¿El camino exterior o el camino interior?

¿El camino exterior, amigos, o el camino interior? ¿El que nos conduce al contemplar y al vivir o el que nos conduce al ser y al ir más allá? Me hacía estas preguntas al contemplar estas cuatro fotografías que he hecho este verano. El camino exterior o físico puede ser, a su vez, como vemos, camino de cipreses y de muros encalados. (Alguno de vosotros me ha enviado también una maravillosa foto de los cipreses de la Toscana.)
¿Y que podemos encontrarnos al final de esos caminos? Con algo muy concreto: con una morada o con un estanque, de nuevo con la piedra envuelta en cal-luz, en luz-piedra; o con un agua verde sobre la que flotan las hojas muertas, que no es espejo para vernos y deleitarnos, sino para vaciar nuestra mente, y penetrar en lo hondo de nuestra psique, y dejar que surja la palabra. Así suele nacer el poema. O así nació mi libro “Memorias del estanque”.
Caminar por caminos de verdor o de aire, de piedra o de luz para encontrar. Y tras encontrar, para contemplar, para templarnos-con lo que nos rodea: para dar con la armonía de ser. Ella acaba llegando (sólo algunos momentos) en nuestras vidas cuando alcanzamos la plenitud. Éste es quizás el verdadero camino que ansiamos: el de vivir en plenitud. Y luego propagarla, de dentro a fuera, de la misma manera que nace en nosotros la libertad, y la propagamos. La plenitud o la libertad no se nos regalan. Nacen en nuestro interior. Basta cerrar los ojos y respirar hondamente para que vaya desapareciendo todo cuanto nos altera y nos perturba, para que dejemos de herir.
No es ésta una tarea de evasión, de huida de la realidad, sino para abordarla –en cualquier lugar– partiendo de nosotros mismos, propagando la serenidad y la plenitud que el mundo no tiene, la libertad que el mundo no tiene, el amor que el mundo no tiene. Esta es una situación tan antigua como la Humanidad: la de la eterna dualidad, la de la triste lucha de contrarios, que sólo se puede deshacer partiendo del interior, de la voluntad de cada persona.
El verano, unas fotos que nos llevan a sentir y a pensar, unos caminos que nos conducen a algunos de los símbolos que (aún) nos pueden salvar. Y de nuevo mi recuerdo y agradecimiento. No he aludido a recorrer los caminos de la vida… sembrando. El resultado ha sido para mí este año una triple noticia: la de mi libro “Memorias del estanque”, la del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, la nueva edición de mi “Obra poética completa”.
Como la mirada al espejo del estanque, tampoco recuerdo estos hechos por presunción, sino porque sé que sois muchos los que habéis estado cerca de ese sembrar mío, y no siempre he podido estar yo cerca de vosotros, de vuestro propio sembrar, de vuestras palabras, de vuestras músicas, con mi agradecimiento.
Ha habido dos excepciones que agradezco profundamente este verano a los amigos de La Bañeza y a los de Ibiza. Del homenaje de los primeros ha quedado un video precioso que me acaba de enviar Sergio González. Gracias por ese acto y por el celebrado en la Biblioteca Pública de Ibiza.
En el fondo, todos sabéis, como yo suelo decir, que aunque no hablemos… hablamos. Quizás la poesía sea el aglutinante de nuestra común amistad y afecto. De vuestro y nuestro amor a la poesía. Los caminos van y vienen, con vosotros, desde muchos lugares, pero siempre hay ese destino final (esa morada común, esas aguas de la poesía) donde confluimos y fluimos. ¡Gracias de nuevo y siempre!