Lunes, 18 de noviembre de 2019

Dólmenes y amistad

Entramos ya en el corazón de agosto, que es como decir en el corazón del verano. Está marcado por la fiesta mariana de la Asunción, que es considerada por antropólogos y etnógrafos –a la cabeza de todos los españoles, Julio Caro Baroja– como la fiesta de la cosecha y, más concretamente, del cereal, ya que se celebra en el momento en que los campesinos han recogido ya los granos, tras la trilla de la mies.

            El cereal –tradicionalmente, en el ámbito mediterráneo, al que pertenecemos– está asociado, ya desde la antigua Grecia, pero también en el cristianismo, como el símbolo de la muerte y de la resurrección, de los ciclos de vida y muerte, en definitiva del tiempo cíclico. Cuando se siembre, por otoño, comenzará de nuevo el ciclo, al ser enterrado bajo tierra, para convertirse en la primavera y verano siguientes en la resurrección, marcada por el símbolo luminoso de la espiga.

            Y ya que hablamos del cereal y de la fiesta de la Asunción, es conveniente traer a cuento un patrimonio muy antiguo que poseemos y que no valoramos en la medida en que se merece.

Salamanca es una de las provincias españolas que, posiblemente, cuente con más dólmenes, esos monumentos prehistóricos levantados por nuestros antepasados como elementos funerarios. A su cámara mortuoria circular, enmarcada por elevados hitos de piedra, techados asimismo por una lancha del mismo material, se accedía por una galería o pasillo, enmarcado asimismo por hitos de piedra.

Son las primeras edificaciones con las que contamos. Y están erigidas para conmemorar la memoria de los seres próximos desaparecidos. Tapada su estructura con tierra, hoy podemos detectarlos por pequeños montículos, culminados por esos círculos trazados con hitos pétreos tan inconfundibles.

Visitar cada uno de los no pocos dólmenes diseminados por la provincia de Salamanca, sobre todo por todas sus áreas del oeste, es siempre emocionante. Contemplar cada uno de los dólmenes impregna a quien lo hace de una energía psíquica que viene de muy antiguo, de muy lejos.

Uno de estos días de atrás, con mis amigos y amigas de las tierras mirobrigenses, he revisitado, en una luminosa mañana veraniega, dos de tales dólmenes: el de la ‘Casa del Moro’, en el término de Casillas de Flores, en una abandonada y ancestral cañada pastoril, no muy lejos del río Águeda; y el del Prado de las Ánimas, en Fuenteguinaldo, este ya con un solo hito en pie y los demás allí mismo, caídos, pero intactos (¿no sería conveniente ‘reconstruirlo’, ‘restaurarlo’, ya que sus hitos caídos están allí mismo?).

De vez en cuando, periódicamente, realizamos pequeñas excursiones, por el sur y oeste salmantino (ya sea la Sierra de Francia o cualquier ámbito de nuestro poniente), para ir conociendo ese nuestro patrimonio antiguo y desgraciadamente olvidado, que merecería más atención, más respeto y una mejor conservación.

Pero esta reciente mañana luminosa de verano, en una pequeña y entrañable excursión, han confluido en mí dos elementos que tengo en alta estima: dólmenes y amistad. Con mi esposa, amigos y amigas (Isa, María, Nino, Arsenio, más Mª José, Blanca y Toño, que se sumaron después a comer), he renovado mi tan querida experiencia excursionista, por parajes muy queridos de las tierras salmantinas.

La tradición excursionista, que ahora, desde hace ya años, va prendiendo en España, tiene su origen en Europa, con raíces ya antiguas, al menos decimonónicas, en países como Alemania e Inglaterra. Aquí, hemos ido detrás de ellos, pero parece que está prendiendo ese fervor del caminar y el conocer en que toda excursión consiste.