Lunes, 3 de agosto de 2020

Rico Epulón ¡No construyas un infierno, no expulses al pobre al lazareto!

Domingo 26. Tiempo ordinario. Ciclo c.

Lucas sigue avanzando con el tema de la pobreza y alcanza este domingo su altura suprema, con esta parábola del juicio y de las suertes finales, que puede y debe entenderse en paralelo a la parábola de las ovejas y las cabras (derecha e izquierda) de Mt 25, 31-46.

Es una parábola inquieta e inquietante, que nos sitúa de nuevo ante la exigencia del amor concreto y comprometido, como servicio al prójimo.

Más de una vez he pesando que ésta es una parábola contraria al evangelio, pues al rico se le condena sólo por ser rico, por puro pecado de omisión.

Más de una vez he pensado que ésta es una parábola sin misericordia: ni Dios escucha el lamento del condenado que pide solamente unas gotas de agua... ¿Por que no se compadece del condenado?.

Un antiguo profesor me dijo una vez que ésta es una parábola no-cristiana, llena de resentimiento contra al rico, al que se condena simplemente por ser rico, sin preguntar cómo ha ganado su dinero... Además, aquí parece que no hay resurrección en Cristo, sino un tipo de seno de Abraham precristiano etc.

Pero después lo pienso, mejor, leo el texto con cuidado, como parábola-advertencia, y siento por dentro que es verdad lo que dice y así añado: Ésta es una parábola de Jesús, una advertencia profunda para los creyentes ricos (y para los ricos no creyentes), que estamos corriendo el riesgo de convertir la tierra en un infierno.

Más que del futuro, Jesús trata aquí del presente y nos dice (a los ricos, en un sentido u el otro): Ten cuidado Epulón, hombre de tierra rica, que comes y gastas la riqueza del mundo, sin ocuparte de los pobres:

¡No conviertas tu casa en infierno para los demás, no hagas que este mundo patrimonio tuyo, encerrando a los pobres en pobres lazaretos (de este Lázaro de la parábola viene la palabra lazareto)!

Presentación y texto

Ésta es una de las tres parábolas que ha comentado con cierto detalle y gran hondura el papa Benedicto xvi en su libro Besús de nazaret (págs. 253-260), destacando los aspectos teológicos del tema. Es una parábola que ha estudiado también WIN WEREN en un precioso libro titulado Ventanas sobre Jesús. Métodos de exégesis de los evangelios (Verbo Divino, Estella 2004). Para no seguir insistiendo en mis ideas, hoy he querido tomar básicamente el comentario de Win Weren, que empieza así: Lc 16, 19-31 cuenta la historia, que se ha hecho mundialmente famosa, de Lázaro y del hombre rico. Este es el texto:

Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino finísimo, y celebraba cada día banquetes espléndidos. 20 Y cierto pobre, llamado Lázaro, estaba echado a su puerta, lleno de llagas, 21 y deseaba saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico, pero no podía; y los perros venían y le lamían las llagas. Aconteció que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico, y fue sepultado.

23 Y estando en el Hades, sufriendo entre tormentos, alzó sus ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. 24 Entonces él, dando voces, dijo:
Padre Abraham, ten misericordia de mí y envía a Lázaro, a fin de que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama.

Pero Abraham dijo:

– Hijo, acuérdate que durante tu vida recibiste tus bienes; y de igual manera Lázaro, males. Pero ahora él es consolado aquí, y tú eres atormentado. 26 Además de todo esto, un gran abismo existe entre nosotros y vosotros, para que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, ni de allá puedan cruzar para acá.

Pero el hombre rico dijo:

– Entonces te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre 28 (pues tengo cinco hermanos), de manera que les advierta a ellos, para que no vengan también a este lugar de tormentos.

Pero Abraham dijo:
– Tienen a Moisés y a los profetas. Que les escuchen a ellos.
Entonces él dijo:
– No, padre Abraham; pero si alguno va a ellos de entre los muertos, se arrepentirán.
Pero Abraham le dijo:
– Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguno se levanta de entre los muertos.

Análisis estructural

La narración de Lázaro y el rico consta de dos sub-divisiones , cuya ruptura se produce entre los versos 21 y 22.
La primera subdivisión comprende 16, 19-21 y la segunda 16, 22-31. Esta forma de dividir el texto se funda en los siguientes argumentos.

