Martes, 25 de febrero de 2020

Mía es la tierra, dice Dios, y quien la destruye me niega, y niega a sus hermanos

Sigo con el tema de ayer (¿son pocos los que se salvan?), para responder desde una perspectiva nueva:

Los que destruyen la tierra se destruyen a sí mismos, niegan a Dios y se "condenan", pues han ido en contra de la nueva tierra de la resurrección.

Mía es la Tierra, dice Dios en Levítico 25, 23; por eso, comprar la tierra como propiedad exclusiva significa acaparar a Dios, lo mismo que comprar las estrellas del cielo, el viento de los aires o el agua de los mares.

Mía es la tierra, de forma que ella ha de ser de todos los hijos de Dios, de manera que comprarla o venderla, herirla o destruirla es destruir al mismo Dios, como decía el Levítico y ha repetido Francisco en Laudato si. Nosotros no somos sus dueños, sino administradores y guardianes (cuidadores), al servicio de todos, conforme a un argumento que viene desde el Génesis (cf. Gen 2), pasa por el evangelio (Mc 12, 1-10 y paralelos) hasta el Apocalipsis (cf. Ap 21-22).

Por eso, según la ley del Jubileo Israel y la Bienaventuranza de Jesús (Mt 5, 5), la propiedad privada y el uso destructor de la tierra, por parte de algunos, en contra de todos, se opone a la experiencia de la Biblia, va en contra del mensaje y de la vida de Jesús, quien dijo, del modo más solemne, que sólo los mansos heredarán la tierra, y podrán disfrutarla y compartirla, sin armas ni guerras, sin imposición de unos sobre otros.

Decir que la tierra es de Dios, según la Ley del Jubileo (Lev 25) significa afirmar que es un bien universal y que de esa forma todos, cada pueblo, cada clan, cada familia, tiene derecho a la suya, para así compartirla entre todos, de forma que ella no se puede comprar ni vender según ley de mercado.

Ciertamente, la Biblia sabe que hay conflictos por la tierra, pero supone que deben superarse, de tiempo en tiempo, de forma que han de quedar libres el año del Jubileo (cada siete o cada cuarenta y nueve años), es decir, volverán a repartirse entre todos los hombres y mujeres, pues son hijos de Dios, de una forma igualitaria, es decir fraterna, pues Dios es de todos y lo mismo la tierra.

Esta ley define el carácter transitorio de las conquistas y cambios económicos realizados con violencia (por imposición de la pobreza y la riqueza): sobre todas las posibles leyes del derecho positivo, sobre las varias formas de conquista y enriquecimiento humano, sobre el derecho de conquista y posesión de los diversos pueblos conquistadores...la Biblia israelita ha destacado la exigencia de un retorno a la posesión igualitaria de la tierra (de los bienes) entre los habitantes de Israel (es decir, de los pueblos del mundo).

Este ley define el carácter sagrado de la Tierra y ratifica la "posesión" gratuita y fraterna de sus bienes al servicio de todos, y en especial de los más pobres.

El bien fundamenta de todos los humanos es la tierra, y con ellas sus valores comunes: el agua y el aire, el calor del sol y las estrellas, incluso los grandes minas, como en la imagen 3.

Ella, la tierra madre es el primer signo y presencia de Dios para los hombres. Ciertamente, podemos utilizarla, pero siempre con respeto, sin destruir su equilibrio de vida, sino cuidándolo con espero, al servicio de todos... Pues destruir la tierra es herir al mismo Dios y robar a los hermanos.

La tierra no puede venderse para siempre

Tanto el Éxodo, como el Deuteronomio y Levítico suponen que los israelitas no pueden vender la propiedad, sino el uso de la tierra (de los bienes naturales), pues la propiedad ha sido regalada por Dios, como bendición, para cada una y para todas las familias del pueblo.

Actualmente, nosotros, miembros de una sociedad de mercado, tendemos a pensar que todo se compra o vende, según la voluntad de los propietarios, de manera que algunos pueden acaparar la propiedad de todos, según una “ley del Capital”, que convierte la vida en pura mercancía.

