Gustavo Bueno, filósofo, In Memoriam

 

Ha fallecido Gustavo Bueno, filósofo. El apellido configura la sustancia del nombre y así, al decir de amigos que le conocían de cerca, personalmente, y de haberle leído más que yo, que confieso que lo he leído poco y en malos momentos, pues cuando uno está ante un filósofo no debe tener prisa so pena de no enterarse de nada, o lo que es peor, creer haberse enterado de lo contrario de lo que el autor ha querido decir. Decía que, según amigos comunes, Gustavo Bueno era ante todo bueno; buena persona, buen filósofo, buen polemista, buen español, lo cual en sí mismo ya puede ser polémico.

Acabo de leer su artículo “¡Dios salve la razón!” que es parte importante de un libro colectivo que tiene ese mismo título, publicado por Ediciones Encuentro, en el que varios autores reflexionan a raíz del famoso discurso pronunciado por Benedicto XVI en Ratisbona, pronto hará diez años, el 12 de septiembre de 2006, y que generó tanta polémica en parte del mundo musulmán.

Gustavo Bueno ha creado un sistema filosófico denominado, valga la redundancia que para eso la pongo, “materialismo filosófico”, en el que me propongo profundizar un poco en los próximos días y meses, Dios y la salud mediantes. Cuando uno se enfrenta a un texto importante, es bueno –nunca mejor dicho- hacer examen de su propia conciencia, reconocer sus prejuicios y, enfrentarse a los conceptos primero con actitud receptiva positiva de querer entender, segundo con simpatía, para descubrir su lado bueno –de nuevo- y, desde luego, manteniendo una actitud crítica, pues uno es moderno, lo quiera o no, y no es bueno renunciar a ello.

Uno de mis prejuicios, en este caso positivo, vamos que posibilita que me enfrente al texto de Don Gustavo Bueno con simpatía esperanzada, nace del hecho de saber que el autor se confiesa materialista. Ningún problema para un aprendiz de filósofo y de cristiano. Al contrario: Dios es “materialista” desde el principio, pues la Creación es material, la Encarnación de Dios en Cristo en el vientre de María no puede ser sino material, de materia altamente evolucionada, ciertamente, biológica, pero materia a fin de cuentas; la Redención es también material, sanguínea diría yo, pues es la sangre de Cristo, derramada en la cruz, la que nos salva y la sangre es material, y el cadáver de Cristo y el sepulcro en el que yació y la pesada piedra que tapaba su entrada eran también materiales; y la Resurrección también es material, pues como dijo el mismo Cristo luego de su Resurrección, “un fantasma no tiene carne y huesos como veis que yo tengo”…y lo dijo entre bocado y bocado de un trozo de pez asado al que le habían invitado los atónitos discípulos; algo más de dificultad ofrece pensar la materialidad del Espíritu Santo, pura energía, que por su forma de actuar en Pentecostés, o en el Evangelio de ayer, domingo XX del Tiempo Ordinario, se dedica a provocar “incendios” personales y a “prender fuego” en el mundo, lo que nos hace traer a la memoria aquello ya comprobado en el acelerador del CERN en Suiza, que materia y energía son reversibles, en contra de lo comúnmente opinado, de forma que la acción del Espíritu tiene consecuencias materiales, prácticas, afectivas y efectivas, personales y sociales, económicas y políticas. No es que diga yo que el Espíritu se reduce a materia, pero estas cosas de la Física de Partículas, tan ligadas a la Astronomía (lo grande en lo pequeño y viceversa), la misma Mecánica Cuántica, excitan nuestra imaginación y nos proveen de metáforas para hacernos una idea de por dónde van la presencia y la acción de Dios, que es Espíritu.

Pero me doy cuenta de que estoy insistiendo demasiado en lo material, cuando resulta que la realidad, también la realidad de la fe cristiana, es poliédrica, polimorfa, por no decir inabarcable, como inabarcables son el Pensamiento y el “Corazón” divinos. Y, ante ese Misterio que nos supera, solo cabe la humildad, una virtud por cierto muy científica, condición de posibilidad para alcanzar la Verdad o, al menos, para salvar la Razón.