Ciudad de la memoria  

Salamanca, foto fija

         El viajero que llega a la ciudad letrada por la carretera de Madrid, a despecho de los lazos de las nuevas circunvalaciones, sigue descubriendo la silueta recortada de una Salamanca que se mira en el Tormes erguida de puntillas sobre su belleza inmutable. Nada ha cambiado en las orillas de este río, en los márgenes del tiempo transcurre la misma imagen: la ciudad real, la ciudad evocada, la ciudad futura, la ciudad pasada, la ciudad presente, la ciudad letrada. En su interior, la vida fluye con cadencia provinciana y vertiginosa vitalidad universitaria que recorre calles recoletas con vorágines embriagadoras. Un espacio donde juega el tiempo con sus más recónditas máscaras, las de una ciudad que conjura el pasado y el presente en una alquimia de plata y que se fija a golpe de filigrana sobre el metal, el papel o la piedra dorada. Salamanca.

         A pesar de su engañosa inmovilidad de barco erguido, la ciudad siempre me pareció anclada al cambio porque aprendió del río su dialéctica de agua. Es el espacio de la memoria literaria, de la evocación infantil, del reflejo de los que vivieron en sus moradas. Quieta y dispuesta a la mirada que inmoviliza e inmortaliza, Salamanca se mueve en mi memoria. La historia detenida que habitamos con prisa diaria, la de la prisa cotidiana, aquella que convirtió a la ciudad en mi presa codiciada, jugando a ser el cazador que fija la fugacidad de los trabajos y los días. Fui un niño provinciano, fui un joven destinado al trabajo casual, circunstancial, recomendado. Tenía un trabajo que poseía a la ciudad, relatando y retratando el rostro de un día a día siempre repetido que se imprime en el texto diario con crujido de papel salpicado de cerveza y café con leche.

El ritmo sostenido de la ciudad en la que trabaja se vuelve para el fotógrafo de prensa un andante presuroso, el estrépito del disparador que se cofunde con el tráfico, el crujir de un apretón de manos, la cinta que se corta, la manifestación que llena una calle, el silencio atronador de un duelo, la sorpresa de un gesto, la consabida sonrisa de un cargo siempre electo… la realidad se fragmenta en esquirlas fotográficas,  el reflejo del escaparate en documento, la fotografía imaginada en instante decisivo, en polvo, en humo, en nada…  parpadeo de un obturador que se cierra, la mano que pasa la página del periódico y lo empuja al otro lado de la barra mientras apura un café o se limpia el resto espumoso de una caña.

         Yo era el mal pagado mercurio de todas las mañanas. El miembro de un reducido grupo siempre a la caza. Había en nosotros algo tenaz y letal hecho de infinita paciencia y de certera velocidad. Pugnábamos entre nosotros por el rostro del duelo y de la vanidad, por el paso de Semana Santa y del visitante ocasional. Testigos del espectáculo diario, siempre los mismos, aprendiendo sobre la marcha y sabiendo lo que era llegar con retraso y partir una vez sacada la fotografía. Éramos jóvenes e inexpertos y sustituíamos a aquellos que fueron los ojos enamorados de una Salamanca que siempre tuvo sus fotógrafos de cabecera, sus cronistas entregados, sus poetas de café y escalón, sus revistas de poesía, sus cineclubs atrevidos, sus papeles fundacionales. Y ahora que esos nombres son estatua, escuela, y recuerdo, evoco las imágenes que me hicieron fotógrafo: la de un Unamuno, perfil de águila avezada que se inclina sobre su balcón con el fondo de la Calle Compañía estrecha y larga como el pasillo de mi casa; un río helado entre los árboles blancos. Núñez Larraz aún era una figura patriarcal de barbas blancas al que te encontrabas en la calle, sus fotografías no eran libro ni lámina para recorrer una ciudad que compartió con una generación libertaria aquello que leía, escribía, politizaba y vivía. Aún era niño yo y la cuidad de finales de los años setenta se extendía hacia el barrio hurtándome ese centro legendario donde se paseaban los mayores en su recién estrenada libertad en la que la lente era nueva y las ilusiones, intactas.