Para un israelita antiguo, eso resulta inaceptable: la propiedad de la tierra es un don perpetuo de Dios para las familias que lo han recibido (cf. 1 Rey 21). Es un don o regalo que no puede venderse para siempre, como no se puede vender la propiedad de las personas para siempre (ningún israelita puede ser esclavo por toda la vida). Eso significa que puede venderse el uso de la tierra, por un tiempo limitado:

[a. Principio] Si vendéis o compráis la tierra a vuestro prójimo, nadie engañe a su hermano.

Según la ley del Jubileo (Lev 25), la tierra ha de compartirse entre todos, de forma que nunca se compra o vende su propiedad, sino su administración, es decir, su uso (siempre limitado) por un tiempo, para bien de todos

[b. Ley de venta del uso de la tierra] Conforme al número de años transcurridos después del jubileo, comprarás a tu prójimo; y conforme al número de cosechas anuales, te venderá tu prójimo a ti. Según el mayor número de años, aumentarás su precio de compra; y según a la disminución de los años, disminuirás su precio de compra; porque es el número de cosechas lo que él te vende.

[a’. Parénesis] Ninguno de vosotros oprima a su prójimo, mas bien, teme a tu Dios, porque yo soy Yahvé, vuestro Dios (Lev 25, 14-17).

Se vende según ley el uso y trabajo en la tierra, con sus cosechas o frutos no su propiedad, que permanece vinculada para siempre a la familia, a la comunidad, a todo el pueblo… y se vende sólo por algunos años: hasta el próximo año sabático (cada siete años) o hasta el jubileo (cada 49 años).

Esta ley protege al pequeño propietario campesino, impidiendo que los especuladores más fuertes y los chantajistas o violentis se apoderen para siempre de la tierra; esa ley supone que todos los hombres del pueblo de (padres de familia) son co-propietarios de la terra.

Para fundar la convivencia entre hermanos (iguales), de manera que vivan en paz, resulta necesaria la certeza de que los pequeños agricultores pueden poseer y recuperar la tierra en paz, según ley, en caso de perderla o tener que enajenarla.

Es necesario que nadie engañe ni oprima a su prójimo: que todos los israelitas se sientan protegidos por una ley que concede a cada uno el derecho a seguir poseyendo en su raíz la tierra y de poder recuperarla, de manera personal o a través de la familia, en caso de venderla o perderla.
Por eso, es necesario que nadie engañe (a) ni oprima (a’) a su prójimo. Así lo establece la ley del rescate, de tipo social y familiar, más que individual: quiere salvaguardar la propiedad grupal de las tierras, de manera que ellas se mantengan bajo propiedad del clan, sin que caigan en manos de extraños ((No hay libertad donde no pueden compartirse las tierras, los bienes).

Rescatar la tierra, restaurar la propiedad igualitaria

[Tierra divina] La tierra no se venderá a perpetuidad,
pues mía es la tierra y vosotros sois ante mí extranjeros y huéspedes (=gerim y toshbim). Por eso en todas vuestras posesión daréis derecho a rescatar la tierra.

[Rescate 1º] Si tu hermano se empobrece y vende algo de su posesión, vendrá su pariente (=goel) más cercano) y rescatará lo que su hermano haya vendido.
[Rescate 2º] Si no tiene quien se lo rescate, pero consigue lo suficiente para rescatarlo él mismo, entonces contará los años desde su venta y pagará el resto a quien la compró. Así volverá a su posesión.
[Rescate tercero o Jubileo] Pero si no consigue lo suficiente para rescatarla, la propiedad quedará en poder del comprador hasta el año del Jubileo. Entonces quedará libre en el jubileo y volverá a su posesión (Lev 25, 23-28).

