El populismo del pueblo.

Cuando uno lee a ciertos escritores y periodistas o escucha las arengas de mediocres políticos pontificando acerca de la libertad, sentido común o responsabilidad, siempre me acuerdo del dichoso teorema de Gödel. Teorema de la incompletitud que, simplificando un pueblo, viene a decir: “en las matemáticas existen ciertas proposiciones que no se pueden demostrar ni refutar”.  Si tal acontece en el contexto del lenguaje más formalizado existente, ¿qué diremos de las rotundas afirmaciones y juicios de valor vertidos en el coloquial? Pues diremos que la totalidad de tales rotundas afirmaciones serán siempre discutibles. Como diría Wittgestein la pregunta sobre el significado de una palabra no es correcta, sino el significado del uso, del contexto en el que su utiliza, del “juego del lenguaje” empleado. ¿Quién puede definir de manera unívoca la vida? Sin embargo, aún hoy muchos siguen aferrados a la ilusoria “certeza” de que existen entidades abstractas, universales y reconocibles en sí mismas. Opongamos a tal discurso el de John Stuart Mill: “no hay nada general, excepto nombres”. Lo que hay son “particulares”, casos concretos, juegos de lenguaje. Quiero decir, uno no es libre “en sí” (universal), sino “respecto de” (particular). Respecto de algo contingente y para nada inmanente: de un encierro o de un brote psicótico. ¿Y todo esto a qué viene? Este tedioso rodeo discursivo viene a propósito de un artículo de Javier Cercas publicado en el País Semanal. En él se dice que no hay populismos buenos, que todos son malos y, además, llenos de rabia, caudillos e hipocresía. Sigue: que nadie con dos dedos de frente se cree que el pueblo sea virtuoso. Aún más: que el pueblo (como significado) es una “abstracción de trilero”. Por lo que se ve el Sr. Cercas tiene tres o más dedos de frente. Tantos, tantos, que se pasa por el arco del triunfo lo que dice Jean-Jacques Rousseau en el Libro II, Cap.VI acerca “De la Ley” en el Contrato Social, piedra de toque de cualquier democracia actual: "Es, pues necesario que haya contratos y leyes para unir los derechos a los deberes y conducir la justicia a su objeto… Las leyes no son realmente sino las condiciones de la asociación civil. El pueblo sumiso a las leyes debe ser el autor de las mismas” Algo parecido respecto al artículo 1.2 de la Constitución española: “La soberanía nacional reside en el pueblo español”. Ahora bien, supongamos, desde esta perspectiva legal y sociológica, que ese pueblo, o una parte significativa del mismo, ha dejado de ser el autor de las leyes (art.135 CE)  y que las condiciones de la asociación civil resultan menoscabadas gravemente (corrupción), en los hechos, materialmente hablando. O, en otros términos, que los “Derechos y libertades” enunciados en el Cap.II de la Constitución no son respetados debidamente por las autoridades electas en el ejercicio de sus funciones representativas de la voluntad popular (recortes sociales). Entonces, si el pueblo detenta la autoría de las leyes y esas no se cumplen me imagino que, al menos, tendrán derecho a protestar y a organizarse. Lo cual debería ser un motivo de tranquilidad para cualquier ciudadano demócrata. ¡Pues no¡. Los mismos dirigentes políticos, y corifeos, que incumplen sus deberes recriminan a los trileros su comportamiento populista. Más aún, les confunden cínicamente con los “malos”. Esos que postulan medidas contrarias a los Derechos Humanos, relativas a la inmigración, asilo y vigencia del Estado de Derecho, por ejemplo. Lo preocupante no son las protestas articuladas democráticamente desde un nuevo o viejo partido de izquierdas. Lo preocupante es volver a sentir en sus dichos y escritos ese olor fétido que envolvió durante decenas de años a los españoles. En resumen: Sr.Cercas, desde la perspectiva coronada de Luis XVI tiene toda la razón. Sin embargo, por fortuna, existen otras más democráticas   para la gente de a pie.