Viernes, 19 de octubre de 2018

A los olímpicos (a todos)

Como a los antiguos generales romanos al regreso de sus campañas victoriosas allende las fronteras de la Península Itálica. Así reciben también a los triunfadores de los Juegos Olímpicos en sus pueblos de origen. Orgullosos de sus paisanos, entonan canciones populares, enarbolan banderas, portan fotografías y exigen abrazos y autógrafos de sus héroes. “Lo vi nacer”, “jugaba con mi hijo” o “le cortaba el pelo” son alguna de las expresiones que sobresalen entre el clamor de la masa. Una medalla de bronce se canjea por una calle, una de plata por una avenida. Una de oro, claro, qué menos que una estatua.

 

Pero regresan todos. También los cuartos y los quintos, a quienes espera la familia para cargar con los bultos y felicitarlos de forma discreta. En muchos casos han sido décimas las que los han apartado de un podio (y de una calle), pero aquellas son motivo suficiente como para que no haya confeti ni discursos preparados. Y no se quedan en Rio los sextos, los séptimos y los octavos, que ya hablan por teléfono con sus hermanos pequeños para encontrar un hueco en las paredes de la casa donde situar el diploma olímpico junto a los de los campamentos de verano y los cursos on-line de inglés.

 

A duras penas alcanzan su hogar, en cambio, todos aquellos que decepcionaron, fracasaron o rindieron por debajo de su nivel. Les queda la etiqueta de ser olímpicos de por vida, pero también querrán hacerse inmortales las pesadillas del día después y los interrogantes a los que no fue posible dar una respuesta. ¿Por qué no le funcionaron las piernas a Miguel Ángel López? ¿En qué falló la estrategia de los equipos de waterpolo, balonmano femenino o hockey hierba masculino?

 

Llegan felices, por su parte, los que tenían bastante con ser personal de reparto en este acontecimiento a escala mundial. Se hicieron selfis en la ceremonia inaugural, fotos con Pau Gasol, Mireia Belmonte, Rafa Nadal y Ruth Beitia. Lo dieron todo en la pista, el hipódromo, la bahía,… Vuelven contentos y contando anécdotas que se repetirán cada Nochebuena.

 

Y se queda Rio, con sus playas de postal y sus morros, que definen una skyline fácilmente reconocible. Lo hace preguntándose dónde está todo el mundo, por qué se hallan vacías ahora las gradas y no se escuchan en ellas bocinas ni aplausos. Permanece la ciudad como obra imperecedera del hombre frente a esta otra, fungible y esencialmente fugaz, que son los Juegos Olímpicos, con su infraestructura de cartón piedra y su propio elenco de actores, de los que solo tres o cuatro, los Newman, Brando o De Niro del tartán, la carretera o la piscina, sobrevivirán a la inevitable fagocitación que llevará a cabo el olvido.

 

A los olímpicos. También a los que ya murieron u olvidamos.