Mía es la tierra... De esa forma habla Yahvé, estableciendo un dogma o principio que podríamos hallar en otros pueblos del entorno: muchas sociedades han pensado que la tierra cultivada (y no cultivada) es propiedad de un ser divino que la dona a sus amigos. Por eso, es sagrada, pertenece a Dios, y, como tal, no puede convertirse en mercancía: no se puede vender, sino que sólo se “hipoteca” o presta por un tiempo, de manera que puede recuperarse o rescatarse siempre.

Conforme a una ley anterior, de Dt 15, cada siete años se instauraba un nuevo orden económico: se perdonaban las deudas, quedaban nuevamente libres los esclavos... Pero esa ley no afectaba en su raíz al dominio de la tierra, que seguía estando en manos de los propietarios primigenios.

Jubileo. Rescatar la tierra para que así sea propiedad de todos

Pero han surgido circunstancias nuevas. Muchos campesinos han perdido la tierra, en los cambios políticos y sociales vinculados a la expulsión y al exilio. En estas circunstancias, muchos campesinos, que habían sido propietarios de ella, no podían volver a recuperarla a través de los métodos antiguos, de rescate propio o por medio del goel familiar. Por eso era necesario un nuevo tipo de goel, el goel divino, cada 49 años. De esa forma expone Lev 15 la nueva ley o norma del rescate y recuperación de las tierras, vinculada al goelato, que ha marcado el imaginario religioso y social (económico) de Israel.

– Hay un rescate primero,

el más simple, que debería ser el normal y lo realiza el mismo propietario antiguo, que es capaz de superar su situación anterior conseguir dinero, para recuperar la hacienda vendida/perdida: tiene el derecho de hacerlo, pagando el precio justo, descontando el importe de los años que la tierra ha producido sus frutos a quien la había comprado.

– Hay un rescate segundo,

realizado por el goel, o pariente más próximo con posibilidades legales y económicas. En este caso, el propietario antiguo “pierde” la tierra, al menos por un tiempo, pues no puede recuperarla por sí mismo. Pero ella permanece dentro del clan.

Por eso, cuando una familia (bet-‘ab) ponía en venta su tierra, por empobrecimiento o deudas, los miembros más cercanos del clan (mishpaha), con medios para ello, debían comprarla o rescatarla (en el caso de que ya hubiera sido vendida), a fin de que la tierra siguiera en poder del clan, es decir del pueblo, es decir, de todos. Éste era un método bueno, pero conforme a ese derecho, todas las tierra de un clan podían terminar cayendo en manos de unas pocas familias ricas, que se volvían propietarias de los bienes del conjunto.

Para superar las desigualdades introducidas de esa forma, sea por pérdida de la tierra, sea por su acumulación en manos de los parientes ricos, resultaba necesario un tiempo extraordinario de jubileo, es decir, de restitución universal. La tierra era propiedad de las familias (bet-’ab), reunidas en clanes (mishpaha), con derecho comunal de preferencia sobre ellas.

El goel o familiar más próximo tenía el derecho (y deber) de comprar las tierras de los familiares insolventes, para que no cayeran en manos de extraños. Distinto al goel, aunque relacionado con él, es el levir o cuñado que debe casarse con la viuda de su hermano difunto, para darle descendencia; en esta caso, las tierras así adquiridas no pasaban a los descendientes legales del levir, sino a los de su pariente, que el levir debía engendrar con la esposa del difunto, como bellamente cuenta la historia de Rut (cf. Westbrook, 1991, 69-141).

– Hay un rescate tercero y definitivo,

que es el que establece la Ley del Jubileo, cada 49 años. Ella redime de raíz las tierras y resuelve aquello que no había logrado la del recate primero y segundo (el propietario primero no había logrado rescatar sus tierras, que caían así en manos de los parientes más ricos), ni la norma del año sabático (que perdona las deudas y libera las personas, pero no devuelve las tierras).

