Lo posible y lo pensable

Ayer, mientras paseaba, recobre de la memoria una idea que en otro tiempo prometí desarrollar en alguno de mis artículos. Quizá el tema para mucha gente no tenga la menor importancia, pero a todos nos afecta.

Debo señalar, como introducción a mis observaciones, que todo lo posible se puede pensar. La mayor parte de nuestros actos, antes de materializarse, fraguan en la mente como fruto de la reflexión.

Sin embargo, todo aquello que pensamos no es posible llevarlo a la práctica. Buena parte de nuestros pensamientos chocan frontalmente contra esa posibilidad. Hemos de hacer numerosos cambios; realizar cuantiosas adaptaciones y depurar no pocos matices, antes de que nuestras ideas ofrezcan posibilidades reales de integrarse en un proyecto.

De esta suerte, las ideas, vienen a ser como pinceladas de la realidad. Se trata de trazos imprecisos que apuntan en una dirección. Pero son aprovechables, si antes no se depuran para extraer de ellas su parte positiva. ¿Por qué digo esto? Sencillamente, porque la sociedad en que vivimos, nos induce a olvidar este protocolo, en beneficio de un crecimiento rápido en todos los órdenes. Esto hace que nuestras ideas no sean filtradas convenientemente. La prudencia que impone el sentido común, no aparece por ninguna parte, y por eso, muchos de nuestros proyectos, caen al poco tiempo de ser levantados. 

 Los  hábitos malsanos; las costumbres visiblemente adulteradas por el egoísmo que busca, a toda costa, la ganancia fácil, han convertido al hombre en un ídolo de barro, repleto de ideas inviables.

Siempre pretendemos ser los primeros para ratificar nuestra superioridad sobre los demás. Demasiadas veces, nuestra arrogancia, nos hace creer mejor de lo que somos, y por eso determinamos que, todo aquello que pensamos, es susceptible de llevarse a la práctica. Gran error, que nos conduce repetidamente hacia el desastre.

No es discutible la tendencia de nuestra naturaleza. Siempre miramos hacia adelante. La evolución así lo determina. Luchamos sin descanso por conocer lo nuevo; tratamos por todos los medios de alcanzar la cima pero, una vez arriba, nos sorprende la noche sin la previsión necesaria.  

El sentido común y la prudencia; pilares fundamentales que, como las luces rojas, nos anuncian la inminencia del peligro, hoy no sirven para nada. Ni siquiera a través de la educación se enseña a los jóvenes que, los éxitos, dependen más del esfuerzo continuado, que de las malas artes y de la suerte.

Cada uno de nosotros formamos parte de un mecanismo organizado que, muestra deficiencias, cuando descuidamos nuestros compromisos. Si omitimos reiteradamente nuestras obligaciones, dañamos gravemente su funcionamiento,  y ese daño se hace extensible a toda la sociedad.