Miércoles, 20 de noviembre de 2019

La calle donde vivo

La calle donde vivo está llena de orín de perro por todas partes. Del principio al final. También, en verano, hay montones de ventanas abiertas y se oyen conversaciones de teléfono internacionales, y alguna que otra discusión doméstica en alto tono. Parece napolitana sin serlo. Mi calle es estrecha, con muchos garajes, locales cerrados y un solo negocio en funcionamiento. No es un lugar turístico ni mucho menos. Aunque no está distante del centro y de la zona comercial de la ciudad.

                 El orín de perro ya es una clásico por aquí. Además se ha hecho fósil ya de tanta meada acumulada (los perros suelen mear en sitios muy concretos), de la falta de lluvias fuertes desde primavera y reiterada ausencia de máquinas limpiadoras de aceras que por aquí nunca se ven. Somos una calle acogedora de perros. De todo el barrio. Como es calle discreta y la población perruna aumenta, pues algún sitio cercano tiene que ser receptor de orines (junto con la plaza de Vidal). Como digo, ya estamos más que acostumbrados.

                A los niños y a los viejos, cuando les da el apretón mingitorio, se les suele buscar un lugar recóndito, discreto, entre coches aparcados, o se les hace entrar en el próximo bar para evacuar aguas. A los perros no. Los perros se plantan y largan líquido. Y menos mal que ahora se conciencia a los amos-padres de perros para que recojan heces en bolsitas y dejen la acera limpia al menos de eso (que antes, tampoco). Son los adelantos sociales que trae nuestra civilización. Hemos cambiado niños y soledad por perros. Y los perros no suelen hacer como los gatos que frecuentan el orinar en la misma lata con tierra. Hace años en mi calle, a mediodía, me orinó encima una perra vecina (supe que era perra, la vecina) desde el balcón de un primer piso, y me puso de balneario con mi consiguiente protesta y amenaza de denuncia.

               Ahora sólo invoco al dios de las lluvias para que sea generoso y limpie algo la acera por donde paso a diario. Y lo otro de las molestas conversaciones ajenas oídas y tantas discusiones domésticas en alto volumen, pues también seguro que se arreglan con la llegada del agua del cielo y el cerrar ventanas. Abogo por eso.