Esa situación afectaba a muchos israelitas al final del exilio: han perdido las tierras, o las tienen en manos de parientes ¿cómo podrán recuperarlas? Apelando a la nueva restauración jubilar. No necesitan ya rescates: el perdón y libertad que la ley sabática garantizaba cada siete años se vuelve ahora restitución total: cada familia recupera su tierra originaria. La Ley del Jubileo sirve, según eso, para resolver las desigualdades antes insolubles: ha sido pensada para unas circunstancias muy especiales de opresión y nuevo nacimiento;
pero, una vez formulada, sobre la base simbólica de siete semanas de años, ella puede convertirse y se convierte en garantía jurídica de justicia para el pueblo, pues va contra el proceso normal de acumulación de la propiedad en unas pocas manos, procurando que las tierras vuelvan a repartirse cada 49/50 años entre las familias, conforme al ideal igualitario del principio de la historia israelita .

Ambas leyes (la del rescate del goel familiar y la del jubileo de Dios) se iluminan y completan. La ley del rescate familiar (realizado por el goel) sirve por un tiempo y destaca el aspecto grupal de la propiedad, pero en sí misma resulta insuficiente, pues la tierra puede acabar en manos de los miembros más afortunados del clan o gran familia. Por eso, en momentos graves (según ley, cada 49/50 años) debe instaurarse la experiencia primera del reparto igualitario de las tierras, vinculada a la acción del goel familiar. En los casos más difíciles, cada 49 años se apelaba al goel divino: el nuevo reparto de todas las tierras.

Un reparto de ese tipo resultaba conocido en el oriente, donde lo habían promulgado los grandes reyes conquistadores o reformadores, al servicio de sus intereses (o de la paz del pueblo). En Israel, está garantizado por una ley sagrada, a beneficio de los campesinos que han perdido su heredad. Por otra parte, ese reparto debe repetirse a intervalos fijos (cada 49/50 años), no a capricho del monarca de turno, pues supone que el tiempo ha introducido fuertes irregularidades. Eso significa que los hijos sólo pueden heredar y heredan la propiedad base de la familia, pues las ganancias y adquisiciones de tierra cesan y ellas se reparten de nuevo cada gran generación (49/50 años es el tiempo corto de una vida humana).

Tierra de Dios, madre sagrada

Decir que la tierra es de Dios significa afirmar que es un bien universal y todos, cada clan, cada familia, tiene derecho a la suya, de forma que no se puede comprar ni vender según ley de mercado. Ciertamente, el texto sabe que hay conflictos, pero supone que deben superarse, de tiempo en tiempo, de forma que las tierras quedarán libres el año del jubileo, es decir, volverán a repartirse entre los propietarios primitivos (no sólo entre los clanes), de forma igualitaria.

Esta ley define el carácter transitorio de las conquistas y cambios económicos realizados con violencia (por imposición de la pobreza y la riqueza): sobre todas las posibles leyes del derecho positivo, sobre las varias formas de conquista y enriquecimiento humano, la Biblia israelita ha destacado la exigencia de un retorno a la posesión igualitaria de la tierra (de los bienes) entre los habitantes de Israel (del mundo). Ella, la tierra madre es signo de Dios para los humanos: no puede ser manipulada ni vendida.

Bibliografia

He desarrollado el tema en Fiesta del Pan, fiesta del Vino. Tierra común y eucaristia, Verbo Divino, Estella 1006.

Chirichigno,G. C. (1993), Debt-Slavery in Israel and the Ancient Near East, JSOT Suprser 141, Scheffield

Fager, J. A. (1933), Land Tenure and the Biblical Jubilee, JSOT SuppSer 155, Sheffield

North, R. (1954), Sociology of the Biblical Jubilee, AnBib 4, Roma

Trocmé, A. (1961), Jésus-Christ et la Révolution non Violente, Labor et Fides, Genève

Vaux, R. de (1985), Instituciones del AT, Herder, Barcelona.
Westbrook, R. (1991), Property and the Family in Biblical Law, JSOT SuppSer 113, Sheffield

Wright, C. J. H. (1992a), Family, ABD II, 761-769; Id. (1992b), Jubilee, Jear of: ABD III, 125-130; Id. (1992c), Sabbatical Year, ABD V, 857-861.
Zapella, M. (ed.) (1998), Le origini degli anni giubilari, PIEMME, Casale Mo.