Martes, 25 de febrero de 2020

Juan Cabo Meana CMF (1953-2916)

Simplemente un misionero, simplemente un cristiano. Ha fallecido, en plena madurez, tras cuatro días de enfermedad, en Gijón, su tierra, hace una semana, el 27 de agosto pasado. Había ido de Ferrol, donde ejercía como párroco de varias parroquias rurales y como superior de la comunidad de Misioneros Claretianos, para visitar a su madre.

Le dio tiempo de verla, de darle un abrazo y despedirla. No pudo más. Un dolor fuerte le llevó al hospital, donde murió a los tres días, hace como digo una semana, de pancreatitis aguda, de fuerte infección que venía incubando desde los años fuertes de su vida misionera en la selva del Perú, donde seguía viviendo, pues “más vive al alma donde ama que donde anima” (San Juan de la Cruz).

Era de la raza de los grandes misioneros claretianos, que he podido encontrar desde Argentina hasta Guatemala, desde Brasil hasta México, hombres que han dado su vida por la Vida de los otros, compartiendo, animando, ofreciendo caminos de esperanza, a ras de tierra, con la gente, a ras de cielo, con la palabra siempre dispuesta a la escucha, al diálogo, a la sorpresa del amor que brilla y llama en Cristo.

Había nacido en Nació en Castiello, Berneueces, (Asturias), el 31 de marzo de 1953. Creció en su tierra, creció “en el mundo”, para ingresar ya maduro y formado en la Congregación Claretiana, donde emitió sus votos perpetuos el año 1982, partiendo ese mismo año para Perú, como misionero.

Fue misionero en Perú de costa a selva, en cuerpo y alma, durante 22 años (1982-2004). No fue con todo aprendido...
Fue a dar y aprender, y aprendió mucho..., con la formación más amplia de España, de América, del mundo, siempre desde el evangelio

En Perú estudió teología, allí aprendió a ser presbítero de la Iglesia, al lado de los más pobres, de todos, no como privilegio o dignidad, sino como servicio.

Tuvo siempre una palabra humana de compensión, una actitud cristiana de perdón, una tarea evangélica de solidaridad. Era un alma, todo alma: Ojos abiertos a la sorpresa de la vida, corazón dispuesto a la solidaridad.
Las dos fotos son de él... ¿La del centro?

Un camino de vida, un servicio de humanidad, una tarea de Iglesia

Volvió a España el 2004, y ha sido en estos últimos años superior de la comunidad claretiana de Ferrol, párroco de pueblos y aldeas, siempre al servicio de la vida de los demás, como un niño sorprendido por el don de la vida que es de Dios, es decir, que es nuestra y que nosotros muchas veces malgastamos.

No es mucho lo que he podido disfrutar de su amistad y su palabra, pero ha sido algo muy intenso, estos últimos años, a través de amigos comunes, a través de la palabra directa y de varios encuentros entrañables.

Seguía con asiduidad mi blog, venía leyendo algunos de mis libros, y así hemos conversado, nos hemos escrito… Me ha animado cuando creía que debía animarme, me ha mostrado sus reservas cuando yo me hacía demasiado teórico o dogmático (¡siempre con amor, siempre con cercanía… y creo que siempre con razón!).

Me ponía de vez en cuando un correo, en especial sobre el infierno que vamos creando en este mundo, sobre la necesidad del perdón y de la comprensión, sobre la exigencia de un cambio fuerte en la Iglesia, sobre la exigencia de una vida más evangélica, más fraterna… con su estilo fuerte, con su vocabulario intenso (¡lleno de expresiones claras y castizas!), con su inmenso mar de amor de fondo, mar abierto para todos, verde de esperanza.

Era amigo de los pobres a los que dedicó su vida, incluso estando enfermo, en los últimos meses, sin querer reconocerlo, sin tiempo para sí, con todo su tiempo para los demás, cientos que llamaban a la puerta de su vida para recibir consejo, para escuchar siempre una voz de ánimo y ayuda.

Era amigo de los amigos, hombre de fidelidad inmensa, de consejo de verdad, de compañía siempre dispuesta a la acogida, a la palabra.... Era un hombre de verdad, en la vida social, en la vida de la Iglesia, en la teología… Así le recuerdo, buscando y desplegando el testimonio de su vida madurada en el amor intenso a los demás, en sus parroquias, en su comunidad, con sus amigos comunes.

La última vez que le he visto fue en abril. Fuimos Mabel y yo para un cursillo, y nos invitó a comer junto a Ferrol, a la ver del mar, en la ría de Ares. Fue la última conversación, sobre el futuro de la Iglesia, sobre el sentido de la vida, sobre el amor, con José Enrique, nuestro amigo común.

Fue un día bueno. Yo no sospechaba que sería la despedida. Pero así ha sido. Después nos hemos dirigido unos correos…, sin saber tampoco que le estaba llegando la muerte, como de sorpresa, en su tierra de Asturias, donde había ido para “despedirse” de su Madre.

Sé que en el hospital tuvo el mejor recuerdo para todos sus amigos, incluso para mí. Apenas tuvo unas horas para reconciliarse con la vida de Dios, no las necesitaba, estaba reconciliado desde el fondo de la sonrisa de su alma. Le lleno la infección general, y así quedó “dormido” durante dos días, para despertar en la Gloria del Padre, el sábado pasado, 30 del 2016.

