Martes, 25 de junio de 2019

Bondades de la caraja veraniega

No hay prisa ninguna y los únicos que se han tenido que poner las pilas son los chicos de Podemos y las Mareas que demostrándonos, sobradamente, que a pesar de todo, la esperanza es lo único que se pierde. Somos un país de poco dialogar y mucho hablar, de mucho predicar y menos dar trigo… que se lo digan a Carmena, a Kichi y a Colau, escaparates de una nueva forma de hacer política que a mucha gente le parece demasiado blanda y lenta en sus formas novedosas, plena de despropósitos y sí, con unos números que convencen. Hay otra forma de hacer las cosas, cierto, pero no se trata de llegar y besar el santo, no se trata de ganarse las lentejas poniéndole otro nombre a la navidad, a las calles, financiando ocupaciones o enfrentándose con la gente a pie de calzada. Por desgracia los nuevos actores de la comedia nacional están aprendiendo que las cosas no son ni tan fáciles ni tan felices como se las prometen en sus campañas, y quizás sea por eso por lo que Iglesias se ha largado de vacaciones, porque si Rajoy puede, con el jaleo que tienes, pues yo también.

         Les alabo el gusto, total, las matemáticas no cuadran y los socialistas no ceden. Todo el mundo está en su derecho de hacer lo que guste y por eso seguimos así, en un régimen de interinato que ya se anuncia largo y cansino. Y el resto de la cosa igual, los descerebrados que queman el monte, los Donald Trump que animan el cotarro mundial con sus estupideces, la guerra en Siria, el impasse francés… vamos, que solo falta que venga Merkell a pasar unos días en la casa mallorquina de Claudia Schiffer y ya. Menos mal que nos queda Río con sus piscinas pútridas, sus atletas entregados, sus medallas, sus historias de superación, su falta de expectativas para la gente común. Nosotros los hubiéramos hecho infinitamente mejor, pero claro, en ese tiempo había que rendirse a las economías emergentes. Por eso la próxima cita de relumbrón en Venezuela a ver si se arregla la cosa, o ya puestos en Libia, que es un desastre desde que retiramos de circulación al sátrapa de turno. Hay países que parecen no saber vivir sin el tío del látigo, mal que nos pese a estos civilizados europeos que nos las vemos y nos las deseamos para legislar sobre las mujeres que van a la playa forradas de ropa. A mí no me gusta ir en bañador ni en bikini, se lo confieso a ustedes, dilectos lectores míos, por eso me verán poco en la playa y menos en la pisci, pero no lo resuelvo envolviéndome. Tengo que pensar un poco en el asunto si bien es cierto que, hace casi trece años, vi en una playa de Marruecos a mujeres que se bañaban vestidas casi codo con codo con la francesa en bikini, la española –yo, su dilecta servidora- en bañador de abuela y la chavala a medio camino con un traje de neopreno hasta las rodillas y las muñecas pero no por cuestiones religiosas, sino solares. Es decir, que cada una haga lo que quiera, pero eso sí, si estás verdaderamente convencida de no querer mostrar tu cuerpo, el burkini es una estupidez, quédate en casa. Sí, lectores míos, ni pactos electorales ni delicadas cuestiones económicas sobre el frenazo francoitaliano. Ahora lo que nos ocupa, aparte del medallero y de la piscina guarra es el burkini, y aunque soy una firme partidaria de que cada uno enseñe lo que le dé la real gana, mucho o poco, me pregunto para qué vestirse de momia si tan convencida estás de tus ideas, quédate en casa y mete los pies en una palangana. Digo yo.

   Charo Alonso 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez