Domingo, 16 de diciembre de 2018

El silencio de la escritura

 

La pasada semana, por una mezcla de agenda ocupada, despiste y desidia, esta columna no vio la luz. Se confirmó, de esta manera, que el firmamento digital puede sostenerse sin su presencia. Y ello, que pone en cuestión valores relacionados con su necesidad o pertinencia, define también lo contingente de todo cuanto nos rodea, más aún si se trata de juego o deporte, por muy humano que sea su disfrute y por muy integrado que esté en la agenda de los ciudadanos.

 

Pasaron los Juegos y tras su muerte y entierro llegará un largo desierto: podemos vivir sin Juegos. Pasará la Vuelta, con su recorrido serpenteante por la geografía española, y el ciclismo dejará de ser noticia hasta el próximo Giro: podemos vivir sin ciclismo. Incluso el fútbol, de presencia mucho más prolongada e insistente, no está a salvo de caer en el olvido que promociona un modo de vida que nos impide tejer vínculos con nada y con nadie, que nos mantiene absortos en nuestro genio o mediocridad (pero absortos, en cualquier caso).

 

Nada importa nada, dirían los nihilistas, profetas que sin quererlo anuncian el advenimiento de su propio Dios (no Dios). Desde luego tampoco la escritura o la lectura, fuentes de conocimiento y por ello de insatisfacción. Leer provoca desazón –y abandono– en quien no es capaz de descifrar los mensajes, pero más aún en quien los encuentra y los identifica, en quien halla su espectro en las desalentadoras letras que tejen los que escriben para sobrevivir, distanciándose de un mensaje autobiográfico que disfrazan en forma de ficción.

 

Por suerte han llegado las ferias, con su pregón, ofrenda y fuegos artificiales, con el bullicio propio de quienes aún piensan que sentirse salmantino sigue siendo motivo de celebración a pesar de la hemorragia de talento o la herrumbre que luce su sistema productivo. Ruta de casetas y agenda de acontecimientos en mano, se desplazarán por las calles al mando de los carritos de sus hijos o de la mano de un nuevo noviete (o novieta). Al margen, no cabe duda, de los esfuerzos del deportista que pensando en Tokio ya se priva de una ración de panceta o de ese periodista deportivo que sufre por haber publicado un rumor incumpliendo todos los preceptos de la ética que le explicaron durante la carrera.

 

Y llega el jueves, y sale de nuevo –salvo despiste o enfado del jefe sin rostro de quien la redacta– esta columna con la que seguirá alimentándose el gigante Internet. Y este Pantagruel cibernético, que la degustará con mayor o menor entusiasmo, la devolverá por cualquiera de las vías de excreción de su organismo al retrete donde habitan las obras concebidas como inmortales por cuantos pensaron que escribir sobre deporte podía ser una buena opción.

 

Yo solo espero que disfrutaran con la columna de la semana pasada.