Sábado, 15 de junio de 2019

«Privatizar» las palabras

Esta semana hemos podido comprobar, quizá habría que decir sufrido, un ejemplo más de cómo los que representan al poder escenificaban una suerte de debate sobre el buen gobierno.

No vayan a pensar que me estoy refiriendo sólo a los diputados, ni tan siquiera a todos ellos. Hablo de los llamados medios de (cierta) comunicación, y no de todos. Medios que dedican sus esfuerzos, dicen, a informar y crear opinión, filtrando el exceso verborrágico de los diputados, por si fuera el caso que sus intervenciones no hubieran dejado demasiado claro qué es lo que quieren los verdaderos dueños de sus palabras.

Dice el economista Fernando Luengo que:

Hablar y escribir sobre la desigualdad no es suficiente. En este sentido, vivimos instalados en la ceremonia de la confusión. Es confuso, por ejemplo, que el FMI y la OCDE, al mismo tiempo que nos advierten sobre las consecuencias negativas de la desigualdad, pidan o exijan una nueva vuelta de tuerca a la reforma del mercado de trabajo.

Para preguntarse después:

¿Cómo se pueden defender políticas de equidad y al mismo tiempo mantener intactas o con cambios cosméticos las reformas laborales que se han llevado por delante la negociación colectiva?

Recordando el hecho de que:

También resulta inconsistente, por decirlo con suavidad, clamar contra la inequidad y mantener intacto el actual sistema tributario, caracterizado por una profunda regresividad o entregar recursos a manos llenas a los grandes bancos.

Y concluye:

Resulta, en fin, contradictorio e incompatible con una sincera y coherente defensa de la equidad situar la política económica en la lógica del cumplimiento de los objetivos fiscales impuestos por la Comisión Europea. [...]

Sin olvidar que:

Se habla mucho en estos días de la investidura y de la formación de un gobierno, pero apenas se pone sobre la mesa lo que verdaderamente importa a la gente.

Un nítido y concluyente ejemplo de lo quiere y necesita la gente lo recoge, sin adornos y sutilezas fílmicas en su forma de contar, poniendo el ojo de su cámara en nuestro ojo cotidiano, el de todos los días, el director Juan Manuel del Castillo. Su película techo y comida;  que de este modo titula, desnudando a los dos términos de mayúsculas para que los reconozcamos cercanos y necesarios, y recordándonos también, que la suma de las dos palabras son elementos esenciales para poder llevar una vida digna.

Hace unos días, una amiga del lado de allá me hizo llegar un hatillo de palabras libres. Dos poetas, arropados por un grupo de personas atentas a su decir, se iban ofreciendo la palabra poética.   

Y ahora, cuando vengo de escuchar de nuevo los mensajes privatizados de quienes dicen ser nuestra voz, y constato, una vez más, que sólo buscan su rédito, su tanto por ciento para ofrecerlo en pleitesía a su voz debida, vuelvo a sentir la verdad de la palabra olvidada en la de uno esos poetas, Carlos Skliar:

No tienen prisa las palabras en decir. La urgencia tiene voz atragantada. La prisa alborota los sonidos y se acaba por decir todo lo contrario. La rapidez siempre es extranjera. El barullo es un jeroglífico que no descifraremos nunca.

A veces, conviene distanciarse de ciertas expresiones para poder entrar en su significado. Pareciera en principio contradictorio pero, alejarse de ellas, permite descubrirlas en su contexto verdadero: no siempre el bosque nos impide ver el árbol…

Ocurre como con las comillas, que no sólo sirven para citar textualmente, según nos recordaba el filósofo Giorgio Agamben la semana pasada: ¿Qué significa, de hecho, poner una palabra entre comillas? Con ellas quien escribe toma distancia del lenguaje: indica que un determinado término no es tomado en la acepción que le correspondería, que su sentido ha sido alejado (citado, llamado hacia fuera) del habitual.

Quienes las leyeron, recordarán también cómo me alejaba del término «Viviendas secundarias» para descubrir sus contornos y, para no perderme,  las entrecomillaba.

Al poco de iniciarse este mes, llevaba a cabo la misma operación con la expresión recurrente y septembrina del «síndrome postvacacional». Me preguntaba con sesgo retórico que quizá una de las formas de afrontar pudiera ser también... ¿consiguiendo trabajo? o disponiendo de…  ¿unos sueldos dignos?

Hoy, después de escuchar de nuevo las palabras prestadas con intereses usureros, y viendo el recuento de los votos que nos han privatizado, me sostengo en los Hilos que me prestan las libérrimas palabras de la otra poeta que refería unas líneas más arriba, Chantal Maillard, que nos ofrece su poderosa voz de silencio, tan necesaria, imprescindible en estos momentos:

Uno.
Porque hay más.
Más están fuera.
Fuera de la habitación.
Fuera de las demás habitaciones.
Fuera de la casa.
La casa es demasiado grande.
Se extienden cuando duermo.
Porque también hay muchas.
Últimamente están deterioradas.
Húmedas. Ciegas.
Depende de los días.
Depende de las nubes.
También de las imágenes.
Sobre todo, depende de los hilos.

Partir es dar pasos fuera.
Fuera de la habitación.
De la mente, no:
no hay. Hay hilo.
Partir es dar pasos
fuera de la habitación con el hilo.
El mismo hilo.

A veces se rompe
el hilo. Porque es endeble,
o porque la otra habitación
está oscura. Sin
querer, tiramos de él y se rompe.
Entonces queda el silencio.

Pero no hay silencio.
No mientras se dice.
No lo hay. Hay hilo,
otro hilo.
La palabra silencio dentro.
Dentro de uno –¿uno?

La imagen que abre el artículo corresponde a un CIE (Centro de Internamiento para Extranjeros) de nuestro país.

Rafael Muñoz