         La ciudad se ha expandido como una mancha de aceite y ahora necesito un gran angular para abarcarla entera, empezando por los arcos de hierro del puente y acabando por los de la Glorieta, trazando una línea desde el bosque de cruces del cementerio hasta la arboleda de la Aldehuela. Qué pequeña eres, verdaderamente qué pequeña. La panorámica en realidad está en los recónditos rincones, en los claustros prohibidos a los que no entré, en las estancias de la memoria en las que no quise estar. Yo que hubiera querido quedarme entre visillos y resonancias provincianas escapé por un ángulo insospechado. Ahora no reconozco ningún rostro atento en recobrar rincones. Las masas monumentales de la ciudad me devuelven el gusto por el detalle: la filigrana de piedra, el rótulo conocido, el escaparate que no cambia. No, no estoy embriagado de pasado, ni el mío ni el de aquellos que escribieron, fotografiaron y vivieron mi ciudad, esa ciudad que hechiza la voluntad del que la habita, la del jardín donde Calisto ama a Melibea, la del río del ciego, la del aula del que no llegó ayer, la de una Cueva maléfica, la del Unamuno virulento, la del Generalísimo ocupando el palacio episcopal.

La mía, la de un estudiante de letras que escuchaba a Luis Cortés en los patios renacentistas recitando a Racine mientras, en lo alto del claustro porticado, Feliciano Pérez Varas evocaba a Goethe. Eran intensamente salmantinos mis estudios de filología: Carmen Martín Gaite venía a darnos conferencias donde estudió y pasábamos por el Novelty no a tomar un café, sino a entrever reverentes la figura de Torrente Ballester. Bebíamos literatura y algunos la escribían mientras yo, que había descubierto la fotografía en un cursillo ocasional para huir del tedio de las vacaciones, me convertía a duras penas en el novio que ella quería.

         Porque a ella la conocí bajo una luz roja de revelado donde nos besábamos mientras las copias, en vez de emulsionarse, se quemaban en la cubeta de revelado. Teníamos cierta prisa y un regusto a puticlud de carretera, pero se nos acabó la pasión cuando empecé a vender las fotos a los periódicos regionales que nos devolvieron a los dos a la calle ahítos de olor a químicos, resbaladizos de papel de revelado. Y entonces se hizo la prisa: recados en cualquier bar del centro para que acudiera a varios sitios a la vez, llamadas intempestivas a casa de mis padres quienes me recriminaban amargamente que dejara abandonada la carrera, una mirada que lo dice todo cuando he anulado una cita con ella otra vez y me voy a un acto en el que bebo demasiado y no sé si he acabo de pisar al rector, al alcalde, al presidente de la diputación o al de mi propio periódico. Es la prisa la que me hace tambalear mientras la ciudad mantiene su verticalidad perfecta, su geografía de arcos, pórticos, su curva de cúpulas, sus caras conocidas, sus cafés consabidos, sus locales nocturnos donde los estudiantes siguen siéndolo mientras yo, cada vez más liado en la madeja empiezo a aceptar encargos asomándome a un Madrid infinito donde no conocía a nadie y no tenía tiempo de hacer contactos porque debía volver en un autobús barato que se paraba en todas partes. Todo hasta que alguien me hizo una oferta sorprendente. Entonces en el periódico me dijeron que demasiado les había durado y mis padres esgrimieron eso de que sin un título no llegaría más allá de la estación de autobuses de Conde Casal. Me marché de un día para otro y apenas recuerdo cómo se lo dije a ella, si es que tuve la decencia de decírselo.

         He tenido raudos regresos en los que apenas me he detenido. Fechas señaladas que no me han permitido ir más allá del paisaje familiar del que huía agotado de tanto requerimiento. No he sentido hasta ahora la necesidad de recalar, y lo hago ahora cuando compruebo que he entrado por la puerta de atrás, que nadie me reconoce y no reconozco a nadie, que nadie me habla y que no puedo entablar conversación con nadie, como en los tiempos en los que viajaba a lugares remotos, aquellos a los que me enviaba el encargo de esa publicación prestigiosa que me convirtió en un fotógrafo de moda, ese que ya no recorre la actualidad sino la piel impávida de una mujer detenida en el monumental decorado de una isla imposible, modelos pulidas de puro perfectas que se prestan a los caprichos de la lente y se someten con aburrimiento a las indicaciones del asistente. No es esta mujer impasible sino el escenario ajeno que ella habita casi con desprecio, sin apenas mirarlo, lo que hacía de mis reportajes de moda algo diferente. Algo ajeno incluso a la ropa. La ropa y la desnudez fueron un pretexto para ir más lejos, para convertir el decorado en protagonista y dedicarme a retratar otras paredes.

