Lunes, 18 de noviembre de 2019

Apagar la sed de Cristo

Leí una historia de un soldado que pudo regresar a casa después de haber peleado en la guerra de Vietnam. Llamó a sus padres desde San Francisco.

- “Mamá, Papá. Voy de regreso a casa, pero os tengo que pedir un favor: Traigo a un amigo que me gustaría que se quedara con nosotros.”

- “Claro,” le contestaron, “Nos encantaría conocerlo.”

- “Hay algo que tenéis que saber”, - el hijo siguió diciendo, “fue herido en la guerra. Pisó una mina antipersona y perdió un brazo y una pierna. No tiene a donde ir, y quiero que se venga a vivir con nosotros a casa”.

- “... lo siento mucho, hijo. A lo mejor podemos encontrar un lugar en dónde él se pueda quedar”.

- “... No, yo quiero que él viva con nosotros”.

- “Hijo,” le dijo el padre, “tú no sabes lo que estás pidiendo. Alguien que esté tan limitado físicamente puede ser un gran peso para nosotros. Nosotros tenemos nuestras propias vidas que vivir, y no podemos dejar que algo como esto interfiera con nuestras vidas. Yo pienso que tú deberías regresar a casa y olvidarte de esta persona. Él encontrará una manera en la que pueda vivir él solo”.

En ese momento el hijo colgó el teléfono. Los padres ya no volvieron a escuchar de él. Unos cuantos días después, recibieron una llamada telefónica de la policía de San Francisco. Su hijo había sufrido un accidente. Los padres, destrozados por la noticia, volaron a San Francisco y fueron llevados a su hijo. Cuál fue su sorpresa al ver algo que no sabían, su hijo tan solo tenía un brazo y una pierna.

Nos resulta fácil amar y acoger al otro cuando no nos crea problemas; cuando nos incomoda, solemos arrinconarlos, porque no sirven, porque nos roban la comodidad. Decía un santo que ir a visitar a los pobres nos cuesta porque “huelen” y esto repugna nuestra exquisitez. Por eso a todas estas personas preferimos alejarlas de nuestra presencia; otras veces, atender a una persona nos hace sentir incómodos, y preferimos no verla, así “ojos que no ven, corazón que no siente”. Y no nos damos cuenta de que no tratamos a los otros como nos gustaría que nos trataran a nosotros.

El día 4 de este mes, el Papa Francisco canonizó a Teresa de Calcuta. Sus credenciales son los millones de personas que han recibido ayuda, respeto, amor, acogida y esperanza cuando eran despreciados y arrinconados por la sociedad: los huérfanos, los pobres, los moribundos… Ella “trató de apagar la sed de Cristo clavado en la cruz”. Amó a todos como Jesús, especialmente a los más pobres y necesitados y lo hizo hasta el final de sus días.

     Cuentan que una señora, impresionada por verla bañar a un leproso, le dijo:

  • Yo no bañaría a un leproso ni por un millón de dólares,
  • La Madre Teresa le contestó:
  • tampoco porque a un leproso solo se lo puede bañar por amor.