Martes, 23 de julio de 2019

Eliminar barreras

Hubo una vez dos monjes que vivieron juntos durante cuarenta años y nunca discutieron. Un día el uno dijo al otro:

 “¿No es hora de que discutamos al menos una sola vez?”

 Está bien, comencemos. ¿Sobre qué hemos de discutir?-dijo el segundo monje-

“¿Qué te parece este pan?”- respondió el primero

“Está bien, discutamos sobre el pan. Y, ¿cómo haremos?-preguntó el segundo-

 “Este pan es mío, me pertenece”-contesta el primero-.

“Si es así, tómalo”-replicó el segundo  (Cuento oriental).

La paz no es destruida por una discusión, sino por lo que produce esa disputa: el egoísmo, ya que éste endurece el corazón y lo vuelve frío e interesado. Y cuando el ser humano sólo es capaz de mirar para sí mismo, su familia, cuando no importan los demás, este mundo se hace inhabitable.

   Y la paz no solamente se destruye matando a otro, sino con la disputa, el enojo. Para los guaraníes el enojo es algo que no tiene sentido. Ellos eligen su jefe y dicen que si él se enoja, si pierde los estribos, entonces deja automáticamente de ser jefe y tiene que irse a otro grupo, a un destierro, porque una persona que no es capaz de dominarse, no puede decirle nada a la comunidad ni construir la comunidad.

   “Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5.9). Bienaventurados los constructores de la paz, los que la posibilitan, los que dan su vida para que no reine el odio, rencor, hambre, sufrimiento.

   La paz es un don de Dios que da simplemente a aquellos que caen en la cuenta que el Señor les ama. La paz ofrecida por Jesús es siempre fruto del amor, de la verdad; la paz del mundo está basada en el miedo, mentira, amenaza, fuerza, armas y poder.

   La paz hermana a los pueblos y razas. Por el bautismo recibimos esta filiación y al revestirnos de Cristo, todos somos uno en Él. Así, pues, ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, no hay varón ni mujer. El reto que tiene el cristiano es el de eliminar las barreras de la comunidad: sexos, razas, credos. Y las barreras, muchas veces, empiezan por una simple discusión.