Miércoles, 26 de febrero de 2020

Donde sueñan las piedras

Crónicas arrieras: Miranda del Castañar

(Foto inical de arriba de José González Martín, mirandeño. El resto del autor)

A veces al viajero lo recibe la ensoñación de las piedras, más que su cierta realidad pétrea.

Y a estos lugares son a los que se vuelve con ansias de seguir degustando la fabula que cuentan las calles, como revolotean las abejas en torno al callado y nutricio polen de las flores.

En la Sierra de Francia todas sus poblaciones tienen algo de este hechizo del que hablo. En esta ocasión, mis pasos me llevaron hasta una de sus señeras villas: Miranda del Castañar.

Apenas me aposenté en el Hotel Condado, mi curiosidad de colibrí me llevó en andas por la cuesta de la calle de la Perdiza. En la subida advertía el atrayente perfil que ofrece el caserío de Mirada cuando se deja rodar por la pendiente de la colina en que se asienta hasta el valle. Enseguida  me vi frente al torreón del castillo, esquinado por los juguetones cubos de su muralla, y me pareció que sin desmentir su función defensiva, tenía hechuras palaciegas. Lo contemplo desde su plaza de armas, coso taurino de los días de fiestas, y que según los que de estas cosas saben, es la plaza de toros cuadrada más antigua de España. Me adentro en el recinto murado de su casco histórico, uno de los mejores preservados de nuestro país, y andando por su calle principal, me detengo a cada poco a picotear con la vista las magnificas casas blasonadas, o no.

Dicen los que toman ojos de pájaro, que Miranda enseña desde el cielo forma de pez; o de una gran raspa de sardina más bien: con su espinazo de la calle central y sus espinas de las estrechas calles a derecha e izquierda.

Al día siguiente, la guía que ojeaba me sigue hablando de los pétalos históricos que enseña al viajero esta excepcional flor. Me cuenta de los años de La Reconquista, del siglo XV, del encadenamiento de tal conde con tal duque; de los Zúñiga, de las familias que dejaron su blasón en las fachadas antes de perderse como un aliento enamorado.

Pero pronto me empiezan a interesar más los mirandeños actuales que gustan de sentarse en los poyos de granito de sus calles como guardianes de las horas. Así me encuentro con Humildad Sánchez Coca, de 90 años, ataviada con el característico blusón y sayal floreado serrano. Tiene los cabellos albos, la tez pálida y unos ojos de intrigante azul. Ella espera en su calle junto a dos amigas, Matilde, de 77 años, y Marcelina, de 94, a que el calor se le vaya a la tarde como se le va a un plato de sopa. Me siento con ellas, y con Antonio Lucas, esposo de Matilde, y durante una hora compartimos palabra como se reparte el vino de una bota.

Unas calles más allá, me encuentro también en actitud sedente a Andrés Martín Cordobés, oriundo de Nuñomoral pero afincado en Miranda desde hace 50 años. Es un gran vendimiador, ahora menos, me dice, pero en los años en que Miranda era un océano de viñas, llegó, me asegura, a coger hasta 60.000 kilos de uvas al día. Muchas me parecen, pero no digo nada, pues hay en los lugares en los que es bueno que se fabule un poco. A nuestra charla acuden su hijo Tito, experto apicultor, y Manuel Sánchez Benito “Capirro”, gran conocedor de los secretos de los ríos, de las vides y de los montes. Y me lo asegura con tan convocadora seguridad, que me creo que este otoño no habrá seta u hongo que crezca por estos pagos sin su permiso.

Llegada la hora de comer tomo mesa en el restaurante Las Petronilas, donde Paulino me sorprende con una pluma de cerdo con tan mágicas escamas de sal, que aún me anda por el gusto.

Llegada la noche, el buen amigo José González Martín y su esposa María, maestra de la conversación, me acogen en su bodega. Miranda tal vez sea, de los de la Sierra, el lugar que más bodegas  tengan sus casas. Por estos amigos me entero del día a día de la Villa, de curiosas historias, de interesantes hitos históricos.

La luna ya se quería dormir en el cielo cuando bajaba a mi hotel. En la cabeza llevaba el halo de una frase dicha por José González, cuando al hablar de que mucha fruta, o las uvas mismas ya ni se cogen, o la dureza de la vida que había y aún hace partir hacia la emigración, me dijo que acaso el secreto no estaba tanto en vender la materia prima de mermado valor: sino el producto elaborado con ella. No la uva, sino el vino con sabiduría y medios…

Ya, cuando quería entrar en el sueño, lo hacía convencido que con la luenga historia, con su patrimonio y, sobre todo, con el día a día de sus habitantes, Miranda nos entrega a cada viajero el fino producto elaborado de su encanto.

Eso solo ocurre  en lugares de leyenda, esos que habitan  gentes sencillas, pero fabulosas.

Y a estos, a estos es a los que se vuelve.