Le han recibido sus campesinos y pobres de Perú, muertos antes que él. Le acompaña su inmensa sonrisa, su inocencia de niño grande, su amor de compañero fiel, cristiano intenso.

Juan, hombres como tú no tenían que morir. Pero habiendo muerto, nos acompañáis a vivir. Juan, tú no has muerto por ninguna enfermedad externa... Has muerto por madurez interior, porque has dado todo, te has dado hasta el fin, y así dándote, has llegado a la orilla de la Vida de Dios, junto al mar de tu tierra, y le has dicho: ¡Aquí estoy! Y él, nuestro Dios, aquel a quien tú amabas amando a los demás, te ha recibido.

Gracias por haber vivido, gracias por la amistad que nos has ofrecido. Gracias por la luz que han llevado en tu alma. Un abrazo, con un beso de Mabel. Desde ahora, hasta pronto.

(Añado aquí la semblanza que le ha dedicado J. C. Enríquez, nuestro amigo común, en http://maranathacristoessalvacion.blogspot.com.es/2016/08/juan-cabo-un-hombre-de-dios.html

Juan Cabo, un hombre de Dios

Juan, amigo, Como Agustín Villamor y tantos otros misioneros hiciste opción por los marginados sociales, por los pobres, por las clases humildes. Sufriste también porque las almas grandes sufren mucho al ver que no pueden hacer nada tan grande como Dios merece.

Los magnánimos como tú son fáciles de reconocer porque tienen detalles especiales y delicados y están siempre disponibles sembrando alegría en todo su alrededor, resolviendo situaciones difíciles, creando optimismo y oxigenan el ambiente. Por eso sé que fuiste para muchas vidas como un oasis en medio del desierto que es el mundo actual.

Pudiste alguna vez equivocarte, pero siempre de corazón limpio y alma grande.
Donde tú estabas te hacías notar por tu grandeza física, pero sobre todo espiritual.

Jesucristo fue el motor de tu vida. Tú sabías muy bien que el camino radical para la curación de los males de nuestra sociedad es la construcción de una sociedad cristiana sin estar separada en un gueto, sino en medio del mundo; la cual está animada en todo espíritu cristiano comunitario.

Tu disposición para escuchar al prójimo y aprender de él siempre iba unida a lo que san Ignacio llamaba con palabras paulinas “discreción de espíritus” así el diálogo siempre es sincero, profundo y revelador. Buena muestra de ello es que mis amigos evangélicos que te conocieron en una comida fraternal en mi casa de La Coruña se interesaron por ti y me encargaron que le transmitiera su más sincero pésame a tu comunidad de claretianos y a D. Luis Ángel.

Tu muerte ha caído como un jarro de agua fría, pues eras querido por muchas personas. En los últimos días se han interesado por tu salud desde Suiza, Francia, Perú, Italia y Estados Unidos.

Tú tenías la eminencia del que no se deja hundir y pasara lo que pasara, sabias adelantar siempre tu cabeza a la luz.

Había también en ti algo de roca y era porque ante los problemas comunicabas siempre seguridad. El monte no se asusta ante el abismo.

Fuiste un misionero mensajero de paz y de esperanza, protagonista de todo menos de ti mismo.

Creías en las personas hasta el exceso, por eso me acompañaste y me sacaste del pozo en el que estaba cuando me conociste.

Tu ayuda a los demás siempre fue como decía hace pocos días D. Luis Ángel en Galicia Ártabra: “con convicción y decisión de caminar con los demás y ayudar al que lo necesita”

Los maestros de la vida espiritual dicen que las almas grandes como tú pueden sostener ante Dios una nación entera, porque Dios siempre quiere calidad y no cantidad.
Gracias Juan, tu semilla de utopía y esperanza generosamente sembradas no morirán jamás, pues el Padre te ha cogido con la lámpara bien llena.

Solamente los magnánimos como tú llegan a una autentica vida espiritual porque le dan todo a Dios de una vez, mientras que los demás ponemos limites a nuestra entrega.

A pesar del dolor, que es grande, sé que no todo ha terminado, porque si nuestra esperanza en Cristo se limitara a los límites de este mundo seríamos los más dignos de compasión de todos los hombres.

La resurrección de Jesús es la garantía de nuestro futuro tras la muerte. “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. (Jn.11:25-26).
El fundamento y la seguridad de nuestra esperanza descansan, por tanto, en la resurrección corporal de Cristo. Porque, en palabras de Pablo, “Si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra fe" (1 Co 15:17). Esta esperanza, en una vida plena y eterna nos libra a los cristianos del horror natural ante la muerte, iluminan las tinieblas que envuelven el acto de morir y cambia la naturaleza del duelo.

A ti la gloria. ¡ O nuestro Señor!,
Te alzaste pujante, lleno de poder,
Más que el sol radiante al amanecer
Libre de penas, nuestro Rey Jesús
Rompe las cadenas de la esclavitud
¡Ha resucitado, ya no morirá!
Quien muere al pecado en Dios vivirá
HÄNDEL

José Carlos Enríquez Díaz