Jueves, 24 de octubre de 2019

A la familia

Queridos hermanos sacerdotes, queridas familias, queridos todos:

Muchas gracias por haber realizado el gran esfuerzo de desplazaros, desde los diversos Arciprestazgos y rincones de nuestra geografía diocesana, para participar en este Jubileo de las Familias. El último de los programados en este año de la Misericordia y que puede ser como el mejor “legado o testamento” de lo que hemos venido celebrando durante el presente curso pastoral.

Dejando las lecturas del día de hoy, me voy a centrar, brevemente, en lo que podemos denominar “Las claves pastorales y “misericordiosas” de la exhortación “Amoris Laetitia”. Por cierto, un documento del Papa Francisco no siempre bien acogido ni entendido.

Comienzo subrayando que los Sínodos sobre la Familia, celebrados en Roma, pusieron sobre la mesa la realidad matrimonial y familiar de hoy, tan compleja como difícil de acompañar. Pero la reflexión de los pastores y teólogos, si es fiel a la Iglesia, debe ser honesta, realista y creativa, evitando dos tentaciones que se repiten: o bien el deseo desenfrenado de cambiar todo, sin suficiente reflexión o fundamentación, o bien la actitud de pretender resolver todo aplicando sólo leyes y normativas generales. Es el Espíritu Santo el que nos lleva a la verdad completa y el que nos invita, en cada iglesia particular, a buscar soluciones acordes con los retos y la idiosincrasia del lugar. Recordemos que, en pastoral, existe lo que San Juan Pablo II llamaba “gradualidad” a la hora de aplicar las normas morales y jurídicas. A lo largo de la historia Iglesia, se han dado dos lógicas: o marginar y rechazar o integrar y acoger. La opción es muy clara: acoger; siempre, acoger. Porque, en las situaciones difíciles o “irregulares” de los matrimonios y de las familias ni todo es bueno ni todo es malo; ni todo es blanco ni todo es negro hay que discernir con espíritu evangélico y con realismo pastoral.

Las leyes no se pueden lanzar como “piedras” contra otros. Por creer que todo es blanco o negro, a veces, cerramos el camino a la gracia y al crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que den gloria a Dios. Un pequeño paso en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida externamente correcta de quien transcurre sus días sin afrontar dificultades importantes.

En resumen, ¿de qué se habla con “la lógica de la misericordia pastoral”?... Siguiendo las pautas de Amoris Laetita, podemos subrayar lo siguiente:

– Sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas de crecimiento de las personas, dejando actuar la misericordia de Dios (n. 306).

– Estamos llamados a vivir desde la misericordia porque, primero, Dios ha sido misericordioso con nosotros. La Iglesia es la casa paterna donde hay cabida para todos y cada uno “con lo peculiar de su vida” (n. 310).

– La misericordia no excluye la justicia ni la verdad, porque la misericordia es la plenitud de la justicia y la manifestación más luminosa de la verdad de Dios. No se puede poner en duda ni la omnipotencia de Dios ni su misericordia (n. 311).

Concluyo: “Somos y formamos una gran familia diocesana”. Y nos sentimos sanamente orgullosos de ellos. Familia de fe, de celebración, de anuncio misionero y de compromiso con los más pobres. En una familia, todos somos responsables. Todos aportamos lo que sabemos y tenemos. Y especialmente protegemos a los más débiles e indefensos. ¡Qué bien y qué bellamente lo ha expresado nuestro querido Papa Francisco: somos criaturas de Dios, hijos de Dios y, los que participamos en la Eucaristía, la misma carne de Jesucristo. A veces, llagada y herida.

La Diócesis, encarnada en las familias de sangre (que son verdaderas “iglesias domésticas), en las comunidades parroquiales, y en las comunidades de vida consagrada, tiene esa vocación y ese rostro tan hermoso: el de serla única Familia de los Hijos de Dios. Como familia, tenemos que ayudar con nuestros bienes materiales, pero sobre todo con los talentos que el Señor nos ha concedido. Solamente se puede ser feliz cuando estamos al servicio de los demás. Ya lo decían nuestros clásicos: “!Quien no sirve, no sirve para nada!”. Un ruego: que la familia sea el Santuario privilegiado para la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta el final.

Nada más; un recuerdo entrañable y mi bendición muy especial para nuestros enfermos y para quienes, por diversos motivos, lo estén pasando mal. Un agradecimiento y reconocimiento para D. Antonio Risueño, nuevo Consiliario de Pastoral Familiar y Laical y para todo el equipo de matrimonios que, junto a él, dinamizarán la Delegación de Familia a partir del presente curso pastoral. ¡Ojalá sea una experiencia fecunda! Y, para todos los presentes, mi agradecimiento y el deseo sincero de que el Señor os pague con creces toda vuestra generosidad. Recordad siempre las palabras que el Papa Francisco nos pide hacer realidad en nuestras familias: “Permiso, perdón, gracias”. Sólo así creceremos.

Que la familia de Nazaret nos siga bendiciendo y acompañando. Así sea.

+Raúl, Obispo de Ciudad Rodrigo