 

         Estoy sentado en el lugar en el que me citaba con ella. A mi lado, un niño de piedra encaramado en su columna de granito sigue lanzando un avión de papel. Para el paseante con prisa del único bulevar que merece a medias su nombre en Salamanca –los árboles en esta ciudad son un bien escaso- esta estatua modesta no existe porque nos obliga a levantar la vista del suelo, del encargo, de la obligación. Aquí la esperaba y después de la sorpresa inicial la tomaba de la cintura para guiarla, siempre con prisa, al ágora inevitable de esta Plaza que, a lo largo de mi día de perro peripatético, era una rápida sucesión de pasos a medida que se acerca la hora de comer. Ese ritmo lento que enmudece a la dos y media de la tarde sólo lo he visto en España, en Italia, en Grecia… porque cuanto más rico y más pobre es un país más se come en la calle, a pie de cloaca: en los pobres, porque estás infinitamente lejos de casa, en los ricos porque son demasiadas las horas en las que trabajas. Esa Plaza Mayor que recorría demorado en mis pasos de novio con ella era mi cotidiano paso rápido que deja atrás el revoloteo multicolor de las revistas de los puestos en los soportales donde anidan los limpiabotas. Recién lavada, la suya era una superficie de reptil, resbaladiza y gris, Plaza estrenada atravesada aquellos años por mujeres cargadas que ocupan los mercados a primera hora. Puestos ornados de carne y fruta llegadas con la amanecida, estremecidas aún por la frialdad del matadero y del rocío de los abastos sobre la verdura. Junto a la Plaza Mayor, el Mercado Central nos recordaba la necesidad de la comida, la suciedad de lo diario, el trabajo callado. A lo largo del mundo compruebo esa belleza matinal y primigenia de los mercados y me tienta como la farmacia antigua que, en la Plaza, exhibe sus anaqueles de la memoria, su olor a botica, su proximidad con los bares sucios de mi infancia. Me gusta esta mañana detenida en la que no tengo nada que hacer y no hago nada, descubriendo el rastro de una ciudad en la que antes nunca me sentía solo, un tiempo en el que la habité recorriéndola con mi cámara precaria, con mis ansias de geómetra, con mis prisas por llegar a todo, con mi mano en la suya… ¿Junto a qué pared la besé? ¿Dónde nos sentamos para tocarnos por debajo de la parka? ¿Cuándo le dije que no podía ser y que me marchaba mañana? A mi alrededor, la ciudad despliega ese encanto invisible que recorren ahora los turistas en abigarrado rebaño. ¿Qué busco aquí? ¿Qué imagen pretendo revivir en este paseo mientras sé que me esperan en otra parte, que me requieren urgentemente para recorrer otras calles, otros rostros, el cuerpo que ella nunca me hurtaba, la mirada que entendía que yo siempre la dejara de lado pasado el apasionamiento de aquellos descubrimientos primeros? ¿Creía que la reconocería como reconozco estas calles, estos cambios inevitables después de casi treinta años de ausencia? El viajero nunca debería afrontar el regreso con los ojos del ayer, ni revivir las láminas del recuerdo.

         Recortada contra la piedra dorada la descubro caminando con el descuido de siempre, una mujer de mediana edad que avanza entre la gente sin prisa, absorta en sí misma, una desconocida distraída a la que no llamo por su nombre y a la que dejo pasar como la ciudad me dejó ir a mí, sólidamente anclada a las orillas de un río que refleja su silueta sin borrar sus huellas: la catedral altiva, el pasado convertido en piedra, lo que pudo ser y no fue, la fotografía detenida en el tiempo mientras contemplo la ciudad que se aleja, mi vida entera, la vida que me queda.