Somos hijos de nuestras circunstancias

Termino de leer un artículo titulado, “La literatura infantil como garantía de derechos”. En el mismo se destaca la importancia de la lectura de tales textos como un valioso instrumento de aprendizaje social orientado hacia niños y jóvenes transgresores. La autora de ese sensatísimo aporte es una jueza argentina de garantías del joven. Tuve el honor de conocerla, hace ya unas decenas de años, en Salamanca. En esta Universidad se doctoró con suma brillantez. Su propuesta incide, sin que se haga mención expresa, en el núcleo del conflicto: el desarrollo cognitivo de la persona. Con demasiada frecuencia, detrás de una conducta penalmente relevante se esconde el escaso desarrollo cognitivo de su autor. Tales carencias provienen de una primera infancia ausente de todo afecto, salvo aquellas, pocas, explicables por la herencia. La capacidad de adaptación, la resiliencia de esas personas es mínima o nula. De ahí su inclinación hacia todo tipo de adicciones y conductas emocionales descontroladas. Muchas de aquellas terminan sus días en la cárcel, después de haber transitado por innumerables centros de acogida para menores infractores o correccionales. Nuestro código penal, prevé algunos supuestos de ausencia de responsabilidad que podrían alcanzar a un número muy reducido de aquellas. Si bien, alegando otras circunstancias concurrentes distintas a las más arriba enunciadas. En otras palabras, el haber nacido en la calle, el haber nacido en el seno de una familia desestructurada, no constituyen ninguna eximente y, por lo tanto, son considerados plenamente imputables. Topas y otras macro cárceles están llenas de ellos. Y para ellos no existen medidas reeducativas aplicables. Su responsabilidad penal se considera exactamente igual a la que detenta el director de un banco condenado por malversación o un juez por prevaricar. Reconozco sentirme indignado por tamaña falta de equidad manifiesta en la letra de la ley y en el acto del juzgamiento. En efecto, nuestro código penal se informa y elabora en base a la teoría del delito cuyos orígenes hay que buscarlos, hace cien años, en Alemania. Sin duda supuso una formidable herramienta de análisis. No obstante, hoy, a la luz de los últimos avances neurocientíficos, psicológicos y sociológicos, requiere de una seria actualización. ¿Se nace o se aprende a ser libre? Yo, otros también, pensamos que no somos libres en ese sentido absoluto tan caro al pensamiento religioso y a cierta filosofía alemana (la kantiana). Pienso que somos hijos de nuestras condicionantes genéticas, en primer lugar; y de nuestro aprendizaje social y personal, en segundo lugar. Así pues, el grado de libertad personal: ¿no dependerá de las muchas o pocas capacidades personales utilizadas en la toma de una decisión? Si así fuera: ¿la capacidad decisoria de un gamín (niño indigente criado en la calle) será la misma que la del niño criado en el seno de una familia afectuosa y responsable? La neurociencia nos dice que no. Nos dice que el cortex prefrontal de uno y del otro son morfológicamente distintos y, en consecuencia, su desarrollo cognitivo. La neurociencia también nos habla de la plasticidad del cerebro. En efecto, esa mala morfología puede modificarse, para bien, en base a un arduo y costoso aprendizaje (entre otros y el más importante: el emocional).

PD. Mi mayor crítica hacia nuestros políticos de turno, se refiere a su absoluta falta de sensibilidad respecto a una necesidad crucial para el presente y futuro de una nación: la educación de sus ciudadanos. Hablo de educación, no de “adoctrinamiento”.