Martes, 23 de julio de 2019

Oleaje de sierras

La aparente eternidad del verano parece estar librándonos de los avatares de la dinámica política de nuestro país, que se ve, desde la lejanía rural y hasta pueblerina, como algo lejano, como un juego, en todo caso, en el que no falta la figura del abusón, que cambia las reglas a su antojo y que trata de ganar siempre, estableciendo parámetros de continuo según su conveniencia.

            Terminaremos, pasando unos días, en la playa de la normalidad, en esa resaca que nos lleva a lo consabido y a esa derrotista convicción de que, en nuestro país, la democracia no avanza, se estanca, la estancan con mil estratagemas.

            Pero, lector –como indicara nuestro maestro Azorín–, no nos entristezcamos. Otro maestro, llorado maestro, en las aulas de la universidad salmantina, nuestro añorado Antonio Llorente Maldonado y Vélez de Guevara, en sus lecciones de historia de la gramática, o de toponimia, sobre todo en estas últimas, nos daba visiones sobre el mapa salmantino y nos decía que, desde la ciudad hacia el límite sur provincial, hay una sucesión de sierras, como son la Sierra Menor, la Sierra Mayor y la Sierra de Francia, flanqueada hacia oriente por la de Béjar y hacia poniente por la de Gata.

            Luego nosotros, en nuestras andanzas provinciales, en busca de datos etnográficos, para conocer lo que nos gusta llamar ‘la vida popular’ con la mayor profundidad posible, hemos percibido ese oleaje de sierras (es el nombre que le hemos puesto, utilizando una imagen marítima, puesto que alguna de ellas, en épocas pasadas fue fondo marino) que, de norte a sur, va sucediéndose y elevándose en sucesivas oleadas: Sierra Menor, Sierra Mayor, Sierra de Francia…

            Nos gusta en verano tomarle el pulso a la provincia, recorrer pueblos, hablar con sus vecinos, recoger leyendas, cantares, cuentos, tradiciones orales, antiguos ritos y ceremonias, muestras de arquitectura popular, tradiciones laborales y festivas…, en definitiva, nos gusta sumergirnos en ese oleaje humano y ancestral de nuestra tierra, en la memoria de sus gentes, en sus ‘vividuras’ (como diría el maestro Américo Castro, que hablaba, por cierto, de las ‘castas’, en un país como el nuestro), en definitiva, en su intrahistoria (por utilizar ese feliz término acuñado por Miguel de Unamuno en ‘En torno al casticismo’).

            Oleaje de sierras, oleaje de tierras, oleaje de gentes, oleajes de la memoria de lo vivido…, porque es donde está la historia verdadera, la vida verdadera, más allá y en un terreno más permanente y verdadero que esas estrategias, con perfiles y lados tan oscuros, por mantenerse en el poder, por ocupar el poder.

            Porque en ese oleaje, en esos oleajes de los que hablamos, es donde está la vida verdadera, protagonizada, como dijera otro de nuestros maestros, el añorado poeta José Ángel Valente, por el honrado pueblo soberano.