ministro de Dios para el juicio:

«Pero ni aun el arcángel Miguel, cuando contendía disputando con el diablo sobre el cuerpo de Moisés, se atrevió a pronunciar un juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda» (Judas 1, 9)

Ese texto recoge una escena conocida de un apócrifo (Asunción de Moisés), en el que Miguel y Satán disputan sobre el cuerpo de Moisés. Es evidente que Satán quiere la condena de Moisés, es decir, la destrucción de la vida de los fieles y del pueblo de Israel en su conjunto (de la humanidad). Miguel, en cambio, protege a Moisés y los amigos de Dios, impidiendo que Satán los destruya en el momento del juicio. Con la escenografía cristiana medieval podemos suponer que Miguel está con la balanza, pesando el alma de los justos o con la espada, luchando contra Satán, para que no pueda apoderarse de Moisés difunto.

Desde ese fondo se ilumina el mensaje de la carta de Judas. Hay gnósticos (herejes) que se ríen de todo eso, que se creen ya salvados, que desprecian los signos de Miguel y el Diablo, queriéndose situar por encima de ellos. Pues bien, en nombre de la tradición cristiana, bien enraizada en la exigencia de moralidad de Israel (en la imaginería apocalíptica del juicio), Judas les amonesta, poniendo como ejemplo a Miguel, fiel a Dios y respetuoso. Ni siquiera Miguel se quiere poner en el lugar de Dios y pronunciar el juicio contra el Diablo, sino que lo deja en manos de Dios (¡El Señor te reprenda!), mientras sigue ayudando a Moisés y a los justos que mueren en la gran batalla escatológica del juicio.

(seguirá)

G. AULEN, Christus Victor, SPCK, London 1931;
J. DANIÉLOU, Teología del judeocristianismo, Cristiandad, Madrid 2004;
H. BIETENHARD, Die himmlische Welt im Urchristentum und Spätjudentum (WUNT 2), Tübingen 1951;
D. DÖRFEL, Engel in der apokalyptischen Literatur und ihre theologische Relevanz, Shaker, Aachen 1998;
W. LUEKEN, Michael. Eine Darstellung und Vergleichung der jüdischen und der morgenländisch-christlichen Tradition vom Erzengel Michael, Göttingen 1898;
M. MACH, «From Apocalypticism to Early Jewish Mysticism», en B. MCGINN (ed.), The Encyclopaedia of Apocalypticism, New York 1998, II, 204-237;
X. PIKAZA, Antropología bíblica, Sígueme, Salamanca 1996;
J. RATZINGER, La unidad de las naciones, Cristiandad, Madrid 2011,

(Cf. X. Pikaza, Gran Diccionario de la Biblia, Verbo Divino, Estella 2014).