Lunes, 9 de diciembre de 2019

Me han contado que este año los decibelios de la Plaza Mayor…

Existen tres tipos de salmantinos en relación a cómo viven las fiestas de la ciudad: aquellos que las disfrutan “a tope”, toros, conciertos, fiestas en los barrios, uso de casetas…; los que seleccionamos en el programa aquellas actividades o espectáculos que nos gustan y hacemos caso omiso a lo demás y finalmente el grupo que huye de las fiestas, marchándose, si puede, fuera de Salamanca mientras duran.

 Al que escribe este artículo, perteneciente al segundo grupo, le da la impresión de que este año el Ayuntamiento salmantino ha tenido dos objetivos estratégicos para las fiestas: Uno, el que no quedara ni un rincón en la ciudad que no fuera invadido por una caseta, unos altavoces, un evento de naturaleza múltiple. El segundo, que Salamanca fuera la ciudad del mundo que más decibelios expulsara a la atmósfera durante los veinte días verbeneros. Ha cumplido los dos objetivos. Los responsables de la organización de las fiestas estarán orgullosos, aunque sepan que la tensión arterial de sus habitantes se ha duplicado en estas tres semanas o que las consultas de los otorrinos se han triplicado la semana siguiente. (En contrapartida el consumo de alcohol de todo tipo se ha multiplicado por cuatro en la ciudad).

Este año, me han contado, yo no lo presencié, el nivel de decibelios de los altavoces y equipos de música que han actuado en la Plaza Mayor ha sido tan alto que muchas personas huían, pues notaban dolorosamente las ondas acústicas en sus estómagos y no podían continuar. Tal ha sido el nivel de decibelios mantenido que ( me han seguido contando) el viernes, sábado y domingo últimos, cuando ya se habían acabado las fiestas, nadie podía parar los equipos sonoros de la Plaza Mayor, y seguían emitiendo sus infernales ritmos, mientras cuatro o cinco poseídos por el baile de San Vito, seguían contorsionándose en el escenario. “Aquello era como el aperitivo del Apocalipsis”, me han comentado algunos vecinos, que tuvieron que huir despavoridos temiendo que les estallaran los tímpanos.

Después de estos excesos nocivos para la salud, recuerdo con anhelo aquellas verbenas, con una flauta y un tamboril en las que, bajo las bombillas de quince vatios, incluso podías tener la suerte de bailar algún que otro agarrado con la chica de tus sueños.  

¡Ojalá el próximo año recortaran drásticamente el presupuesto de las Fiestas y dejaran más espacio para LA IMAGINACIÓN, LA ALEGRÍA Y EL SERENO BIENESTAR en la convivencia.