(a) Los versos 19-21 se sitúan dentro y en el entorno de la casa del hombre rico, durante el tiempo de vida de Lázaro y del rico, mientras que los versos 22-31 suceden en el más allá, después que ambos han muerto.
(b) En el verso 22 aparece un nuevo personajes, es decir, Abrahán.

La primera parte de la narración muestra cómo el hombre rico se vestía de púrpura y de lino finísimo y celebraba banquetes suntuosos cada día. Hay un duro contraste entre su situación y el destino del mendigo ante su casa. Este último se hallaba cubierto de harapos y deseaba saciar su hambre con las sobras que cayeran al suelo desde la mesa del hombre rico. El pobre está fuera de la puerta, rodeado por los perros de la calle. El hombre rico se encuentra dentro de casa. No se produce ninguna forma de comunicación entre ellos.

Al comienzo de la segunda parte tiene lugar un gran cambio de perspectivas. Ambos mueren. Ahora se menciona primero a Lázaro y sólo después al hombre rico. Esta segunda parte se desarrolla en el más allá, en un lugar donde el rico sufre tormentos y el pobre descansa en el seno de Abrahán.

En la primera parte, ambos se hallaban cerca uno del otro; el texto pone ahora de relieve la distancia espacial que les separa (“un gran abismo”), pero a pesar de la distancia ellos se pueden ver y escuchar uno al otro.

Esta segunda parte está básicamente formada por la conversación entre el rico y Abrahán. El hombre rico no se dirige directamente a Lázaro, sino que habla con Abrahán sobre Lázaro.
Los dos participantes de la conversación hablan alternativamente: el hombre rico en 16, 24.27-28.30 y Abrahán en 16, 25-26.29.31. El hombre rico se dirige a Abrahán llamándole “Padre Abrahán” o “Padre”. El mismo Abrahán confirma en 16, 25 que este hombre rico es hijo suyo.

Inversión de relaciones

Algunos exegetas afirman que la conversación se encuentra centrada sobre todo en la inversión de relaciones espaciales entre el rico y el pobre después de la muerte de ambos . Ellos suponen que el relato sirve para ilustrar un tipo de afirmaciones que aparecen en otros lugares de Lucas (1, 53; 6, 20-26; 14, 12-14. 24). Sin duda, el hecho de que tras la muerte se inviertan las relaciones anteriores muerte juega un papel en el texto, como lo muestra la formulación quiástica de 16, 25:

a. Hijo, acuérdate que durante tu vida recibiste tus bienes;
b. y de igual manera Lázaro, males.
b’ Pero ahora él es consolado aquí,
a’ y tú eres atormentado.

Este verso retoma la forma quiástica anterior del relato, en 16, 19-22, donde la situación del rico (a) y del pobre (b) durante el tiempo de su vida se comparan con la nueva situación del pobre (b’) y del rico (a’) después de sus muertes.

Pero el motivo más importante del relato no está formado por la inversión de situaciones. Además, este motivo no aparece después de 16, 25. La unidad del relato viene marcada por los cambios que nos llevan de un lugar a otro (sea que realicen estos cambios o no se realicen):

16, 19-21 El rico está en casa y no entra en contacto con el mendigo que está en la calle, mientras que Lázaro está fuera y no pretende introducirse en casa

16, 22 Ambos abandonan la tierra y se encuentran en otro espacio, es decir, en el más allá

16, 24-26 Lázaro no puede cruzar del lugar donde se encuentra al lugar donde se encuentra el rico; tampoco se puede hacer el camino inverso
16, 27-31 Lázaro podría actuar como medio de contacto entre el más allá y la casa paterna del rico, pero Abrahán rechaza esta posibilidad como carente de sentido.

Los posibles movimientos de Lázaro

El tema de conversación entre el rico y Abrahán lo forman los posibles movimientos de Lázaro. El hombre rico pide por tres veces (16, 24. 27-28. 30) algo que está relacionado con ese movimiento.

Su primera petición (16, 24) tiene dos partes: “Ten misericordia de mí y envía a Lázaro”. La finalidad del envío de Lázaro se expresa con una sentencia final (“a fin de que...”); la razón por la que Abrahán debe tener compasión se expresa en una frase de tipo causal (“porque...”). El que ruega de esta forma está expresando su propia situación en este “momento” de la conversación: pide a Abrahán que le envíe a Lázaro para que refresque su lengua con unas gotas de agua, porque se encuentra atormentado. Lo mismo que Lázaro había estado atormentado antes por el hambre, deseando las migajas que caían de la mesa del rico, ahora es el rico el que sufre atormentado por la sed, deseando un poco de agua fresca que, evidentemente, resulta accesible para Lázaro.

