Jueves, 18 de octubre de 2018

Machos, machitos y machotes

Que el machismo forma parte importante de los comportamientos, usos y costumbres de este país, es algo que aquí se acepta con un desinterés y una conformidad que nos desautoriza como sociedad inteligente y sana. Que la lucha contra los crímenes y el maltrato a las mujeres es algo que han conseguido convertir en asunto administrativo, tema marginal y cuasi folclórica conmemoración de cada crimen, es una vergüenza que debería cerrarnos la boca para hablar de derechos humanos, criticar cualquier fanatismo o siquiera pronunciar la palabra respeto. Pero que esas actitudes de desprecio y desinterés hacia el sufrimiento y la esclavitud de millones de mujeres se potencien públicamente y se incluyan en rituales y celebraciones, es algo que directamente nos hunde como país y como sociedad en el pozo de la indignidad.

Además de las flagrantes situaciones cotidianas y de convivencia que menosprecian e insultan la igualdad de sexos en este país, existe una realidad acríticamente aceptada de conformidad, especialmente masculina pero también femenina, con un estado de cosas que perpetúa la dominación “del macho” –decir aquí la palabra ‘hombre’ deshonraría su sentido-, y que durante siglos, y todavía, ha levantado muros de fanatismo e irracionalidad (y cómoda pasividad para muchos), que impiden el más mínimo análisis y mucho más la menor aproximación a su erradicación. Son los machismos en los rituales no sólo religiosos (si no nos fueran impuestos a todos, que lo son, podríamos despacharlos con un ‘allá cada cual con sus dioses’), sino de celebración de acontecimientos como banquetes nupciales, celebraciones previas, actos sociales, costumbres folclóricas, comilonas, cenas, aniversarios, bailes y muchos ritos que existen, sobre todo en las sociedades rurales, aunque no sólo, donde la mujer es sistemáticamente usada, despreciada, vejada, explotada y utilizada como camarera, cocinera, sirvienta, limpiadora, colocadora, barredora y cuantas labores se precisen para el disfrute “del macho” –y de su despreciada ‘parienta’- de la celebración de que se trate, eso sí, adornado en el momento justo de la exhibición de su ego, de la misma mujer explotada y vejada, cogida de su brazo con el vestido de fiesta que previamente, como el de su pareja, ha tenido que lavar, coser, planchar y preparar. Una tras otra, generaciones de mujeres atrapadas en costumbres para su desventura, expuestas al público escarnio si se atrevieran a cuestionarse un ápice de “sus obligaciones”, que en pleno siglo XXI siguen basureando la vida y falsificando los afectos de quienes sin duda merecen otro trato. Es el machismo atávico de la comodidad gandula de quienes para que les sirvan apelan a las tradiciones y a las ancestrales y sagradas costumbres de sus mayores; es el machismo de los que imponen, maltratan, insultan, desprecian, violan (las dolorosas violaciones de la pareja), inventan rituales, adjudican trabajos, labores y esfuerzos a las mujeres, entonando tal vez al tiempo coplas a la belleza de la femineidad local, sin olvidarse de criticar a esos fanáticos moros que mira cómo visten a sus mujeres. Es el puto machismo de toda la vida que los machitos de charanga y pandereta impedirán siempre que desaparezca, para seguir disponiendo de un desprecio-bastón que mantenga por los siglos de los siglos su propia podredumbre.