Sábado, 24 de agosto de 2019

Añorando lo analógico

A prisa voy por la vida, como quien quiere alcanzar el tiempo

Escuche decir a unos historiadores hace unos días  que los actuales dirigentes del mundo tienen una visión de la realidad cortoplacista, una visión limitada por la fecha de las próximas elecciones y la vigencia de unos presupuestos. 

Algo de razón deben tener pues parece haber desparecido esa amplia mirada estratégica de los grandes estadistas de antaño. Hoy todo sucede demasiado rápido y demasiado rápido se olvida. A esto debemos sumar la saturación de información que nos agobia, que acelera cualquier acontecimiento sin permitir que nos detengamos en lo importante recubriéndolo todo de banalidad, de una banalidad contagiosa.

El pasado 19 de septiembre se reunió la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre refugiados y migrantes y en su declaración final - consensuada por los 193 Estados miembros – se reitera el compromiso de la comunidad internacional con los derechos humanos y la protección de las personas. Compromiso y solidaridad con los afectados, palabras vacías pues no implican ninguna obligación vinculante para los países que, por eso de la soberanía nacional (¿?) pueden seguir haciendo lo que les plazca.

Cuando los “alto el fuego” en Siria los deciden Rusia y Estado Unidos para que luego nadie los respete ¿dónde está la soberanía siria? Cuando las cuotas de refugiados las decide la Unión Europea ¿dónde está la soberanía de los estados miembros? Cuando el precio del cacao se decide en Suiza y el del algodón lo fija en Bolsa las grandes multinacionales ¿dónde está la soberanía de los productores? Cuando Israel ocupa territorios y mata civiles ¿dónde está la soberanía del pueblo palestino? Mientras se apele a la soberanía de los estados cuando no se está de acuerdo con ciertas decisiones ningún organismo internacional tiene sentido, sólo son estructuras presuntuosas y huecas.

La adopción de esta Declaración implicará que más niños puedan asistir a la escuela, que más trabajadores puedan buscar trabajo en el extranjero de forma segura en lugar de quedar a la merced de traficantes criminales, y que más gente tenga opciones reales de regresar a sus países una vez que hayan terminado los conflictos y que haya paz”, son palabras del Secretario General, Ban Ki Moon que organizaciones como Médicos sin Fronteras desmonta con datos, con hechos, con imágenes, con testimonios y documentos suficientes para demostrar que todo es una gran mentira.

Las decisiones de los organismos internacionales nos avergüenzan a todos una y otra vez, por el incumplimiento sistemático de lo acordado, son decisiones que nacen muertas y estériles, pues andan preocupados por las siguientes elecciones que, por cierto, en algunos importantes países tendrán lugar el próximo 2017 y en las que, según los sondeos, los grupos de extrema derecha ganan cuota de mercado. Mercado, sí mercado, porque eso es lo que parecen todos sus protagonistas, mercaderes de votos.

Prisa, mucha prisa. Apenas hay tiempo de identificar lo realmente importante, y así se crea una tramposa y embaucadora realidad en la que confiamos que las cosas se terminarán solucionando por si solas o alguien las solucionará, aunque en el fondo sabemos que no será así.

Con el seudónimo de “Coronela” leí hace poco un poema que en su primera estrofa decía: A prisa voy por la vida, como quien quiere alcanzar el tiempo. No me detengo, ni pienso. Hoy, solo actúo. Es bueno así no siento. Y es que viviendo deprisa parece que no estamos obligados a sentir lo que sucede.

Los plazos de 4, 5 o 10 años no son nada en tiempos históricos, sólo son suficientes para escribir una Historia con prisas. Eso es lo que estamos haciendo hoy, escribir la Historia a modo de editorial de periódico valida únicamente para un día. Una Historia que será leída dentro de 50 de 100 años por nuestros nietos y que nos hará sonrojar. Por todo esto siento una enorme añoranza de lo analógico, de aquello que nos regaba tiempo. La inmediatez de lo digital nos está superando.