Miércoles, 11 de diciembre de 2019

El corazón vacío

“Las convicciones profundas constituyen el secreto de la supervivencia frente a las privaciones. Incluso con el estómago vacío, la mente puede estar llena”

Nelson Mandela

Hace tiempo observó B. Pascal: “Los hombres, no habiendo podido remediar la muerte, la miseria, la ignorancia, han ideado, para ser felices, no pensar en ellas”. Se busca llenar el tiempo disponible de cualquier vacío donde se pueda vagar sin propósito  y que los pensamientos no pudieran aterrizar en la suprema vanidad de las preocupaciones vitales. Con el horizonte de la mortalidad apartado de nuestra visión decía M. Scheler, sin proyectos a largo plazo y sin organizar los afanes cotidianos, la vida pierde su cohesión interna. Apartada la muerte, no llegó la tranquilidad espiritual, floreció un fuerte miedo a la vida.

Los medios de comunicación están subrayando de forma insistente desde hace meses, la situación de Somalia: 5 millones de personas sufren una fuerte inseguridad alimentaria que supone casi la mitad de la población. Las Naciones Unidas están alentando que unos 300.000 niños menores de cinco años están en riesgo de hambruna. La fuerte sequía y la violencia del grupo terrorista Al Shabaab, son los que están provocando esa situación, debemos de añadir que cientos de refugiados están volviendo a Somalia desde el campo de refugiados de Dabaab (Kenia), el mayor campo de refugiados del mundo.

En nuestras sociedades de la inteligencia, las comunicaciones y la educación, hoy todavía se pasa hambre, sobrecoge que unos 790 millones de personas no tienen alimento para llevar una vida normalizada y activa. Cada año, el hambre mata a cerca de 3 millones de niños, uno de cada cuatro niños sufre un crecimiento retrasado y cerca de 70 millones van a sus clases de primaria con hambre. A escala mundial se necesitarían 3.000 millones de euros para evitar la desnutrición severa de 19 millones de niños. Sin embargo, en 2014 los gastos de armamento en el mundo alcanzaron 1,6 billones de euros. Las cifras abruman y sonrojan en esta sociedad licuada que ningunea a los que no tienen nada, a los hijos de nadie, a la persona misma.

Esto es una muestra muy fragmentaria de la situación. Nuestro “pensar líquido” quiere olvidar, vivimos en una cultura de la retirada y el olvido, no interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias, nuestro corazón se vacía como un aljibe roto, ante tantas realidades de sufrimiento, sean niños hambrientos, refugiados o inmigrantes. Hamzi un pequeño niño desplazado de Siria, sobrevivía vendiendo ropa en una de sus muchas carreteras, casi sordo por los bombarderos, hoy habla gritando: “No tengo miedo. La muerte está en cualquier parte. Mejor encontrarla en el camino hacia algo mejor”. Estas son nuestras periferias existenciales y de exclusión, muestras de nuestras sociedades postmodernas, indiferentes, egoístas e injustas, donde el exceso y el lujo están fabricando la pobreza y las columnas de refugiados. Estamos sufriendo una fuerte desorientación, habitamos el reino de lo relativo y lo mudable, no tenemos espacio para los grandes ideales, estamos abonado el campo para la ausencia de racionalidad.  El hombre de hoy padece de dos grandes hambrunas: la del corazón vacío y la del estómago sin futuro.

No podemos perder de vista esas dos realidades, “Si ves a un pobre, no vuelvas el rostro, y Dios no apartará su rostro de ti” (Tob 4,7). Para Dios la pobreza material es un escándalo y contraria a su voluntad, la pobreza espiritual es una actitud profundamente religiosa, pero muy difícil de experimentar en medio de tantas riquezas abundantes, nos lo recordaba Jankélévitch: “Si se pueda dar sin amar, es imposible amar sin dar”

No queda más remedio que orientar nuestro mundo y nuestro corazón, buscar el norte, ahondar en la justicia y la solidaridad, profundizar en los valores y dar un sentido profundo sentido a la existencia. Con la misma intensidad: asistir al necesitado, el hambre y la necesidad no puede esperar; promocionar al individuo buscando las causas de esa pobreza que a veces están en uno mismo; Por último, cambiar las estructuras injustas que hemos creado en nuestras sociedades y construir un mundo más habitable para todos.