Abrahán rechaza esta petición de ayuda material por dos razones.
La primera aparece en 16, 25 y la segunda en 16, 26. En 16, 25, Abrahán se refiere a la inversión de situaciones tras la muerte. En 16, 26 presenta el motivo por el que resulta imposible el paso de una zona a la otra en el reino de la muerte: hay un gran abismo entre ambas zonas.

Tras esta respuesta, el hombre rico no se ocupa ya más de su propia situación: ha visto que se encuentra irrevocablemente perdido y se fija en sus cinco hermanos, que están en la casa de su padre. Antes no se había fijado en el mendigo a la puerta de su casa; ahora, en cambio, se muestra lleno de ansiedad por el destino futuro de su familia.

Su segunda petición muestra un claro paralelismo con la primera: nuevamente pide a Abrahán que confíe otra tarea a Lázaro: esta vez, Abrahán debe enviarle a la tierra a fin de que (nuevamente con una sentencia final) los cinco hermanos del rico puedan ser prevenidos y no acaben cayendo en su misma situación de condena. En este momento, el rico ya no pide una ayuda material. Pero su petición también es rechazada, con una referencia a Moisés y los profetas.

El rico no queda convencido por esta respuesta (cf: “no, padre Abrahán”, en 16, 30). Por eso repite su petición, pero la razona con un argumento especial: si un hombre resucita de los muertos tendrá más poderes de convencimiento que Moisés y los profetas. Pero Abrahán no acepta esta argumento: los cinco hermanos tendrán que arreglárselas con aquello que tienen a su disposición: los escritos de Moisés y los profetas ofrecen una buena brújula para encontrar la dirección en la vida. El relato acaba así con un final abierto: no se nos dice si los cinco hermanos van a convertirse o no; se deja que el mismo lector el que saque la conclusión adecuada del relato.

Una puerta y un gran abismo

La conclusión que se deduce del relato no es que los pobres del mundo deben mantenerse como están, ya que esperan la gloria futura tras la muerte. El relato no quiere que el pobre y el rico sigan viviendo simplemente en mundos que se encuentran herméticamente sellados, alejados uno de otro. Nada de eso: este relato nos abre hacia una dirección totalmente distinta. Para aclarar esto, quiero referirme al fuerte contraste que existe entre sus dos sub-divisiones: en la primera encontramos una simple puerta, en la segunda el gran abismo.

Durante el tiempo de su vida, el pobre mendigo y el rico “gourmet” no se relacionaban entre sí, pero podrían haberlo hecho, pues Lázaro yacía ante la misma puerta de la casa del rico: una puerta evoca la posibilidad de comunicación. Tras su fallecimiento, ambos se encuentran en el reino de los muertos. Tampoco ahora mantienen un contacto directo entre sí. Lázaro vive en una zona del “más allá” que es distinta de la zona donde se halla rico. Las cosas han cambiado y ahora es completamente imposible que uno vaya al lugar donde se encuentra el otro: entre las dos zonas se extiende un gran abismo.
De esta forma, en la segunda parte del relato, la situación resulta completamente distinta de la situación de la primera. Esta diferencia viene a presentarse de un modo particularmente instructivo:

en la primera mitad era aún posible superar la división social entre pobre y rico; el rico podría buscar el contacto con el pobre en la tierra.
En la segunda parte, esto resulta imposible: ya no se puede cruzar la frontera entre el rico y el pobre, después que ellos han muerto.
Aquellos lectores que suponen que la oposición entre pobres y ricos tiene ya un carácter definitivo sobre la tierra invierten y deforman totalmente el sentido de esta narración. De esa manera, ellos sustituyen la pequeña puerta de la casa de este mundo (que separa al rico del pobre) con un gran abismo. Al actuar así esto, ellos están convirtiendo la tierra en un Hades, esto es, en un reino de los muertos, donde las relaciones han quedado ya fosilizadas para siempre, mientras que en esta tierra debería estar completamente abierta la posibilidad de cruzar las fronteras.

El relato se opone a esa visión: las normas oscuras del reino de los muertos (donde nada se puede cambiar) no son aplicables sobre la tierra, durante el tiempo de nuestra vida. Nosotros vivimos todavía en un mundo donde las puertas pueden abrirse.