La educación sentimental.

Mi educación sentimental, reconozco, ha sido malísima. En mi familia todos los hijos fuimos varones. Estudié en un colegio de curas donde los alumnos, que no alumnas, se clasificaban en internos, externos y mediopensionistas. Yo fui mediopensionista. En la universidad de los 120 alumnos que cursábamos la carrera de derecho solo tres eran mujeres. En suma, las féminas, para los de mi quinta, más que a un género pertenecían a una especie diferente, ignota y excitante. En el “cole” me enseñaron a desconfiar de todas ellas, salvo de mi madre que, como todas las demás, eran “santas”. La “desconfianza” provenía de todo lo relacionado con el sexo y es sabido que la mujer es una importante fuente de perturbación en tal sentido. En el “cole” los alumnos vivíamos (también los curas) enloquecidos con eso de los “malos pensamientos”, “toqueteos” y “pajas”. Todo era un rosario de pecados capitales susceptibles de llevarte al infierno de por vida (la otra). Aprendimos, a conciencia, eso de la pérfida Eva y eso del Adán el tontorrón.  Eso de la mujer seductora y a la par inerme y débil. Nos aprendieron que el hombre se satisface y la mujer que se precia de honrada debe soportar. Soportar a oscuras los embates varoniles sin proferir el mínimo gemido placentero. Mujer vientre y hombre polla. Mujer cocinera, sumisa, ama de cría, cuidadora de la prole, complaciente, jarrón chino y contable. El hombre, en cambio, macho. Macho que se golpea el pecho, cumplido el débito, remedando a sus selváticos antecesores. Aún más, se nos enseñó a no llorar y a reprimir las emociones susceptibles de ser catalogadas de “sentimentales”. Tontunas femeniles. Las niñas debían, sin excepción, cuidar de sus muñecas y los niños jugar, sin excepción, con soldaditos de plomo. Mejor aún, al futbol o darse de mamporros a la salida del “cole”. El dorado futuro para una joven consistía en encontrar un buen “partido”. Para él, por este orden: una rica heredera, casta señorita y hacendosa. Estas líneas maestras eran elevadas a la categoría de “principios” del buen hacer, de lo sensato, por las respectivas madres (burguesas) de ambos colectivos. Otras posibles conductas, por ejemplo, los amores sentidos, los gustos artísticos, las inquietudes intelectuales, etcétera se consideraban virtudes de poca monta y propias de jóvenes con las cabezas “llenas de pájaros”. En el matrimonio los cuernos los ponen ellas y ellos, en similar trance, eran condecorados por los amigotes. En suma, repito, los de mi quinta no teníamos ni idea de lo que las mujeres sentían, deseaban y eran capaces de hacer. Lo malo era que muchas de ellas tampoco lo sabían. Pero eran las menos. Sin duda, la gran revolución, aún en curso, iniciada a mediados del siglo XX la constituye la liberación de la mujer. De ahí el desconcierto que invade a tantos hombres de mi generación que hoy, nostálgicos de su extinto poder, se limitan, a hurtadillas, a contemplar el redondo trasero de alguna adolescente en la calle o en alguna página porno.